Por qué el amor de una madre, antes y después del parto, dejan una huella decisiva en el hijo y en la sociedad
«Valorar la maternidad es también reconocer su impacto decisivo en la sociedad. En cada vínculo seguro se está construyendo una persona más capaz de amar, de respetar y de convivir», explica la presidenta de la Fundación RedMadre, María Torrego
«En cada vínculo seguro se está construyendo una persona más capaz de respetar y de convivir», dice María Torrego
Antes del nacimiento, la maternidad ya ha comenzado a tejer un vínculo único y profundo. Durante los nueve meses de gestación, madre e hijo comparten una intimidad que no se repetirá en ninguna otra etapa de la vida. Ese tiempo tiene un valor incalculable. En él se inicia una relación que no solo sostiene biológicamente al hijo, sino que también comienza a configurarlo emocionalmente. La madre, a su vez, empieza un proceso de transformación interior en el que va descubriendo una nueva forma de amar, más entregada, más consciente, más profunda. El vínculo materno-fetal es único e intransferible.
La maternidad no solo da vida, la modela. En el día a día, en los gestos que parecen pequeños y en las palabras que ni siquiera se dicen, se construye el mundo emocional de un hijo. Porque antes de aprender lo que se les enseña, los niños aprenden lo que ven. Y en ese espejo vivo que es la madre, descubren quiénes son y cómo relacionarse con los demás mientras desarrollan su identidad.
Por eso el ejemplo tiene tanto peso en la crianza. No se trata de exigir perfección —que sería imposible—, sino de una invitación a la coherencia. Un niño no necesita una madre impecable, sino una madre auténtica, que ame, que repare, que se equivoque y vuelva a intentarlo. En esa verdad cotidiana aprende que la vida no es perfecta, pero sí profundamente valiosa cuando se vive desde el vínculo. Con sencillez. Siendo acogidos.
Un niño no necesita una madre impecable, sino una madre auténtica, que ame, que repare, que se equivoque y vuelva a intentarlo
El apego, ese lazo invisible y poderoso que se teje desde los primeros momentos de vida, es la base sobre la que se construye la personalidad. Las experiencias afectivas tempranas dejan una huella duradera en la forma en que una persona se percibe a sí misma, confía en los demás y enfrenta el mundo.
Un niño que ha sido mirado con amor, sostenido con ternura y acogido con respeto desarrolla una seguridad interna que lo acompañará toda la vida. Y será un buen punto de partida hacia la necesaria autonomía personal.
Así, valorar la maternidad es también reconocer su impacto decisivo en la sociedad. En cada vínculo seguro se está construyendo una persona más capaz de amar, de respetar y de convivir. En cada gesto de ternura se siembra una semilla de humanidad.
En un tiempo que a menudo premia lo visible y lo inmediato, conviene recordar que lo verdaderamente transformador ocurre en lo íntimo, en la mirada que acoge, en el abrazo que consuela, en la paciencia que espera. La maternidad, vivida desde el amor y la presencia, no solo sostiene la vida: la orienta hacia el bien. De ahí su grandeza. Puro liderazgo al servicio de la sociedad.
Quizá por eso, merece ser vivida sin prisas. Cada madre, en la medida de sus posibilidades, debería poder darse el tiempo de habitar la crianza como lo que realmente es, una tarea profundamente valiosa no solo para el hijo, sino también para sí misma.
Cuidar, acompañar y amar a un hijo mejora inevitablemente a quien lo hace. Es imposible no crecer en ese camino.
Cuestión de prioridades, como casi todo.
- María Torrego es presidenta de la Fundación Red Madre.