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Francisco Rosell
De lunes a lunesFrancisco Rosell

La «Revuelta» de Sánchez con el voto en blanco de González y en negro de ZP

Aunque el sanchismo ya lo tenga descatalogado y haya quienes pidan su expulsión del PSOE, González rompe con el tabú, sin ser el primero, de que «yo voto a los míos hagan lo que hagan»

El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en un mitin del partido en Burgos

El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en un mitin del partido en BurgosTomás Alonso / Europa Press

Tras la entrevista sauna de David Broncano –Coronavirus oé– a Pedro Sánchez travestido en el «doctor Hamor», en la que este debió mejorar su nivel de satisfacción sexual, a juzgar por la declaración más llamativa que hizo a quien impuso en RTVE retribuyéndole con una soldada millonaria, el inquilino de la Moncloa encara su particular Revuelta con una campaña con puerta de doble batiente como las de los salones del Lejano Oeste en la que invoca el amor para hacer la guerra. Al fin y al cabo, la fuerza del amor no cabe en quien ha hecho del resentimiento su leitmotiv, y acaba de dejar tirado al delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, quien dimitió ayer al no incluirlo en las listas electorales tras usarlo de ariete con Ayuso luego de consentir los escraches contra ella y la instalación de un «porródromo» en la Puerta del Sol.

Como bien diagnosticó Gregorio Marañón en Tiberio. Historia de un resentimiento, Sánchez es de esas personalidades mal dotadas por el amor y de mediocre calidad moral cuya acritud acrecientan con el triunfo al percibir en ello «una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento». Era lo que originaba los cambios de conciencia y de conducta en el emperador romano Tiberio, lo que le disociaba de la realidad hasta el punto de quejarse al Senado del «odio que suscitaba su persona por servir bien a la República». Ello originó su confinamiento en Capri al sentir el vaho del rencor popular.

Como Zapatero en las elecciones de 2008, cuando se anticipó al estallido de la Gran Recesión que luego le arrastraría, con aquel «Defender la alegría» del poema de Benedetti musicalizado por Serrat, Sánchez apela a «la fuerza del amor» –beso a su imputada mujer incluido–, pero en realidad persigue incendiar las calles y polarizar sus mensajes de cara a las elecciones con la huelga general política (HGP) del 11 de noviembre contra la oposición de por medio y con sus socios fantaseando con prender fuego a la Casa de Correos, sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, al modo del Ayuntamiento de Limoges.

Son maniobras encaminadas a crear un efecto remontada apoyadas en las encuestas falsas del CIS y de su marca blanca que elabora el chiringuito de Redondo

Entre tanto, no ceja de urdir trampas a tutiplén como el amaño del censo electoral con la mal llamada ley de nietos que, paralizada por el Tribunal Supremo, está contribuyendo a que afloren muchas de las fullerías inadvertidas en los comicios de julio de 2023 en lo atinente al voto exterior y al emitido por correo. De paso, Sáncheztein se erige en candidato único de la izquierda bromeando abiertamente sobre «cargarse al rey» en la televisión pública, como antes hizo su ministro Puente actuando de liebre, con las cámaras enfocando con recochineo una camiseta con la leyenda «ni Patria ni Rey», entre grandes risotadas de entrevistado y entrevistador con el eco ampliado de un público amaestrado.

Al estar todo guionizado, ese movimiento tan estudiado rememora al de su entonces asesor y luego jefe de gabinete, Iván Redondo, cuando acudió al programa «La Tuerka» de Pablo Iglesias en 2016. Al despedirse del futuro socio de Sánchez, Redondo depositó un peón blanco de ajedrez en la mano derecha de Iglesias previniéndole de que no despreciara la pieza porque, pese a su pequeñez, puede transformarse en muy poderosa ficha si alcanza la casilla ocho del tablero. Ello hizo que Iglesias resolviera vivaz: «Con este peón tengo que hacer jaque al rey».

En cualquier caso, son maniobras encaminadas a crear un efecto remontada apoyadas en las encuestas falsas del CIS y de su marca blanca que elabora precisamente el chiringuito de Redondo, ese inquilino vulnerable que vivió 14 años en un piso de la Seguridad Social un 50 % más barato –unos 1.000 € al mes– en el barrio de Salamanca y que luego adquirió sin subasta en 2025 a un precio muy inferior al de mercado, para dar una pátina de credibilidad a las inventadas de Tezanos. Esa sensación se alimenta con el voto clientelar para los beneficiarios de los decretos ley que el Consejo de Ministros despacha los «martes electorales» como si fueran churros aprovechando el cierre de las Cortes.

Sánchez apela a «la fuerza del amor», pero en realidad persigue incendiar la calles y polarizar sus mensajes de cara a las elecciones

A la par que se incentiva el sufragio de las denominadas «clases pasivas» que, por lo general, votan a favor de los gobiernos, Sánchez procura movilizar a la izquierda con la vieja historia de Pedro y el lobo de la llegada de la ultraderecha de PP y Vox. Todo ello para difuminar una corrupción sistémica que ha degradado al Gobierno y al PSOE en una banda, cuya cloaca no duda en planear quitarse de en medio a una jueza, así como una negligente y criminosa gestión como acreditan la dana de Valencia o la catástrofe ferroviaria de Adamuz, sin olvidar sus cesiones al separatismo y al expansionismo marroquí, cuya hondura solo se comprobará en todo su calado con un cambio de Gobierno.

Para que ese gozne de dos millones largos de votantes que posibilitan que la puerta se abata en una dirección o en su contraria, Sánchez necesita hacer creer lo que las encuestas niegan para que, si se percibe esa situación como real, sus consecuencias acaben siéndolo. Con esa fantasmagoría, pretende igualmente que Vox se le acerque lo más posible al PP para que los populares no ganen las elecciones y a él le permita hacerlo atrapando todo el voto de la izquierda con el Frente Amplio reducido al Frente Longaniza. Sin duda, el trampantojo le sirve, de paso, para echar a pelear entre sí al PP y a Vox, despistándolos de su auténtica prioridad nacional, que no debiera ser otra que desalojar al sanchismo de la Moncloaca, y que ya tardan en presentar un acuerdo para el Senado para anular el acuerdo de toda la izquierda para la Cámara Alta.

Sin embargo, en la hora presente, salvo goles en propia meta del PP y de Vox o en el modo en que hagan frente a las provocaciones en platós o en las calles donde se normaliza la violencia por el Gobierno, Sánchez tiene un inconveniente añadido a la hora de agavillar parte de esos dos millones y medio de electores que inclinan la balanza. Se trata tanto del voto en blanco anunciado por Felipe González, aun en su carácter testimonial, como del voto en negro de los delitos de ese «referente moral» de la izquierda que es Zapatero, llamado a tener un papel prevalente en la campaña como en 2023, que no deja de sumar imputaciones judiciales revelando ser el gran impostor que siempre fue.

En ese dilema, ante la Revuelta sanchista, mejor el voto en blanco de González que el voto en negro del pana Zapatero

Tras borrar su legado, nada más consecuente que ese voto en blanco de quien refundó el PSOE tras la Guerra Civil reconvirtiéndolo en organización socialdemócrata lejos del bolchevismo previo a la contienda y al que se ha retrotraído Sánchez acelerando la deriva socialcomunista de Zapatero. Aunque el sanchismo ya lo tenga descatalogado y haya quienes pidan su expulsión del PSOE, González rompe con el tabú, sin ser el primero, pero no es lo mismo que lo diga un papa emérito que un párroco, de que «yo voto a los míos hagan lo que hagan» y que, de forma un tanto ridícula, repite estos días Susana Díaz, expresidenta andaluza, al manifestar que, a pesar de Sánchez, lo votará «porque soy del PSOE (…) como soy del Betis y, aunque no me guste una decisión de Pellegrini, quiero que gane el Betis».

Pero, en «el estado de error en que vivimos», en expresión de Julián Marías, hay que entonar aquel «Por mí que no quede» que reclamaba el filósofo para que, llegada la hora de afrontar los daños del sanchismo, no acaezca en el comité federal del PSOE lo que en aquel Comité Central del PCUS. Cuando un camarada interpeló a Nikita Kruschev tras denunciar los crímenes estalinistas: «¿Dónde estabas tú cuando fueron asesinadas todas esas personas inocentes?», el primer secretario le respondió: «Yo me encontraba exactamente en el mismo lugar en que tú estás ahora». En ese dilema, ante la Revuelta sanchista, mejor el voto en blanco de González que el voto en negro del pana Zapatero.

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