La verónicaAdolfo Ariza

El peligro inminente

Hay que tener muchos arrestos para, en una lectio inauguralis, poder decir a los cuatro vientos que si nos concita «un peligro inminente» este sería etiquetable con la categoría «banalidad»; eso sí, «una banalidad muy democrática» y que de suyo se caracteriza por «una monotonía repetitiva», «una falta de frescura, dignidad y distinción» y no poco «sentimentalismo o incluso sensiblería».

Chesterton, precisamente el protagonista de esa Lectio inauguralis en la Universidad de Londres en 1927, pone un ejemplo al respecto de por sí bastante gráfico: «Cuando uno camina por la calle y observa que toda una fachada de una gran casa está ocupada por un cartel descomunal en el que se lee con enormes letras: ‘Mantén ese cutis de colegiala’».

El hecho es que esas vallas son colocadas y los espacios que a tal fin son destinados «son lo suficientemente vastos como para haber sido utilizados, en épocas más ilustres, como santuarios dedicados a dioses o grandes santos, para desplegar imponentes escudos nacionales, para albergar las proclamas de Napoleón o de la Revolución francesa, o para otros usos de gran envergadura que nuestros ancestros supieron honrar». Chesterton señala el drama que supone el que «esos vastos espacios» hayan sido entregados por completo a «lo trivial». «En esas enormes superficies, lo único visible son pequeñeces». Por lo que «esa sensación de derroche de tamaño y espacio es, en sí misma, un claro indicio de algo que desafía la verdadera intuición e imaginación que son inherentes a la Cultura». Así las cosas, «cualquiera que contemple tales espacios se preguntaría: ‘¿Por qué no se utilizan para un propósito mayor?’».

La cuestión es que todavía da un paso más en su incisiva Lectio inauguralis ya que insiste en la realidad de un peligro inminente que no vendrá por «una fealdad exacerbada» o por «una anarquía desmesurada», sino que más bien podrá describirse como «la estandarización de un estándar bajo» y esto «no solo en el ámbito artístico y cultural, sino también, en general, en el plano intelectual de nuestra época».

Dicha estandarización se consigue por la ya citada «trivialización de la cultura», pero, sobre todo, por el sometimiento de la educación bajo el yugo del «utilitarismo» y «la mercantilización». Salta a la vista el dilema: O una educación como «simple transmisión de información» o una educación entendida como «la formación del carácter y la preservación de un sentido de asombro ante la realidad».

Para Chesterton no hay «nada más urgente en el mundo moderno» que «el espíritu de independencia» y el no dejarse «arrastrar hacia sistemas» que él mismo denominaba como «sistemas de esclavitud». Tenía muy claro que «jamás en toda la historia de la humanidad ha sido más crucial defender la independencia intelectual del hombre que en esta hora que nos ha tocado vivir». Lo que conlleva «capacitar las mentes de los hombres para que actúen sobre la comunidad, convirtiendo la mente en una fuente de acción crítica y creativa» que sabrá curarse de una cierta «sensación de orden» y de «calma» que impiden una más que deseable capacidad de reacción y resistencia a la «paulatina degradación del sentido artístico y de la imaginación».

Chesterton siempre lo vio con una claridad meridiana: «Si mencionara mis propios remedios sociales, estaría hablando de política»; «si sugiriera mis remedios más profundos, estaría hablando de teología». Y, sin embargo, si hay que empezar por algo de manera inmediata es por la educación.

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