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Los cinco argumentos a favor de la moción de censura que van ganando peso entre el PP

Hasta ahora, Feijóo ha esgrimido que presentarla para perderla supondría fortalecer a Sánchez. Pero, a estas alturas, sería imposible que saliera reforzado de un debate en el que la oposición abriría la fosa séptica de la corrupción del sanchismo

Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero, en un mitin de la reciente campaña en Castilla y LeónEFE

En los últimos años, España ha soportado la santísima trinidad de la corrupción. La legislatura empezó con la corrupción política que supuso el acuerdo de investidura de Pedro Sánchez con Junts a cambio de una ley de amnistía blanqueada después por el Tribunal Constitucional de Cándido Conde-Pumpido. Siguió con la corrupción institucional del caso del ahora condenado fiscal general del Estado, ejemplo de la utilización de las instituciones para fines espurios; en esta ocasión, destruir a una adversaria política del presidente. Y todo ello espolvoreado con sus buenas dosis de corrupción económica, con distintas tramas del núcleo duro del sanchismo operando a la vez.

La detención e ingreso en prisión provisional de Santos Cerdán en junio de 2025. La entrada de la UCO en la sede de Ferraz por entonces. El encarcelamiento de José Luis Ábalos en noviembre. La detención, un mes después, del expresidente de la SEPI Vicente Fernández, de Leire Díez y del socio de Cerdán en Servinabar, Antxon Alonso. La apertura, también en diciembre, de una pieza separada para investigar los pagos en efectivo del PSOE, por indicios de financiación ilegal. El hermano del presidente, la mujer del presidente, el caso hidrocarburos, el caso Plus Ultra… Todo ello ha sucedido en el último año. Hasta llegar a «El Padrino», como lo apodó el secretario general del PP, Miguel Tellado, el pasado miércoles en el Congreso: José Luis Rodríguez Zapatero.

Moción y elecciones o corrupción

La imputación del expresidente del Gobierno en el caso Plus Ultra ha sacudido los endebles cimientos de una legislatura agonizante. Pero Sánchez dejó claro ese día en el hemiciclo que la convocatoria de elecciones anticipadas no es una opción para él; sigue empeñado en seguir hasta 2027. Ante la total parálisis del presidente y de sus socios, esta semana se ha abierto paso una opción que hasta ahora Alberto Núñez Feijóo había descartado: la moción de censura instrumental. En cinco palabras: moción y elecciones o corrupción.

Está en el ambiente y en las conversaciones entre los populares al más alto nivel estos días. Incluso los dirigentes que hasta ahora eran muy reacios a mentarla han empezado a contemplarla con otros ojos. El Debate ya publicó el jueves que el PP la está tanteando, a la espera de la sentencia del Tribunal Supremo contra José Luis Ábalos, que se prevé para la segunda quincena de junio. Ese sería el Rubicón.

Hay cinco argumentos que van ganando peso y partidarios dentro del partido. La principal razón esgrimida hasta ahora por Feijóo ha sido que no iba a presentar una moción para perderla, porque ello supondría regalar oxígeno a Sánchez, fortalecerlo. Pero, a estas alturas, sería prácticamente imposible que el presidente saliera reforzado de un debate en el que la oposición abriría la fosa séptica de la corrupción del sanchismo. Ni aunque numéricamente esa moción no prosperase. El miércoles, en su cara a cara con Feijóo, el presidente tuvo que recurrir a la foto de este con Marcial Dorado de hace 31 años para defenderse atacando. Ese es el nivel. Ya no le serviría presentar más planes anticorrupción de los que luego se disipan como el humo porque el PSOE no tiene mayoría parlamentaria para aprobar casi nada en las Cortes.

Es de prever que, cuando esa primera sentencia contra la corrupción económica del sanchismo se produzca, la presión sobre Feijóo de su propio partido y del electorado de centro derecha para que haga algo aumente exponencialmente. Y una moción de censura es el único movimiento real que puede hacer en ese punto, ante la bunkerización del sanchismo.

Ello obligaría a los socios del Gobierno ya no solo a retratarse, sino a incurrir en contradicciones altamente tóxicas: a abjurar de la corrupción durante el debate para acabar votando a favor de un Gobierno carcomido por ella. Porque votar en contra de una moción es votar a favor de la corrupción del sanchismo, no hay término medio. Y hacerlo, además, a menos de un año de unas elecciones municipales a las que se presentan todos ellos. A ver cómo iban a argumentar Gabriel Rufián (ERC), Míriam Nogueras (Junts), Mertxe Aizpurua (Bildu), Maribel Vaquero (PNV) o Ione Belarra (Podemos) que odian la corrupción, pero que a la vez rechazan la posibilidad de que haya elecciones y que los ciudadanos se pronuncien. Suerte con ello.

La portavoz de Junts en el Congreso, Míriam NoguerasEuropa Press

Cada vez son más en el PP los que piensan que, aun perdiendo la votación, Feijóo saldría ganando. Hernández Mancha solo hubo uno, y de aquello hace ya casi cuatro décadas. Sería la pista de despegue hacia las elecciones del próximo año, con el PSOE y todos sus socios presentándose a esos comicios bajo el estigma de la corrupción. Unos por acción; otros por omisión. Estos últimos, cómplices de aquellos.

¿Y Vox?

Los populares ven cierto riesgo en cómo operaría Vox de cara a esa hipotética moción. No por su voto, indudablemente a favor, sino porque pueda complicar las negociaciones con terceros. No obstante, Santiago Abascal ha dado esta semana una muestra de que va a remar a favor. El martes, nada más conocerse la imputación de Zapatero, el líder de Vox colgó un mensaje en X: «Como ya he dicho en varias ocasiones, creo que es necesaria una moción de censura que sirva para retratar ante los españoles toda la extensión de la mafia y la posición de todos los diputados respecto a ella», escribió. Su portavoz en el Congreso, Pepa Millán, señaló algo parecido. Pero hasta ahí. No han vuelto a presionar al PP con ello. Contención y discreción.

Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal saludándose en el CongresoEuropa Press

Todo lo anterior, suponiendo que la moción no saliera adelante. Pero no lo demos por hecho. Imaginemos que Feijóo presenta una moción sin tener cerrado el apoyo de Junts o del PNV, que hoy por hoy ninguno de los dos tiene. Pero con el compromiso de convocar elecciones. Corresponde a la Mesa del Congreso, controlada por el PSOE, poner fecha para su debate, pero el artículo 113.3 de la Constitución establece que la moción no podrá ser votada hasta que transcurran al menos cinco días desde su registro. Imaginen qué cinco días de diluvio universal para Junts y el PNV.

En ambos partidos existe ya un debate interno sobre qué hacer llegado el caso, debate agravado por el caso Zapatero. Sin embargo, mientras el PP no los ponga entre la espada y la pared, seguirán silbando y mirando para otro lado. Ojo a la nueva hornada de dirigentes peneuvistas como el lendakari, Imanol Pradales, o el alcalde de San Sebastián desde el pasado octubre, Jon Insausti, que pueden llegar a hacer de contrapeso al inmovilismo del presidente de la formación, Aitor Esteban.

Quién nos iba a decir que, en el octavo aniversario de la moción de censura que ganó Sánchez -este lunes se cumplirán ocho años desde que el entonces líder de la oposición la registró en el Congreso-, íbamos a estar hablando de otra. O tempora, o mores.