La insolvencia de los farsantes
«El desbarajuste de la España actual tiene su base en ese contubernio, construido por Sánchez para agarrarse al poder»
Entre los muchos insultos al poder judicial, que los miembros de la coalición Frankestein han prodigado en los últimos días, se ha tildado al fallo del Tribunal Supremo que condena al fiscal general como «golpe blando al Gobierno y a la mayoría plurinacional y progresista». Intentar hacer razonar a esta legión de farsantes es tan inútil como querer mantener un debate con argumentos en un lugar donde primen los improperios.
Oír estos días a las diversas camadas de la progresía resulta tan deprimente como asistir a una discusión de alumnos de primaria dando clases de Derecho. Pero esto es lo que hay: ocurre siempre cuando los retrógrados se bautizan de progresistas. Son progresistas porque odian a los que ellos llaman conservadores. Y como es natural, los que realmente se sienten conservadores aceptan la batalla y se lanzan al debate de la descalificación y a la radicalidad de los mensajes. Ya tenemos otra vez las dos Españas, cuando lo más inteligente es ignorar a los insolventes porque, como bien se ha dicho, el insulto es el recurso de los mediocres.
Ni hay mayoría «progresista» ni hay una España «plurinacional» por mucho que estos cabestros de la sinrazón se empeñen en ello. No hay más nación que la española, patria común e indivisible de los españoles según el artículo 2º de la Constitución. Una nación que la integran distintas nacionalidades y regiones a las que el mismo artículo impone el principio de solidaridad entre ellas. La nación tiene fundamentos políticos; las nacionalidades los tienen de índole cultural, lingüístico y consuetudinario. Por ello resulta aberrante ver unida la palabra plurinacional con una izquierda que se llama progresista.
El desbarajuste de la España actual tiene su base en ese contubernio, construido por Sánchez para agarrarse al poder, en el que se pretende que izquierda y separatismo son elementos de progreso. Al final, lo que se está poniendo de manifiesto es el cuento de esa izquierda que sólo sabe imponer restricciones a la libertad y al verdadero progreso, mientras hace justamente lo contrario de lo que pregona.
A nivel individual, cada día resulta más patente la falsedad de sus conductas particulares. Se llenan la boca contra la sanidad privada y son habituales de los hospitales de distintas compañías. Atacan a la enseñanza privada y han estudiado en centros privados y llevan a sus hijos a las universidades más caras y elitistas. Presumen de vivir en barrios y se compran un chalet en cuanto tocan poder. Se empeñan en limitar derechos sobre la vivienda y se conoce, entre otras muchas contradicciones, que 7 ministros son propietarios de 24 viviendas. Por ello, cuando Sánchez desmiente algo, como ha hecho recientemente sobre su reunión con Otegi, diciendo categóricamente «eso es mentira», todo el mundo sabe que es verdad porque la verdadera mentira lleva el nombre de Pedro Sánchez.
Una izquierda que presume de progresista no puede defender privilegios en un país donde su Constitución impone la solidaridad territorial. Pero como lo que quiere es el poder, ahí tenemos a nuestros «progres» sosteniendo gobiernos vascos y catalanes. En el País Vasco, gracias al cupo que lo libera de aportaciones a la caja de todos, con una renta por habitante inferior al 30 % de la de Madrid, disfruta de un gasto público por habitante el doble que el de Madrid. Y en Cataluña, esa financiación singular acordada por una andaluza que aspira a presidir Andalucía, está inspirada, según se ha conocido, en el principio de ordinalidad, es decir, ese que protege a los ricos para que los pobres no dejen de serlo.
Es lamentable que ese pelotón de farsantes que ahora protestan como energúmenos por la condena a un fiscal general, arremetiendo contra los jueces, no lo hubieran hecho cuando, esos mismos jueces que tildan de fachas, condenaron a miembros del PP por el caso Gurtel o al yerno del Rey por el caso Noos. La facilidad con la que esta gente tilda de golpistas a todos los que no les gustan, además de una ofensa gratuita, constituye una basura intelectual insoportable en un país civilizado.
Esta izquierda que presume de cualidades que no tiene, cuyas ideas y sentimientos no se corresponden con sus conductas, ha abandonado los principios de la socialdemocracia que contribuyó a los mejores años de democracia, respeto y progreso en libertad de los últimos cincuenta años. Con razón son muchos, y parece que cada vez mas, los que huyen de la podemizacion sanchista. Como dijo el cantautor Joaquin Sabina, «ya no soy de izquierdas porque tengo ojos, oídos y cabeza». Y es que, aunque algunos piensen que solo hay borregos en este país, en España cada vez son más los que ven, oyen y piensan.
Mientras tanto, cada día conocemos nuevos casos que provocarían una profunda crisis gubernamental en cualquier país democrático. Aquí se niega todo hasta que los hechos son irreversibles. Han puesto tanto las manos en el fuego, unos por otros, que pronto vamos a tener un gobierno con las manos achicharradas algunos, y otros totalmente mancos.