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Familia y EscuelaBárbara Torrente, maestra y neuropsicóloga

«Mis dos abuelas, mi madre, mis tías, mis hermanos y yo somos profesores, pero ¿quién enseña a los maestros?»

Bárbara Torrente, máster en Neuropsicología y Educación y coordinadora del Programa de Inmersión Escolar del colegio CEU San Pablo Sanchinarro, explica por qué «a enseñar se aprende enseñando, y a ser maestro se aprende siéndolo, con el miedo en el cuerpo pero con el corazón en el aula».

"Ser maestro es mucho más que una acreditación" explica Bárbara Torrente Torres

«Ser maestro es mucho más que una acreditación» explica Bárbara Torrente TorresGetty Images / iStock

En mi casa, la tiza siempre ha sido un miembro más de la familia. No es una frase hecha: mis dos abuelas eran maestras, mi madre también, mis tías y tres de seis hermanos hemos seguido el mismo camino. Crecí en un hogar donde la vocación no se explicaba en los libros, se respiraba en las conversaciones.

Sin embargo, hoy el panorama es muy distinto. En una era dominada por algoritmos e inteligencia artificial, elegir Magisterio parece, a veces, un acto de valentía. Es curioso, cuando te toca decidir qué quieres ser de mayor, el mundo te empuja hacia lo llamativo: carreras con nombres en inglés, salidas profesionales con sueldos de vértigo y despachos en el piso alto. Magisterio parece entonces la opción humilde, la que se elige «por descarte o por no saber qué hacer».

Pero quienes hemos crecido entre fogones docentes sabemos que no hay nada más altruista que decidir, un buen día, que vas a dedicar tu vida a que otros aprendan a vivir la suya.

Sin embargo, hay algo que me inquieta bastante. La ley educativa actual nos habla de la «Competencia personal, social y de aprender a aprender». El sistema quiere que los alumnos sean dueños de su aprendizaje.

Bien, pero yo me pregunto: ¿Dónde está el derecho de los futuros maestros a «Aprender a enseñar»? ¿Por qué les obligamos a esperar tres años para saber si realmente tienen la vocación necesaria para sostener la mirada de treinta niños? En la Univesidad CEU San Pablo no creemos en ese modelo de «primero la teoría y luego la práctica». Por eso pusimos en marcha el Programa de Inmersión Escolar.

No es una excursión, no es una simulación, no es ir a mirar por una ventanilla. Es meterse de lleno en la práctica educativa. Todos los martes, durante un semestre entero, nuestros alumnos de primer y segundo curso dejan la facultad y se van a los colegios CEU Sanchinarro y Montepríncipe. Allí, la teoría de los libros de texto se da de frente con la realidad.

Hace poco, un alumno me escribió algo que me dejó descolocada por su sencillez. Me decía: «Es como si durante estos años hubiera aprendido la letra y el ritmo de una canción, pero nunca la hubiera escuchado». Esta frase me llegó al alma. Resume perfectamente el drama de muchos grados universitarios: les enseñamos la partitura, les hacemos memorizar el ritmo, pero les negamos la música. Pues es, con este programa de inmersión precisamente, el momento en el que empieza a sonar la música.

Al principio, los alumnos me confiesan que se sienten «inesperadamente nerviosos». Es normal. Es el miedo al vacío. Sus apuntes sobre las diferentes asignaturas no parecen servir de mucho cuando un alumno llora o cuando el ambiente en clase se vuelve eléctrico un martes cualquiera. Pero es ahí, en ese choque, donde empiezan a ser maestros. Ese contacto semanal permite que ocurra algo que la universidad, por sí sola, no puede ofrecer: la construcción de su identidad docente. Y es que he observado cómo el alumno universitario que entra en el aula en octubre no tiene nada que ver con el que sale en enero.

No se trata solo de aplicar lo estudiado, sino de transformar la mirada. Es lo que sucede cuando nuestros estudiantes descubren que la educación no es una serie de problemas técnicos que se resuelven con un manual, sino un encuentro humano complejo. Ese alumno, que al principio temblaba ante el bullicio del aula, termina el semestre entendiendo que en ese caos también hay aprendizaje. Empiezan a desarrollar una visión especial, una forma de «sentir» lo que ocurre en el aula que solo se adquiere cuando los pies están en el suelo del colegio y no bajo el pupitre de la facultad.

La inmersión temprana no es un experimento, es una necesidad ética. Si un alumno descubre en primero de carrera que no tiene la paciencia o la pasión que esto exige, le estamos haciendo un favor inmenso.

Pero si descubre que, a pesar de los nervios iniciales, no quiere estar en otro sitio que no sea el aula, estamos forjando a un docente que no se romperá ante la primera dificultad. En el CEU, los alumnos se dan cuenta desde el primer curso si esta profesión es su verdadera vocación. Acuden al aula a aprender a ser maestros, porque la experiencia es un grado, claro que sí, y a enseñar se aprende enseñando. No hay otra vía. No basta con la buena voluntad; se necesita técnica, reflexión y, sobre todo, muchas horas de prácticas tempranas antes de que te entreguen las llaves de tu propia clase.

Ser maestro hoy es mucho más que obtener una acreditación. Es una cuestión de valores, de identidad y de un profundo sentimiento de pertenencia. Requiere magnanimidad y liderazgo, porque consiste en olvidarse de uno mismo para que el otro brille.

Es un compromiso con el futuro que se firma cada mañana cuando se entra por la puerta del colegio. No buscamos solo que nuestros alumnos sepan pedagogía, buscamos que sientan la responsabilidad y el orgullo de pertenecer a una profesión que, aunque a veces sea silenciosa, es el motor de todo lo demás.

A enseñar se aprende enseñando. Y a ser maestro se aprende siéndolo, con el miedo en el cuerpo pero con el corazón en el aula.

Bárbara Torrente Torres es maestra, profesora en los Grados de Educación de la Universidad CEU San Pablo, coordinadora del Programa de Inmersión Escolar (Colegio CEU San Pablo Sanchinarro) y Máster Universitario en Neuropsicología y Educación.

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