La procesión de la Virgen de la Fuensanta abandonando la Mezquita-Catedral

La procesión de la Virgen de la Fuensanta abandonando la Mezquita-CatedralLuis A. Navarro

La Virgen de la Fuensanta alumbra a Córdoba en su procesión de vuelta a casa

Las cofradías arroparon a su patrona durante el regreso al Santuario

Córdoba volvió a rendirse a su Madre. Tras su estancia en la Catedral, la Virgen de la Fuensanta regresaba a su Santuario en procesión solemne, con el corazón de la ciudad latiendo al compás de la música. La tarde se vestía de fiesta, y las calles se convertían en un río de fe que acompañaba a la Patrona de la Agrupación de Cofradías.

El cortejo lo abría con solemnidad la banda del Caído y Fuensanta, que marcaba el paso inicial con sones de respeto y grandeza. Tras ellos, los devotos abrían camino entre cirios y rezos, mientras la multitud se arremolinaba en cada esquina, esperando el momento de ver a la patrona asomarse con su paso elegante.

Y entonces, cuando la Virgen avanzaba sobre su paso, sonaba la música que hacía vibrar el alma de Córdoba: la banda del maestro Tejera. Sus marchas, llenas de historia y sentimiento, parecían bordar en el aire un manto invisible, acompañando a la Fuensanta con el lenguaje universal de la música procesional. Cada compás era plegaria, cada nota un suspiro, cada acorde un abrazo a la Patrona.

El caminar de la Virgen era majestuoso, recogiendo la devoción de todos los que aguardaban a su paso. Había niños que la miraban con asombro, ancianos que la saludaban con lágrimas, familias enteras que se descubrían al verla pasar. Córdoba entera estaba allí, porque era la despedida hasta su regreso, el adiós emocionado que deja siempre la certeza de la esperanza.

La procesión tenía el sabor de lo clásico, de lo solemne, pero también la frescura de lo que nunca cansa. Los sones de Tejera, graves y elegantes, daban a cada giro del paso un aire de eternidad. En el aire, el incienso dibujaba volutas de oración que ascendían como promesas.

Al llegar al Santuario, el aplauso contenido de los presentes estalló como una oración hecha clamor. La Virgen volvía a su casa, tras haber sido centro y faro en la Catedral, y regresaba ahora para seguir siendo refugio cercano de todos los cordobeses. Entre los ecos de la música y el murmullo de las oraciones, se cerraba el cortejo con la certeza de que la devoción, como el propio caminar de la Virgen, nunca se detiene.

Porque la Fuensanta, Madre y Patrona, seguirá marcando el pulso de Córdoba, guiada por la fe de sus hijos y acompañada siempre por la música de un pueblo que la quiere sin medida.

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