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Sostenía en un artículo anterior que en España tenemos motivos para estar preocupados por la educación en general y por la enseñanza en particular. Sin embargo, a juzgar por el barómetro del CIS del pasado mes de febrero, la educación no está entre las diez primeras preocupaciones de los españoles. Es ya una constante. Solo en el barómetro correspondiente a los primeros meses del ya lejano 2010 aparecía entre las tres primeras preocupaciones. No es que hubiera entonces más problemas que ahora, –al revés–, la explicación es que en esos momentos la opinión pública, estaba muy sensibilizada por la posibilidad de un pacto educativo de Estado entre los dos principales partidos. Meses después, fracasado el pacto educativo, la educación dejó de ser una preocupación.

Aunque el pacto hubiera sido posible –y estuvo a punto de serlo–, los problemas educativos no se habrían resuelto automáticamente. Un acuerdo político –hoy impensable– no sería suficiente, aunque siga siendo deseable y necesario una despolitización de la educación.

La mejora de la educación no la van a traer los políticos, pero ello no quita que sean necesarias políticas educativas no basadas en la ideología, sino en evidencias empíricas de éxito. Pero precisamente por ello, es urgente un rearme ético y educativo de toda la sociedad: educar, educamos todos, sobre todo a través del ejemplo, pero no de la misma forma. Es necesario que los más implicados, padres, profesores y responsables educativos de las distintas administraciones seamos conscientes del problema y nos comprometamos en su solución.

Nunca como ahora fue tan fácil aprobar, pero nunca como hasta ahora es más difícil aprender dado la bajada de exigencia, de esfuerzo y de contenidos. Una sociedad «adolescente» que sobreprotege y que es incapaz de asumir responsabilidades personales no puede pretender que los jóvenes sean maduros y capaces de rendir cuentas.

Crisis de educadores, empezando por la familia, que unas veces por ignorancia, otras por incapacidad, no educan a sus hijos. «No sabemos cómo educar», es la queja más frecuente de los padres conscientes de sus obligaciones. Otros, sencillamente son inconscientes, juegan a ser colegas, privando así a sus hijos del insustituible papel de padre y madre que todo niño necesita. La mayoría dice no tener tiempo, y a menudo no le falta razón, pero despojan así del mayor legado e instrumento de educación a su alcance.

Padres permisivos que no valoran ni asumen la responsabilidad de ser padres y, en consecuencia, tampoco exigen responsabilidad a sus hijos. Esta actitud suele generar adultos irresponsables y con escaso autocontrol. Por un lado, colegas no le van a faltar; por otro, si el padre no ejerce como tal, otros ocuparán el papel vacante, con los peligros que esto conlleva.

Incluso cabría pensar que en las últimas décadas nos hemos vuelto especialmente inútiles en la tarea de educar a pesar de que nunca se ha hablado tanto de educación ni se han invertido más recursos.

Pero todo ello no es excusa sino acicate para asumir la responsabilidad personal o grupal que nos corresponde. Buena muestra de ello son los miles de profesionales, centros de enseñanza, asociaciones etc. que, de modo a veces heroico, realizan con entrega ilusionada la tarea de educar.

Sería injusto no recordar que hay miles de familias que, con un esfuerzo titánico, con una generosidad sin límites y con el cariño propio de su condición se afanan hasta el agotamiento para educar a sus hijos a pesar de las dificultades ambientales y de nadar contra corriente. A ellos hay que recordarles que no están solos y que la siembra que están haciendo tendrá sus frutos.

Los niños y jóvenes son más víctimas que responsables de esa educación. Quizá estemos asistiendo a una brecha no ya económica, sino educativa, entre aquellos que han tenido auténticos educadores y los que no.

La educación es una tarea siempre inacabada, es una conquista que debe someterse a permanente revisión y actualización: quien no aspira a ser más de lo que es, acaba siendo menos de lo que era. Esto es un axioma válido tanto a nivel personal como social ya que el logro de éxitos por parte de una generación, no garantiza la posesión y perfeccionamiento para la siguiente.

En resumen: si la educación es siempre un problema, la educación actual lo es mucho más. ¿Existen motivos para la esperanza? Por supuesto, pero lo primero es ser conscientes de la enfermedad, del diagnóstico. Lo segundo, saber que esto tiene solución. Se necesitan educadores –y educadores somos todos– dispuestos a hacer algo más que quejarnos, en definitiva, comprometerse cada día y asumir nuestra responsabilidad.

  • Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado