«¡Ahí queó!»
Esta mañana salí a andar como la mayoría de los días, pero no duró mucho mi recorrido. El día no estaba propicio para pasear, ya que un nubarrón quedaba como colgado en el cielo sin saber para donde tirar. Y no tiró para ningún lado, ni para el norte ni el sur. Cuando menos lo esperaba, tiró pero para abajo, dando lugar a un chaparrón inesperado. Así que tuve que aplazar el paseo para la tarde.
Y eso hice. El tiempo me acompañó y pude estar casi una hora recorriendo un acerado más comercial. A la vuelta, en esos momentos en los que no sabes si todavía es día o noche, me senté a tomar un café, aunque por la hora, una cervecita pegaba mejor. En la mesa junto a la mía estaba un grupo de jóvenes entusiasmados por la tarea que les esperaba. Le quedaban dos horas para ir a la parroquia, allí les aguardarían las cuadrillas de costaleros que, tras pasar la «igualá», habían sido seleccionados, -los nuevos-, y ya sabían en qué parte del paso irían, soportando la trabajadera.
Lógicamente, me imaginé que eran jóvenes costaleros y que hoy les tocaba ensayo y aprender no solo a llevar, o pasear la imagen que es hermano, sino a aprender un numeroso paquete de palabras y órdenes salidas de la boca del capataz. A ese diccionario de costal añadirían los itinerarios musicales que les acompañarán. Lo que sí tenían muy claro es la obligación de sacar el paso a la calle y traerlo de vuelta sin ningún contratiempo ni daño. La Semana Santa ya estaba casi aquí. Ese mismo miércoles fue el de Ceniza y el pistoletazo de salida ya había sonado. Estábamos en Cuaresma.
Uno de ellos recordaba lo sorprendido que quedó el día de la «igualá». Lo preciso y atentos que los capataces la realizaban. Cómo, según la altura de los costaleros, o su clasificación dentro de las trabajaderas, hacían un cuadrante con la configuración del Paso. Generalmente, los más altos van en los Pasos de Cristo, y los más bajos en los de La Virgen. A veces suele usarse una regleta que se lleva desde el suelo a la vértebra del costalero, para hacer una calibración más exacta.
Todos eran hermanos, condición que todos debían cumplir para poder ser candidato pasar la selección. Estaban deseosos de poder soportar, llevar, pasear y hasta, hacer bailar con muchísimo amor y arte las Imágenes de sus titulares sobre el Paso, soportando el peso del mismo sobre su cerviz, espalda y riñones, debajo, en su lugar de las trabajaderas.
Alternándolos con un refresco, repasaban unos apuntes sobre el léxico utilizado en su trabajo ilusionante y sobre todo, las palabras en forma de órdenes que el capataz les iría diciendo durante el recorrido. Todo debía salir perfecto.
En una bolsa llevaban parte de la ropa que tendrían que ponerse en los ensayos y en la procesión. Así, a un amigo que no seleccionaron el día de la prueba, se la fueron enseñando y explicando.
Le decían, «mira esto es el «costal». Se trata de una tira de arpillera que se lía alrededor de la «morcilla», ajustándola en la cabeza y frente, para soportar el peso y presión en las «trabajaderas».»
… «Y esto es la «morcilla» que antes te dije. Es un rodillo de tela forrada y fuertemente enrollada y relleno de borra o algodón. Sirve para «hacer la cuna» en la cerviz de los costaleros, y dejar caer sobre ella el peso de las trabajaderas».
Cogiendo un trapo en las manos, le comentaba, … «Y esta la «faja». Está hecha de hilo, lana o algodón y generalmente es negra. Se ajusta a la cintura y riñones del costalero para soportar y protegerse del peso de las andas. Las «alpargatas» suelen ser blancas o negras, según la Hermandad».
Terminaba hablándole de «hacerse la ropa» que es precisamente la labor de los costaleros, pareja a pareja, en plegar el costal en tres partes sobre la morcilla, mientras el compañero después, sujetándole las puntas, se lo ajusta enrollado en la cabeza. En ese proceso se suelen dar fuertes tirones para que no queden arrugas que puedan lastimarle. Los costaleros «se hacen la ropa», después de que el capataz dé la orden para ello, y tras haberlos «igualado».
Por cierto, a la «la cuadrilla» se referían como el conjunto de costaleros que llevan un paso, junto con «capataz», «ayudantes» y «contraguías». También agregaron que la «cuadrilla de refresco» son los componentes del cuerpo de costaleros que entran y salen de las trabajaderas, en lugares puntuales, para refresco y descanso de los demás.
Cuan estaba intentando ir mentalizando los anteriores términos, con la expectación que se pueden imaginar, soltaron una seria de títulos seguidos, que iban explicando a la vez. Actitud que me hicieron tomar un papel y un lápiz para poder apuntarlos. «Paso largo», es el andar habitual, y sin adorno. «Paso racheao», es el que hace que el Cristo parezca que va andando por la calle, arrastrando las alpargatas. Los pasos de «mudá» y «atrás», que no se usan fuera en la calle, solo en el interior del templo. «Pasearse», «lucirse» y «saber andar», se usa en el argot cofrade, cuando un Paso se recrea y luce en la suerte de ser llevado a compás de la música, o simplemente en la tenebrosa situación del silencio, levantando pasiones entre el público. «Mecer», es una suerte, de frente y a compás de la música; un palio «bien mecío» es aquel que no zarandea los varales, ni flores ni candelaria, sino que solo hacen moverse levísimamente a las bambalinas.
Luego siguieron con «las levantás», que existen varias; la de «al tirón o a fuerza», «a martillo», «a pulso», «a pulso aliviao», «al tambor» y a «primera levantá». Unas órdenes que me llamaron la atención fueron las de «ponerse al palo», como acción de cada costalero en colocarse en su sitio justo de la trabajadera, y ajustarse en ella el costal, «estar la trabajadera», expresión que significa que los cinco hombres están ya en su lugar de la trabajadera, «dar la voz y contestar», como conjunto de llamadas, indicaciones u órdenes, que se dan a los costaleros con los faldones alzados, «a la esta é», como aviso del capataz previo al tercer martillazo, y «meter los riñones», o movimiento que hace el costalero, cuando se encuentra desplazado hacia atrás, para ponerse perpendicular a su lugar de la trabajadera.
Al final, no me dio tiempo de tomar nota de todo. Me acuerdo de alguna más curiosa. Podría decir, «chicotá», «querer más paso», «cuerpo a tierra», «derecha adelante e izquierda atrás», «volverse», «¡Venga de frente!», «picar con el izquierdo», «bueno, bueno» y «ahí se queó».
Al final, cuando ya se marchaban para el local de la parroquia, me dije, nada de «enfriarse», pega una «levantá» tras sonar el tercer golpe del «llamador», «ponte al palo», «paséate» y «lúcete» hasta casa con tu «saber andar», y ya en casa, «mete los riñones» en el sillón del despacho y ponte a escribir. Y cuando acabes di, «ahí queó». Y que no se te olvide enviarlo al periódico para que lo publiquen el viernes.