Obras que se eternizan en el paseo marítimo de Pedregalejo y tienen en vilo a decenas de hosteleros
Los plazos no se cumplen
Chiringuitos del barrio Pedregalejo de Málaga denuncian «un verano perdido» por las obras del paseo marítimo
Ocho meses después del inicio de las obras del paseo marítimo, los hosteleros de la zona denuncian retrasos y pérdida de clientes mientras el Ayuntamiento anuncia bonificaciones fiscales para paliar el impacto
El ruido es ensordecedor cuando la picadora comienza a taladrar la solería del Paseo Marítimo de Pedregalejo. Ocho meses después del inicio de las obras, la imagen de este emblemático paseo malagueño es la de un enorme tajo abierto: suelos levantados, pasos vallados y maquinaria trabajando sin descanso. Los chiringuitos, algunos con las persianas aún cerradas, otros abiertos a duras penas sobre hormigón, miran al verano con una mezcla de esperanza y temor.
«Dejar esto cerrado tanto tiempo es una locura, no se aguanta, hablamos de tres meses», se lamenta Fabio Donofrio, dueño de El Caleño. Su testimonio refleja el sentir general de un sector que ve cómo los trabajos, con un presupuesto de 5,7 millones de euros, se alargan más de lo previsto. «La incertidumbre es total», resume.
«Nadie con dos dedos de frente entiende cómo una obra como esta se continúe en verano, cuando más gente viene», comenta Jessica, del restaurante El Tintero. «Lo razonable habría sido que se haga por sectores, para que afecte lo menos posible, y paralizarlo en verano», reflexiona. Un sentir que es común en todos los afectados.
Cambios que preocupan
El proyecto no es menor: se eliminarán desniveles, se unificará la plataforma del paseo marítimo, se instalarán pérgolas metálicas, bancos tipo tumbona, iluminación LED y accesos ampliados a la playa. Una remodelación integral.
Pero en el camino también hay obstáculos: los hosteleros lamentan que muchas terrazas deban desmontarse o reubicarse y que los plazos no estén todavía totalmente cerrados. Como apunta uno de los camareros: «Una obra así es como en una casa, sabes cuando empieza pero no cuando termina».
Ya hay víctimas que cierran
El impacto más doloroso lo ha sufrido Miguelito el Cariñoso, el mítico chiringuito abierto en 1975, que ha anunciado su cierre. «Durante las obras no podemos trabajarlo, es inviable», aseguran las hijas de la dueña. Un adiós temporal que golpea al barrio, aunque no descartan reabrir una vez finalicen los trabajos.
Quienes han decidido resistir lo hacen en condiciones extremas. Rafael Gutiérrez, del chiringuito Los Cuñaos, abierto desde 1983, explica que han estado ocho meses cerrados y que ahora, aunque han reabierto, «la gente está más reacia a venir». «Esto es un no parar de polvo y mucho ruido. Y las obras no paran de retrasarse no vemos el final, se va a comer todo el verano», lamenta. Augura un 40 % de mesas cubiertas y unas obras que no terminarán «hasta por lo menos enero o febrero».
Mesas y obras junto al Restaurante El Cuñao
Polvo, hormigón y falta de luz
Por si fuera poco, los afectados tienen que limpiar el polvo proveniente de las obras «cada dos por tres», un trabajo extra que, con la falta de clientes, es un agravante que hace que se replanteen si merece la pena. Además, denuncian frecuentes cortes de luz y tuberías rotas.
Aun con todo ello, los propietarios de estos chiringuitos son pesimistas: «Se supone que el 6 de agosto está la obra terminada y no lo creo, no lo creemos ninguno, y aunque así fuera, habremos perdido medio verano», admite Fabio. Mientras tanto, el paseo sigue siendo un gran solar en obras y el reloj, en contra de los que cada día luchan por mantener viva la tradición de los espetos frente al mar.
El Palo, el próximo en sufrirlo
El temor ya no es exclusivo de Pedregalejo. Al otro lado del arroyo Jaboneros, los hosteleros de El Palo observan con inquietud el horizonte. El Ayuntamiento tiene sobre la mesa un proyecto de remodelación integral para su paseo marítimo, con un presupuesto de 14,3 millones de euros y un plazo de ejecución de 23 meses. Un tiempo que, visto lo visto en Pedregalejo, los empresarios de la zona ya temen como una losa.
Jessica, propietaria del emblemático chiringuito El Tintero, es una de las que alza la voz ante lo que se avecina. «Hay además un elemento que creo que puede ser incluso más importante: en El Palo no solo están en juego negocios aislados, sino un ecosistema económico muy denso, formado por proveedores, pescadores, repartidores, empleados, propietarios y familias que viven directa o indirectamente del paseo», advierte. «La desaparición de un porcentaje de locales podría desencadenar un efecto en cadena sobre el conjunto del barrio». Y sentencia sin ambages: «23 meses de obras es insostenible para ninguno de nosotros».