25 de junio de 2022

Mujer embarazada mirando la ecografía de su bebé

Mujer embarazada mirando la ecografía de su bebéFreepick

Familia

¿Por qué mi amiga no se alegra por mi embarazo?

No es más que por el pesar y el recuerdo permanente de que posiblemente nunca se haga realidad el sueño más legítimo, natural y fuerte que una persona puede tener

El factor psicológico desempeña un papel fundamental, si no el más importante, en cualquier proceso de infertilidad, y una de sus ramas más importantes es la relacionada con la sociabilidad.
Cuando a una persona le comunican que no va a poder tener hijos, o que para tenerlos va a necesitar ayuda, por lo general se dan dos reacciones completamente opuestas. Por un lado, los hay quienes acogen la noticia con ilusión en la falsa esperanza generada por esa publicidad de los tratamientos de fertilidad que asegura un bebé a toda costa y, por tanto, el sueño se hace más tangible; pero, por otro, los hay quienes directamente caen a ese pozo oscuro en el que tarde o temprano entran todos.
Una vez iniciado el camino y llegado el primer batacazo, para los primeros, y de salida para los segundos, el aislamiento social es casi el primer mecanismo de defensa que se emplea. Las parejas comienzan a rechazar los planes de amigos, a faltar a las cenas de Navidad o acudir con el mayor pesar en el corazón, y a evitar cumpleaños o encuentros familiares. Esto viene dado, en principio, por el miedo a las reacciones ajenas y por la falta de sensibilidad, pero también se acentúa si entre los amigos hay mujeres que van quedando embarazadas sin problema, niños o temas de conversación que puedan hacer alusión a cualquiera de ambas cosas.

El esfuerzo de la empatía

Para quienes hacen el esfuerzo sobrehumano de escapar de esa burbuja de autoprotección, resulta prácticamente imposible compartir la alegría de un embarazo ajeno, más aún si cercano, pero es fundado, normal y debería ser comprensible, lo cual no parece. Forma parte de la condición humana sufrir cuando otros logran con facilidad lo que a uno le resulta un mundo, y sufrir todavía más cuando esos otros que lo logran parecen no valorar el milagro que es. Sería la mal llamada envidia, que puede ser así en algunos casos, pero en este no es más que pesar y el recuerdo permanente de que posiblemente nunca se haga realidad el sueño más legítimo, natural y fuerte que una persona puede tener. Ese sueño que tristemente se percibe como el derecho más absoluto y evidente, y pesa, por tanto, como tal.
Esto no quiere decir que quien sufre no trabaje en ello, no se sienta mala persona por pensar y reaccionar así, no se ponga en manos profesionales o no le dedique tiempo a hacerse consciente de que la vida va a seguir girando para los demás, pero se necesita paciencia y sobre todo cariño. Cuando el revolú interno de una persona es tan indomable que la consume, es lógico que sea absolutamente incapaz de gestionar emociones ajenas y, por tanto, estar disponible para los demás. Cuando los recuerdos asociados a un evento importante, pongamos, por ejemplo, la ya mencionada Navidad, hacen referencia sobre todo a eso que tanto se anhela, es lógico que esta persona tome distancia. Si los pensamientos no hacen más que generar un vacío donde antes había un niño, o un montón de ellos, frente al abeto cargado de regalos, ni apetece ver abetos, ni apetece ver regalos. A veces, desde fuera, es difícil de comprender, pero solo hace falta un esfuerzo mínimo para llegar hasta la empatía.
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