Apuntes de fe anunciando la Semana Santa (y IV)
Estoy llegando al final de mi camino. La multitud se aglomera en las aceras, esas mismas por las que cada mañana paseo en el amanecer. Las calles se estrechan porque todos quieren acercarse al Trono de su Madre, y ver y escuchar cimbrearse sus varales, a la vez que atienden el paso sereno de arrastre del costalero. Ya falta poco para llegar. Ha sido un largo camino penitencial.
En su final, observo desde el interior de mi cubrerostro, el cansancio de los hermanos y hermanas y el gesto de plegaria de muchas de las personas que se apiñan a nuestro paseo. Una lágrima cae por el rostro de alguna de ellas. El silencio de la noche se sigue escuchando acompañado de la música celestial de la banda de cornetas y tambores.
Algo tuve que pisar en el camino con mis pies descalzos que hacen que sienta un dolor agudo en la planta, pero observo que se suaviza por un algo que me da fuerzas para llegar al final. Comentan desde la acera que en la plaza cercana a la parroquia de regreso no cabe un alfiler, en espera de escuchar los lamentos del saetero en la despedida y regreso del desfile procesional.
Precisamente a eso me quiero referir en esta cuarta y última entrega sobre mis apuntes de fe. A la saeta, y a todo lo que ella representa. Quiero hacer una parada obligada para referirme a todos los cantaores que desde el nacimiento de este arte, han contribuido de una o de otra forma a su engrandecimiento.
Así, quiero referirme a José Bélmar "El Seco”, Juan Hierro, Pedro Lavado, La Niña de Alfalfa, El Niño Gloria, Tomás y Pastora Pavón, Manolo Caracol, Pepe Marchena, Enrique «El Morcilla», Pepe «El Culata», Chato de La Alfalfa, Jacinto Almadén, Antonio de Canillas, Antonio Mairena, ]arrito, María Vargas, Macandé, José Meneses, «El Califa» y «El Sordera», sin olvidar Camarón y Fosforito, entre otros muchos que harían interminable la lista, que rezaron, mirando cara a cara a su imagen devota, hablándoles de tú a tú a través de la saeta. Voces que brotaron de las gargantas de quienes oran a su Dios desde un balcón o a los pies de un trono, sin más acompañamiento que la propia voz y el silencio.
Como reconocimiento a su arte, esfuerzo, fe y valentía, me voy a referir a la persona que una y otra vez, nos hizo permanecer en silencio, inmóviles, expectantes, con lágrimas de emoción, mientras escuchábamos, adentrada la madrugada, en plena Plaza Corazón de María, su voz inconfundible. Y esta no podría ser otra sino María Zamorano Ruiz «La Talegona», que desde muy pequeña traía grabado en su ser el difícil arte del flamenco y de la saeta.
Cuarta de seis hermanos a María no le seducía en un principio la idea de subirse a un escenario, pero fue su madre, cuando esta contaba tan solo 14 años, la que la apuntó a un concurso de saetas. A pesar de llevarla casi a la fuerza, obtuvo el primer premio. Desde entonces muchos serían los primeros premios conseguidos por María La Talegona.
En 1965, animada por un compañero, se presenta al IV Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba y consigue el premio «Cayetano Muriel» que premia los cantes por Fandangos de Huelva, Lucena y Verdiales.
Para María Zamorano su vida era la Semana Santa. Era un torrente de voz y sentimientos. La Talegona cantaba con fe y rezaba con pasión, porque sentía la saeta. Llegó a decir que la Virgen le había sonreído.
En la Semana Santa de 1991, así le cantó a su Cristo Esparraguero desde «su» balcón de la Plaza de Corazón de María, presintiendo la hora de su muerte:
Cristo mío de mi alma
Qué cerquita estoy de ti.
Con mi saeta te pido
que a la hora de mi muerte,
estés cerquita de mí.
Algunas noches célebres, en la plaza del Cristo de Gracia, lanzando oraciones al «Esparraguero» su cante se prolongaba hasta las cuatro de la madrugada. Muchos cordobeses hemos querido ser testigos de ese momento, bien desde el interior de nuestra túnica o acoplados en el lugar que quedaba libre en la plaza.
Murió en 1991. Pero antes de morir, todos los barrios de Córdoba escucharon la plegaria y la fe a gritos de María la Talegona, que penetraba punzante en el corazón de los que la escuchaban. En multitud de ocasiones hemos oído su oración, y quiero recordar, una de sus letras a la Virgen de los Dolores, cantada en una ventana de la Plaza de Capuchinos:
Costaleros, costaleros,
llevarla a poquito a poco
y tirar por lo derecho,
que no se le claven más
los puñales en su pecho.
Así era, así fue María Zamorano Ruiz «La Talegona» Esa Talegona que conquistó los corazones de costaleros, hermanos, y penitentes, y seguro que cuando llega Semana Santa, su alma recorre los rincones más ocultos de nuestras calles para saborear ese olor a cera e incienso que tanto le cautivaba. María siempre estará con nosotros.
Esta fue su última saeta:
Cristo mío de mi alma
escucha esta saeta
que la canta una mujer
que ya le faltan las fuerzas.
Hasta aquí esta humilde y ficticia exaltación sobre nuestra Semana Santa, en forma de apuntes de fe y dedicado en este cuarto envío, a ese cante que se hace oración en nuestra Semana Santa, cuando desde la soledad y el anonimato, brota de las alturas, como si del mismo cielo bajara, para rezar a esa bella Imagen de María Dolorosa, o a ese Cristo, que sufre penas de dolor.
Hasta aquí las vivencias que quise compartir con todos vosotros sobre ese cante que se incorpora al flamenco para hacerse sentir como palo del mismo, habiendo sabido encontrar el camino y el modo de canalizar su plegaria, para acercarse aún más a Dios y a su Santa Madre.
No olvidéis que la saeta ha sabido encontrar en el flamenco un modo de canalizar su plegaria, porque el flamenco en la saeta ha encontrado una forma de acercarse a Dios. Pero este encuentro no es ni mucho menos casual, porque el flamenco es ya por sí mismo una oración.