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Cristina Velasco Vega

Fui a visitar un piso junto a mi marido, y lo que nos enseñaron fue un diseño que destruye a la familia

La doctora en Psicología Cristina Velasco Vega explica por qué el diseño de las nuevas viviendas está pensado para tener familias pequeñas y dinamitar la vida del hogar.

Act. 04 mar. 2026 - 12:54

Anuncio de viviendas en alquiler, en Madrid

Anuncio de viviendas en alquiler, en MadridEuropa Press

Hace unos meses buscando pisos en Madrid con mi marido –nos teníamos que mudar de dónde vivíamos– visitamos una de esas urbanizaciones nuevas de extrarradio, que ofrecen una amplia variedad de servicios comunitarios y se venden como lugares ideales para familias con hijos.

Zonas ajardinadas, portero 24 horas, parque infantil, piscina, gimnasio… todo estaba pensado y diseñado para entrar por los ojos. Pero al llegar al piso en cuestión, nos encontramos con una realidad que cada vez está más extendida, sobre todo en las grandes ciudades.

Casas pequeñas, sin balcones, cocinas de tipo «office» integradas en el comedor; habitaciones donde solo cabe una cama de 90 porque probablemente solo tengas un hijo… Nos ofrecían una sala de coworking en la urbanización en vez de tener una habitación en casa donde mi marido y yo pudiéramos trabajar, o mis hijos sentarse a estudiar o a jugar… ¡Es triste!

¡Ah! Y tampoco tenía una terracita dónde poder, al menos, tender la ropa recién sacada de la lavadora o poner la basura –no pedía mucho–. Sin embargo, parecía que mi mentalidad ya se había quedado anticuada: ahora es mejor estar fuera de casa que dentro. En definitiva, todo el diseño era muy bonito, pero estaba orientado a ser un lugar para no estar, o limitado solo para dormir.

Y no vengo a hablar solo de metros cuadrados: es una cuestión de diseño social, que condiciona la forma de vivir de las familias. ¿Somos conscientes de la influencia que puede tener esto para nosotros mismos o para nuestros hijos?

La mayoría de las viviendas nuevas están diseñadas para que pasemos el menor tiempo posible en casa. Y esto es por dos motivos: en primer lugar, porque si no cabemos en casa, muchas personas difícilmente se plantearán aumentar la familia; y, en segundo lugar, porque cuánto menos tiempo pasamos en casa, menos creamos «un hogar», con todo lo que eso acompaña.

Si no podemos estar en casa, nuestra vida sucede hacia fuera. Y eso es lo que está ocurriendo: se ha matado la intimidad familiar. Ya casi nunca las familias comen en casa o generan espacios de conversación, porque el propio salón está orientado con el sofá hacia la tele y no llama al encuentro. No hay espacio y, como consecuencia, tampoco hay tiempo. Las vidas se convierten en tiempo invertido fuera de casa: niños en el colegio muchísimas horas, planes los fines de semana, comidas de Mercadona preparadas, extraescolares para reforzar idiomas o el deporte, cenas con amigos o «pico algo fuera y ya estoy cenado».

Si no generamos un hábito de estar juntos en nuestro hogar, después nuestros hijos tampoco querrán estar en casa: no sabrán aburrirse, no sabrán responsabilizarse sobre lo que implica llevar un hogar o, simplemente, evitarán encontrarse con sus padres en el mismo lugar durante más de dos horas. Tampoco invitarán a casa a sus amigos, por lo que no tendrán experiencia de cómo son otras familias.

Cada vez me encuentro más pacientes jóvenes en la consulta. Algunos ya no son capaces ni de identificar qué valores les han inculcado o enseñado sus familias, limitándose a expresar la importancia de tener un buen trabajo.

Y así, todo ello contribuye a que en nuestra sociedad exista una falta de vida interior. No se sabe cultivar la intimidad, la interioridad y el silencio porque toda nuestra actividad se desarrolla hacia fuera.

Cada vez me encuentro más pacientes jóvenes en la consulta. Algunos ya no son capaces ni de identificar qué valores les han inculcado o enseñado sus familias, limitándose a expresar la importancia de tener un buen trabajo. No digo que esté mal tener un buen trabajo, pero reduce lo que soy únicamente a lo que proyecto hacia fuera.

¿Qué ocurre cuando vienen las dificultades, los problemas? Si no tengo esa interioridad que me ayude a pensar, a resolver, ¿dónde busco la solución a mis problemas? ¿También fuera?

Los humanos hemos caído en la trampa de pensar que debemos tener las agendas llenas, que así nuestros hijos disfrutarán y estarán estimulados. Pero con el tiempo te das cuenta de que no, que es poco lo que necesitas para ser feliz. Dejemos a un lado la hiperestimulación y volvamos a lo esencial: una buena comida en casa y después recoger entre todos la mesa; invitar a casa a amigos y familia para poder conversar y jugar; dedicar un rato a un hobbie como pintar o coser en el salón de casa.

Hagamos de nuestras casas refugios seguros, lugares de intimidad, donde lo que sucede sea tan bello que no haga falta ni publicarlo en redes sociales. Solo así podremos sobrevivir como familia a un diseño social que nos excluye.

  • Cristina Velasco Vega es profesora doctora del Departamento de Psicología y Pedagogía de la Universidad San Pablo-CEU y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia
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