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Ilustración de Begoña Gómez

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El perfil

Lady Begoña, la Moncloa no era el fin, sino el medio

Nadie se imagina a Macron, Merz o Starmer, en viaje de Estado a cualquier país del mundo, dejarse acompañar por una ciudadana en el punto de mira de la Justicia

A María Begoña Gómez Fernández (Bilbao, 1975) le llegó hace algo más de una semana una comunicación del juzgado 41 en la que se le notificaba que su juez titular, Juan Carlos Peinado, sobreseía el delito de intrusismo, mantenía contra ella los de malversación, apropiación indebida, corrupción en los negocios y tráfico de influencias, rechazaba prorrogar la instrucción y ultimaba su procesamiento, a expensas de lo que decida en su momento la Audiencia Provincial de Madrid. Aun así, en Moncloa había orden de que se hiciese su maleta. La China de Xi, la actual Arcadia feliz del sanchismo, la esperaba. Así lo habían pedido las autoridades de la dictadura asiática, según explicó el Gobierno. Viajó con el pasaporte que tendría que haber presentado en el Juzgado, donde se le requirió para comprobar fechas y duración de sus viajes –finalmente, ante la negativa de la investigada, la UCO obtuvo esa información, así como la que afecta a la asesora de Gómez, la también procesada Cristina Álvarez–. Claro que cualquier presidente del Gobierno decente hubiera excusado la presencia de su mujer en unas circunstancias tan insólitas como estas: una tetraimputada formando parte de la delegación oficial de la cuarta economía europea. Nadie se imagina a Macron, al canciller alemán Merz o al premier Starmer, en viaje de Estado a cualquier país del mundo, dejarse acompañar por una ciudadana en el punto de mira de la Justicia de su país por delitos de corrupción. Pero con Pedro nada indigno es imposible. Incluso, es altamente probable.

Pedro y Begoña se conocieron en las Navidades de 1999 cuando unos amigos comunes los presentaron. Él era un gris concejal socialista del Ayuntamiento de Madrid, ella trabajaba en una consultora de márquetin, Inmark, una firma privada donde ejerció durante 18 años como técnica comercial y entrenadora de equipos, una suerte de experta en captación de fondos para –entonces– organizaciones no gubernamentales, con sede en la calle Rafael Calvo, de Madrid. Organizaba campañas para que chicos con peto atrajeran en la calle dinero destinado, entre otros, a Oxfam o Amnistía Internacional. Luego ascendió y pidió que se la reconociera como licenciada, sin serlo. Hizo un curso no oficial –Márquetin y Administración de empresas– en un centro privado que luego desapareció y que nunca impartió estudios superiores. A partir de ahí, sus ínfulas académicas marcarían su comportamiento posterior cuando, ya como pareja del jefe del Ejecutivo, tuvo todas las puertas abiertas. De par en par. Sin límite más que la catadura moral que cada cual tuviera. Pero Begoña carecía de ella.

Finalmente, Air Europa fue rescatada con 450 millones por el Estado para mitigar los estragos del confinamiento. La casualidad siempre se cuela por cualquier rendija

Porque alguien que ha pasado de las saunas paternas a la cátedra de una universidad pública, pasando por el palacio de la Presidencia del Gobierno, piensa que nada puede pararla. Mucho menos un tiquismiquis juez de instrucción que se pone estupendo marcando límites entre lo público y lo privado, el dinero de todos y el de la señora Gómez. Pero para llegar a ese estatus Begoña se desposó con Pedro en una boda oficiada por una exministra de Zapatero, Trinidad Jiménez. De la pareja, la madre de dos niñas fue fichada por una consultora en la que también terminó trabajando el padre de Ainhoa y Carlota hasta que la carambola de la salida de Cristina Narbona de la lista al Congreso le sentó en un escaño. Dos meses después de la moción de censura que catapultó a Sánchez, el Instituto de Empresa fichó a Begoña como directora del Africa Center. Que no fuera licenciada tampoco fue óbice para que la Universidad Complutense la designara directora de la cátedra extraordinaria para la Transformación Social y Competitiva. Gómez consiguió de La Caixa y Reale Seguros 120.000 euros para financiarse dicho máster. Como no cumplía los requisitos, hubo que recurrir a un codirector que sí tenía carrera universitaria para subsanar la falta de rigor académico. En ese máster, contó con el apoyo económico de Carlos Barrabés, para el que firmó cartas de recomendación en concursos de la Administración que le reportaron a su patrocinador mucho dinero público.

Desde la tribuna de invitados del Congreso, Begoña escuchó y celebró en junio de hace ocho años la moción de censura con la que su marido desbancó a Mariano Rajoy del Gobierno. Allí, sentada con su suegra, escuchó a su pareja levantar la bandera de la ejemplaridad pública, de la transparencia, de la lucha contra la corrupción, elogiar que un ministro alemán hubiera dejado la cartera porque le habían pillado copiando una tesis, e incluso ella misma deslizó a los medios amigos que pensaba dejar su trabajo para no incurrir en conflicto de intereses. Como una broma pesada, las mentiras de los consortes, ya instalados en la Moncloa provenientes de un piso de Pozuelo, fueron cayendo día a día como fruta madura: el marido había copiado la tesis, implantó un modelo de comunicación que consistía en censurar a los medios libres y acabar con las ruedas de prensa, colonizó todas las instituciones y todavía quedaba lo mejor; la no licenciada obtenía una cátedra pública y se afanaba por intermediar en los negocios de sus amigos con las administraciones que dependían de su marido.

Del colchón que cambió nada más llegar a Moncloa se levantó la mujer de Sánchez un día de septiembre de 2019 para viajar a San Petersburgo, en el contexto de una reunión de la OMT, donde departió con Víctor Aldama, el comisionista del ministerio de José Luis Ábalos y amigo de Koldo, investigado por amañar contratos con varias administraciones socialistas; también compartió francachelas con el consejero delegado de Globalia, su íntimo Javier Hidalgo. Meses después y cuando la pandemia acechaba, Hidalgo, hijo del dueño de Air Europa, publicitó un acto de la empresa de Begoña. Finalmente, la compañía aérea fue rescatada con 450 millones por el Estado español para mitigar los estragos del confinamiento. La casualidad siempre se cuela por cualquier rendija.

Es homérico el tejemaneje que se trae para que la foto de su querida mujer sentada en el banquillo no coincida con la campaña a las generales

Antes de que la mujer del presidente ejerciera esa insólita labor –inédita en las seis anteriores esposas presidenciales– de captación de fondos públicos, Gómez colaboró en su juventud en las florecientes empresas de su padre, Sabiniano Gómez Serrano, expropietario con dos de sus hermanos de varias saunas en Madrid, alguna todavía abierta –pero con otro dueño–, en la calle de San Bernardo. Sería en 2012 cuando dejó de administrar esos negocios tan poco progresistas y feministas, seguramente para eludir la incoherencia de que su yerno denostara públicamente la prostitución cuando su familia política no predicaba con el ejemplo. Una curiosidad más: el padre de Begoña tenía un local llamado Sauna Azul, muy cerca de la Gran Vía y de la sede del PSM. Otra casualidad más en la azarosa vida de la familia Sánchez Gómez.

Pocas esposas han podido presumir públicamente del amor de su hombre como Begoña. Es que Lady Begoña fue su principal apoyo en las primarias, cuando los barones le echaron y fue siempre su espejito mágico que le repetía: eres el más guapo, Pedro. Así que la ley de la composición marital obligó al presidente del Gobierno a tomarse cinco días de baja sentimental retribuida, cuando el cartero llevó a Moncloa en la primavera de 2024 una notificación de un juez anunciando a la idolatrada cónyuge que iba a ser imputada. Y así fue, cinco días después, el Romeo inconsolable volvió a nuestras vidas para decirnos lo que sospechábamos: que se quedaba, que no podía privar al mundo del principal soldado progresista que va a salvarnos a todos del fascismo. «Dios escribe recto con renglones torcidos». Y aquí sigue. Ha mandado a todo el Gobierno a acosar al juez que ha osado investigar a su mujer y es homérico el tejemaneje que se trae para que la foto de su querida mujer sentada en el banquillo no coincida con la campaña a las generales. Ambos necesitan seguir: porque la Moncloa no era el fin, sino el medio.

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