El síndrome de la niña buena
El síndrome de la niña buena: gusta a todos los padres pero perjudica a los hijos
Un niño obediente es un gusto, pero cuando comienza a serlo demasiado, habría que empezar a preocuparse. Este síndrome fomenta en los niños comportamientos complacientes para con los adultos, pensando que a cambio recibirán más afecto
Fue la psicoterapeuta Beverly Engel quien identificó por primera vez en 2008 el síndrome de la niña buena. Se percató de que había ciertas personas que daban más importancias a los deseos y necesidades de los demás que a los suyos propios y que este comportamiento era más común en mujeres que en hombres, de ahí que eligiera ese nombre.
Engel, que luego plasmaría todo esto en un libro con el mismo nombre que el síndrome que reconoció, detalló que las personas que lo padecían, por regla general, habían crecido en ambientes llenos de bondad, algo positivo, pero que había provocado que no hubieran aprendido a defenderse o cuidar de sí mismos.
De tal palo, tal astilla
Se suele decir que de tal palo, tal astilla, y esto también aplica a las expectativas de perfección. Como no existe el padre perfecto, sino que cada uno es el mejor padre que puede ser; tampoco existe el hijo perfecto –como avisan en vídeos de herramientas peligrosas, mejor no intentar hacer esto en casa–.
Un niño obediente es un gusto, pero cuando comienza a serlo demasiado, habría que empezar a preocuparse. El síndrome de la niña buena, desde el punto de vista de los hijos, fomenta comportamientos complacientes para con los adultos, pensando que a cambio recibirán más afecto. Esta complacencia desmesurada les lleva a dejarse en el último lugar.
El miedo a no ser aceptado
La crianza es determinante a la hora de que este síndrome pueda aparecer. Un niño al que se le pone la etiqueta de «bueno» va a querer serlo siempre. Si el elogio se pone siempre en este aspecto, el menor lo buscará constantemente y podrá autoconvencerse de que sus padres y otros adultos de su entorno solo lo quieren por lo bien que se porta.
Este mismo hecho, el haber sido tan elogiados, les vuelve dependientes de la valoración de terceras personas y también muy sensibles a cualquier crítica. Para cuando llegan a la edad adulta, su personalidad sigue siendo complaciente y surge cierto miedo a imponerse, a fracasar o a darse prioridad ante la posibilidad de no ser aceptado socialmente.