El psicoterapeuta familiar Yago Marín Orte
Yago Martín Orte, psicoterapeuta familiar: «Si un adolescente se siente interrogado, se alejará de sus padres»
El silencio repentino en casa «forma parte de la adolescencia», pero hay algunas claves para saber «cuándo esconde un problema más serio», como explica Yago Martín Orte, de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar
La llegada de la adolescencia suele generar un escenario nuevo en casa: el silencio en la comunicación entre hijos y padres. Y lo hace justo en un momento en que los menores son especialmente vulnerables ante un aluvión de cambios hormonales, emocionales, sociales y académicos, que genera particular preocupación en las familias.
Sin embargo, «el silencio en los adolescentes no necesariamente significa que algo vaya mal», explica para El Debate Yago Martín Orte, psicopedagogo y psicoterapeuta familiar de la FEATF (Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar).
Y da las claves no sólo para vencer el muro del silencio y propiciar una comunicación fluida en la familia, sino para saber diferenciar cuándo la ausencia de palabras puede estar escondiendo un problema mayor.
– Muchos padres viven con angustia ese momento en que su hijo adolescente deja de contarles cosas. ¿Ese silencio es una señal de que algo va mal o forma parte normal del crecimiento?
– No necesariamente significa que algo vaya mal. En la adolescencia, es esperable que la permeabilidad a la hora de contar cosas a los padres por parte de los adolescentes disminuya. Es un periodo en el que aumenta su necesidad de intimidad, se prueban los límites del sistema familiar y el grupo de iguales gana mucho peso. Me preocuparía menos el silencio en sí, que un silencio mucho más brusco, total o sostenido en el tiempo, que venga acompañado por periodos de aislamiento muy prolongados, un bajón académico evidente (no puntual), una alta irritabilidad o una pérdida clara de funcionamiento (actitud pasiva, desidia…).
– ¿Y por qué los adolescentes dejan de compartir su mundo con los padres?
– Porque una parte sana de adolescencia consiste, precisamente, en afrontar el proceso de diferenciación de la familia. Su familia, durante los años previos, ha sido su sistema de referencia emocional: es donde han aprendido los valores, construido los significados frente al mundo que les rodea y aprendido a amar y a relacionarse. Sin embargo, en la adolescencia los adolescentes necesitan encontrar contextos externos a la familia en los que puedan vivir nuevas experiencias y sentirse entendidos, cuestionando valores o ideas, y en los que desarrollar estrategias que les permitan adaptarse e integrarse en la sociedad.
La evidencia nos dice que los chicos y chicas adolescentes que se sienten apoyados, perciben empatía por parte de sus progenitores ante sus dificultades y problemas, y respeto por su autonomía, tienden a abrirse y, en consecuencia, ser más comunicativos. Por el contrario, si sienten que las conversaciones se convierten en interrogatorios, se sienten juzgados, invalidamos sus emociones o ideas, o se sienten invadidos en sus espacios privados o personales tenderán a alejarse de la familia.
– Pero hay padres que sienten casi una traición, porque «antes me lo contaba todo y ahora, nada». ¿Qué les diría para que no interpreten esa distancia como rechazo?
– Si lo viven como una traición, quizá sería importante indagar sobre cómo se está viviendo como padre o madre este periodo. Quizá la adolescencia se está convirtiendo en un periodo plagado de conflictos, que hacen que broten sus inseguridades y aparezcan planteamientos sobre sus propios sentimientos de fracaso, o culpa en su rol de padre o madre. Sin embargo, en muchas ocasiones no se trata de un rechazo, sino de una manera de resituarse en el vínculo con la familia. La tarea del adolescente no es seguir siendo transparente o dar seguridad a sus padres. Más bien es ganar autonomía sin perder sus referentes familiares. Lo más importante no es que nos lo cuente todo, sino que tenga la certeza de que la familia es ese lugar al que puede volver siempre que lo necesite, donde puede expresar tanto emociones como ideas porque va a ser escuchado sin sentirse juzgado o humillado.
– ¿Y cuáles son los errores más frecuentes de los padres cuando intentan recuperar la comunicación: preguntar demasiado, sermonear, invadir el móvil, ¿reaccionar mal ante una confidencia...?
– Los errores más típicos que cometemos están relacionados con hablar con ellos desde la ansiedad, o el miedo que nos provocan sus acciones, decisiones o ideas. Desde ahí, podemos convertir una conversación en un interrogatorio, en un sermón o aún peor, podemos terminar respondiendo de manera airada o con un castigo desproporcionado. Otro error muy común, que genera graves consecuencias, es mirar su móvil sin permiso, como atajo «para saber». Sabemos que la invasión de privacidad suele ser en numerosas ocasiones contraproducente, porque provoca una mayor sensación de control, lo que puede generar más secretos, pero no más confianza. Si la confidencia que nos hagan termina en reproche, el mensaje que aprenderá será muy simple: «Mejor no te lo vuelvo a contar».
– Entonces, ¿dónde está el equilibrio entre respetar la intimidad del adolescente y no caer en una dejadez cómoda, como si los padres ya no tuvieran nada que hacer?
– El equilibrio está en combinar su intimidad con nuestra presencia. Un adolescente necesita privacidad, sí, pero también necesita unos padres que sigan ejerciendo su función de padres a través de una autoridad tranquila, que no es autoritarismo. Es decir, normas claras, horarios, supervisión global y disponibilidad emocional. No hace falta saberlo todo. Lo que hace falta es seguir siendo ese suelo estable y seguro en el que puedan continuar apoyándose.
– Muchos padres intentan hablar justo cuando ellos están preocupados, enfadados, ansiosos... porque es cuando toca sofocar un conflicto. ¿Importa tanto el momento? ¿Cuándo suele ser más fácil que un adolescente se abra?
– Sí, el momento importa muchísimo. Si queremos hablar con ellos cuando no están en calma ni tranquilos, nos encontraremos con, lo que, desde la Teoría Polivagal de Porges se describe como «estado de defensa», es decir, tendremos delante a una adolescente cuyo organismo busca protegerse, no escuchar, razonar o integrar algún tipo de consejo o sugerencia. Por lo tanto, para que el mensaje dentro de una discusión llegue, es imprescindible que el adolescente recupere el estado emocional de seguridad, calma y regulación.
También la neurociencia nos dice que cuando estamos bajo un estrés agudo, como puede ser una discusión intensa, disminuye la eficacia funcional de la corteza prefrontal, que es una zona del cerebro clave para la atención, la reflexión y el control de impulsos. Y en este estado, ganan fuerza las respuestas automáticas y defensivas. Por eso, no conviene tener conversaciones importantes durante el pico del conflicto, sino cuando el cuerpo ya ha bajado su activación, porque los mensajes no serán incorporados con la misma eficacia que si estamos calmados.
– A veces el silencio sí esconde un problema. ¿Qué señales deberían preocupar de verdad a los padres?
– Los padres deberíamos fijar nuestra atención en cambios muy persistentes, como aislamiento, insomnio o hipersomnia, cambios en el apetito, irritabilidad o tristeza intensas. Y, por supuesto, el consumo de sustancias, las autolesiones, las conductas de riesgo (ya sea solos o con amigos) o el abandono de actividades que antes eran importantes y valiosas para ellos. Porque ahí ya no hablaríamos sólo de «cosas de la edad», sino de señales que merecen una evaluación más profunda.