El médico y escritor Mario Alonso Puig
Mario Alonso Puig: «La mayoría de los traumas proceden de nuestro entorno familiar»
El médico y divulgador explica para El Debate que «cuidar nuestro matrimonio y de nuestra familia tiene un enorme impacto positivo en nuestra salud» y explica cómo hacerlo... y cómo lo hace él mismo
Llena auditorios en todo el mundo con sus conferencias, viraliza cada uno de sus videos, y bate récords de ventas con sus libros. Mario Alonso Puig lleva más de 20 años partiendo de su experiencia como médico cirujano, especialista en el sistema digestivo y en neurociencia, para, en esencia, ayudar a las personas a vivir mejor su vida. Un objetivo que, como explica con la profundidad y sencillez que le caracterizan, no puede alcanzarse en solitario, sino a partir de los vínculos emocionales que construimos. Y de forma especial, a través de nuestras relaciones familiares. Sobre cómo lograrlo con éxito, qué impacto tiene en nuestra salud la vida de nuestro hogar, qué deben evitar los padres para proteger a sus hijos e, incluso, cómo cuida él su propio matrimonio, habla en esta entrevista con El Debate, a partir de la campaña «A unos libros de distancia», de la Casa del Libro.
–¿Qué impacto positivo tienen nuestras relaciones familiares en nuestra salud, y viceversa?
–Este es un tema de extraordinaria importancia, porque el ser humano es un ser de encuentro: no podemos estar bien solos, cuando la soledad no es elegida. Necesitamos de la presencia de ese vínculo afectivo. Y esto se refleja, fundamentalmente, en tres dimensiones fisiológicas de nuestra naturaleza.
–¿En cuáles?
–La primera es que una parte muy amplia del cerebro humano, que es uno de los órganos más importantes del cuerpo, tiene funciones destacadas en la interacción social y dedica áreas muy amplias a la creación de vínculos emocionales. Esto marca una diferencia clara con cualquier otra criatura existente y nos señala que el cerebro humano está preparado para el encuentro, especialmente para crear y cuidar los vínculos familiares. En segundo lugar, sabemos que el sistema de defensa, el sistema inmune, es tremendamente sensible a los vínculos afectivos.
–¿En qué sentido?
–Hoy sabemos que cuando hay vínculos afectivos, se activa lo que se llama el sistema nervioso parasimpático, que es fundamental para que el sistema inmune funcione bien, y ataque lo que tiene que atacar, como bacterias, virus o tumores, y no ataque lo que no tienen que atacar, que son las propias células del organismo. Es decir, que por lo general, tenemos mejor salud cuando tenemos unos vínculos familiares fuertes.
Hoy sabemos que, por lo general, tenemos mejor salud cuando tenemos unos vínculos familiares fuertes
–¿Y en tercer lugar?
–En tercer lugar, es que la relación afectiva, el vínculo, libera la hormona de la oxitocina, que también es neurotransmisor. Para entendernos, cuando esta sustancia está en el cerebro y circula por la sangre, protege el corazón, favorece el funcionamiento correcto del sistema inmune y facilita la conexión entre las neuronas. Así que tenemos un montón de datos de investigación que demuestran cómo la creación de vínculos afectivos, la creación de conexión emocional y cuidar de nuestra familia tiene un enorme impacto positivo para nuestro organismo.
–Hablemos ahora de los aspectos negativos…
–En el sentido contrario, también sabemos que la mayor parte de los traumas, de las heridas internas en el inconsciente profundo que tiene una persona, en la mayoría de los casos suelen proceder del entorno cercano, sobre todo, amigos y familiares. Por eso, los niños que se han sentido o han sido maltratados, cargan con heridas y traumas que terminan orientando su conducta, aunque con el tiempo y ayuda los puedan resolver o incluso su cuerpo llegue a olvidarlos para protegerlos del dolor que les produce el recuerdo. Por ejemplo, niños que han sido tratados de una forma muy dura por el entorno familiar o el entorno próximo, de adultos responden con más frecuencia de manera excesivamente intensa y prolongada a situaciones de estrés.
–Si nos centramos en los niños, ¿Qué impacto tiene en la salud emocional y física de los hijos el modo en que los padres vivan su propia relación matrimonial?
–En este caso, el impacto es especialmente notable, tanto cuando esa relación funciona como cuando esa relación no funciona. Cuando el matrimonio funciona, los niños aprenden no tanto por lo que se les dice, sino por lo que ven. Y si ven que hay respeto, que hay ternura, si ven cariño y generosidad, los niños lo van integrando y, al final, su sistema inmune se ve fortalecido y su cerebro se desarrolla de una forma más óptima y acorde a su maduración.
–¿Y cuándo sucede lo contrario?
–Ahí pueden ocurrir dos cosas. La primera es que los niños vayan comprendiendo que la relación entre sus padres no es buena, lo vayan asimilando lo mejor que puedan, y los padres tengan que hacer un esfuerzo extraordinario para seguir unidos, sobre todo en la labor de educar a sus hijos. Cuando hay una separación o un divorcio, estos niños pasan una época dura, pero sus padres pueden protegerlos para que logren integrarlo del mejor modo posible. Y, si al final se rompe el matrimonio, que los niños puedan trabajarlo para vivirlo del mejor modo posible.
–¿Y lo segundo que puede ocurrir?
–Lo segundo que puede pasar es el camino más inadecuado que pueden elegir unos padres, que es utilizar a los hijos como armas arrojadizas. Cuando los adultos empiezan a malmeter a los hijos contra el cónyuge, o contra la ex pareja, se producen muchos traumas en los niños, que pueden somatizarse y dar lugar a problemas físicos, enfermedades de carácter inflamatorio o problemas de salud mental. Por eso es fundamental que, si se produce una situación indeseable de crisis matrimonial, que puede darse en las mejores familias del mundo, nunca se utilice a los hijos como armas arrojadizas.
El camino más inadecuado que pueden elegir unos padres es utilizar a los hijos como armas arrojadizas
–Si cuidar el matrimonio tiene tantos efectos positivos, ¿Cuáles son los consejos que puede dar a las parejas para que cuiden a sus cónyuges?
–Hay varias cosas que si las tuviéramos más presentes tendrían un impacto extraordinario en la pareja y, en general, en cualquier relación. La primera es mostrar que se quiere a la otra persona. Pero no como nos gusta a nosotros mostrarlo, sino como la otra persona necesita que se le muestre. Yo puedo decirle a mi mujer, «te quiero mucho», pero mi mujer necesita que se lo muestre, no de palabra, sino de otra manera, a lo mejor dándole un abrazo o teniendo pequeños gestos con ella. Igual que en los idiomas hay distintos lenguajes, como el español, el inglés o el alemán, también en el amor hay distintos lenguajes y es muy importante entender cómo tu pareja se siente querida, que a lo mejor no es como tú te sientes querido.
–¿Y además de trabajar los lenguajes del amor?
–En segundo lugar, mostrar a tu pareja que crees en él o en ella, sobre todo en los momentos de dificultad. En tercer lugar, tener gestos concretos, cotidianos y pequeños, que demuestren que la valoras y que estás dispuesto a cuidar de ella. Esto es algo que el cerebro capta sutilmente y provoca la liberación de esa oxitocina tan valiosa. En cuarto lugar, es importante que seamos capaces de desafiar a la persona para que crezca: si hay algo que puede hacer para su beneficio y no lo está haciendo, es importante que hagamos un poco de Pepito grillo, con contundencia pero sin obligar, y acompañando desde la cercanía. No empujar sin más, sino estar dispuesto a ayudar en ese proceso, como una propuesta y no como una exigencia. A lo largo de la vida en pareja, es muy importante sentirse acompañado. Todos sabemos de personas que, en algún momento, se han despistado y no han acompañado a su cónyuge en momentos en que el otro lo necesitaba, y sabemos cómo eso daña al matrimonio.
–Para terminar: ¿Qué es lo que yo no le he preguntado y cree importante decir?
–[Hace un silencio prolongado, pensando la respuesta] Creo que no me has preguntado qué considero yo que es mi familia.
–Pues usted dirá…
–Para mí, mi familia, tal y como yo la quiero vivir, no son solo aquellas personas con las que tengo un lazo potente de sangre, sino que cada vez tengo una disposición mayor a incluir a las personas que me rodean. No quiero que nadie me sea indiferente. Quiero ver a los demás como distintos, no como distantes. Así que, por ejemplo, cuando doy una conferencia, incluso cuando hay una audiencia muy grande, tengo la percepción de que somos una gran familia, porque los problemas y situaciones de los demás me afectan. Me importa mucho no restringir los límites de mi familia, con la idea de «tú eres familia, me importas; no eres familiar, me traes sin cuidado». Y quiero que lo que considero mi familia sea cada vez más y más extenso.