27 de noviembre de 2021

Ilustración de Irene Lozano

Irene Lozano y Pedro SánchezPaula Andrade

Retratos feroces

Irene Lozano, el látigo que se rindió a Sánchez

Las cualidades de Irene son muy lozanas, pero solo han resplandecido de verdad en la oscuridad amanuense que le sirvió a su mentor para publicar un libro con aroma a Nostradamus
Irene Lozano fue lista desde antes de ser pequeña, en un caso único de precocidad intelectual que antepuso saber escribir a saber leer, alineándose con ese Pedro Sánchez al que redactó una biografía antes de que el presidente tuviera una vida que contar.
Las cualidades de Irene son muy lozanas, pero solo han resplandecido de verdad en la oscuridad amanuense que le sirvió a su mentor para publicar un libro con aroma a Nostradamus: lo llamó «Manual de resistencia» como si fuera un repaso a su trayectoria desde la nada a las más altas cotas de mediocridad, que diría Groucho Marx, pero en realidad era una profecía de lo que tenía pensado perpetrar.
Irene fue diputada de UPyD cuando se vivía bien contra el PSOE; después diputada del PSOE cuando se podía vivir del PSOE; más tarde directora de la oficina de la «Marca España» cuando aquello le sonaba a locución de Manolo Lama en un Mundial; a continuación se puso al frente del Consejo Superior de Deportes pese a tener dificultades para distinguir un balón de un cochinillo y por último, hasta ahora, desembarcó en la Asamblea de Madrid como diputada autonómica, esa cosa de pobres que no estaba a su altura.
Su nuevo encargo, cortesía del agradecido Sánchez, que paga muy bien las rondas con dinero ajeno, es la dirección de la Casa Árabe, otro de esos chiringuitos de rimbombante nombre que confirma la salud de la industria política, la única que nunca sufre los rigores de las crisis que provoca.
Se desconoce si los conocimientos de Irene exceden de haber comido alguna vez cuscús o tal vez haber recibido clases de danza del vientre, ideales para preparar el estómago para cualquier digestión pesada en «Casa Sánchez», donde siempre sirven menús incompatibles con los consejos dietéticos de Alberto Garzón, promotor de acelgas y chía con salario de ministro.
Pero sí se recuerda lo que decía de los enchufes, del PSOE, de Sánchez y de todo lo que se movía en aquella UPyD empachada de egos: creían tener todos tanta razón, que acabaron despedazándose por imponer la suya, en un ritual caníbal que terminó con Rosa Díez devorándose a sí misma sin sal de frutas a mano.
Si Sánchez ha sido capaz de seducir a alguien tan preparado y brillante como Irene Lozano, que tiene ésas y otras virtudes innegables, ¿cómo no va a hacerlo con cualquiera que solo quiera un rincón en la hoguera de las vanidades que enciende a diario el presidente?
Detestada por todo el PSOE, pero protegida por Sánchez como no lograron otros iconos de su feminismo de quita y pon como Zaira Cantera o Susana Sumelzo; esta Irene no murió como la santa que le da su nombre y ha demostrado tener más vidas que todos los gatos juntos de Nina Kotova, la rusa que se hizo célebre en su día por cuidar a la vez a 136.
Pero de la crueldad gastada con Toni Cantó, otro ex magenta que habrá aceptado puestos creativos en la Comunidad de Madrid pero no ha cambiado de discurso; a la tolerancia con Lozano y su fondo de chaquetas; media el mismo abismo que con todo en España.
A Rajoy lo echaron con una sentencia fake de un juez amigo del PSOE; a Sánchez le dejaron plagiar su tesis, le regalaron el titulo de doctor y le permitieron fichar de enfermera a una paciente, de nombre Irene y apellido Lozano, que ya tendrá en mente su próximo destino mientras, eso sí, relee a Dante.
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