Las rabietas en los lugares públicos pueden ser más difíciles de gestionar
Consultorio Familiar
¿Cómo puedo evitar las rabietas de mis hijos sin ceder a sus caprichos?
El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre el valor del autocontrol.
Tengo tres niños pequeños de 7, 4 y 2 años y están todo el día pidiendo «chuches» y caprichos. A mí me da miedo de que se hagan unos caprichosos, y que luego no sepan decir que no a nada, pero cuando les digo que no, se ponen a llorar y son pesadísimos. ¿Qué me puede aconsejar?
El problema de los caprichos en los niños se puede enfocar desde distintos puntos de vista. Pero todos ellos están relacionados con el dominio de uno mismo, que es condición indispensable para que, cuando sean mayores, puedan vivir mejor la libertad.
Lo primero es que si usted cree de verdad que no debe darle a sus hijos, en un momento dado, lo que le están pidiendo (porque no es momento, porque es malo para ellos, porque pueden hacerse daño, porque pueden hacer daño a otro niño...), no se lo dé. Con serenidad, sin nervios, pero usted les dice que no... y no se lo da. Así de claro.
Comprendo que usted pueda estar pensando ahora que las cosas no son tan sencillas.
Pero si usted no hace eso, está maleducando a sus hijos y les está haciendo daño. Por que los está convirtiendo en unos manipuladores. Saben que, llorando o gritando, van a conseguir aquello que mamá no quiere darles, por tanto, las razones que usted argumenta ni las escucharán, porque saben que a mamá se le pide una cosa, ella te dice que no, yo sigo pidiendo y a los siete u ocho «noes», mamá me lo da y se acabó. Eso es enseñar a los niños a manipular. Y así se les hace un daño a ellos, e incluso es posible que en el futuro la manipulen de otra forma, con otras cosas. A usted, o a otra persona.
Por otra parte, su autoridad quedara resentida, porque ellos aprenderán que lo que les dice «tampoco es tan importante». Si insistiendo, usted cambia de parecer, es que no era una cosa tan esencial como mamá me decía. Así que, o se equivocó al principio al decir que no, o se equivoca al final al decir que sí.
Porque, además, evitando los caprichos se les va educando su voluntad. Y esto sí que me parece vital, fundamentalmente en estos días, en los que estamos recibiendo mensajes de todas partes y sobre todo lo consumible.
La libertad humana, siendo muy conciso, es la capacidad que tiene la persona de saber elegir entre lo que debe y lo que le gusta. Para elegir bien, tendrá que tener educada la voluntad. Si esto no es así, siempre elegirá lo que le gusta, porque no tendrá fuerza de voluntad para elegir lo que le hace bien. Así que, como verá, esto es muy importante.
Si no tiene la voluntad acostumbrada a decir (o a aceptar) un «no», en cosas que, aunque me atraen, no me convienen, lo que ocurrirá es que se hará esclavo de todo lo que le gusta, le convenga o no.
Esta es la causa de que muchos padres estén tan preocupados por el comportamiento de sus hijos en temas como las drogas, el alcohol o la sexualidad. Y no es que no se fíen de ellos. El «papá, ¿es que no te fías de mí?» suele ser unas de las preguntas más difíciles de contestar para un padre o una madre, porque tanto digas que sí, como que no, estás cogido. La cuestión es que lo que nos pasa a los padres, en muchos casos, es que no nos fiamos de las fuerzas de nuestros hijos..., como no nos fiamos de las nuestras, sobre todo cuando la atracción es fuerte.
Y actualmente, las tentaciones son fuertes. No olvidemos que el hombre tiende al consumo. Cuando a esto le unimos que nuestros hijo son incapaces de decir que no, el peligro es mayor. De ahí la necesidad de educar la voluntad.
¿Y esto cómo se hace?
En primer lugar, viviendo nosotros aquello que debemos hacer, y no retrasando cosas que vemos son nuestro deber. Al mismo tiempo, tenemos que pelear con los hijos para que no digan «para luego» a todo lo que les cueste.
Es importante que se levanten cuando suena el despertador, que se pongan a estudiar a la hora acordada con ellos, que sepan dejar para los demás lo mejor de las comidas, que esperen la hora de comer sin picotear con antelación, que se sienten en los sitios menos cómodos en la sala de estar y dejen los mejores para los abuelos, los padres o los hermanos, que sepan comer de aquello que les gusta y un poquito de lo que no les gusta...
Todo esto, lógicamente, lo harán algunas veces; otras fallarán, y no pasa nada. Lo que sí es importante es que sean puntos de lucha: si ellos pelean consigo mismos en estos temas y en otros parecidos, irán teniendo un carácter recio, será dueños de sí mismos y, por tanto, serán menos manipulables y más libres.
Para que eso sea posible, no podemos olvidar que nosotros somos lo que estamos educando, y por tanto, les tenemos que mostrar con nuestras vidas que hacer todo ello merece la pena. E insistir con frecuencia, porque si no, lo olvidarán. En esto de la educación de la voluntad, la constancia es fundamental.
Ser libres no es hacer lo que me da la gana, ni salirme siempre con la mía, ni lograr que mamá me dé todo lo que me apetece si insisto lo suficiente, sino hacer lo que debo hacer, y dejar de hacer lo que no debo hacer... porque me da la gana.
* José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com