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Familia y EscuelaMiguel Ángel Barbero Barrios

Por qué la 'datocracia' está llevando a los niños al orgullo intelectual que les impide aprender

La primacía de los datos y la IA está conduciendo a un «ineludible orgullo intelectual que bloquea el aprendizaje», tanto en las aulas como en las familias, alerta el doctor en Psicología Escolar y Desarrollo Miguel Ángel Barbero Barrios, director de los grados de Educación de la Universidad CEU Abat Oliba

Un niño usando ChatGPT para hacer sus tareas

Un niño usando ChatGPT para hacer sus tareasGrok

¿Quién se atreve a negar que vivimos en el tiempo de la importancia de los datos? Quien se atreva, que tire la primera piedra. Mejor: que tire el primer dato en contra.

Se me viene a la cabeza que vivimos en una 'datocracia' y compruebo con una simple búsqueda googleliana que ya han sido varios los autores a quienes también se les ha pasado por la cabeza esta palabra, aunque todavía no está incluida en la RAE; y que la afectación es global.

Los datos suponen el nuevo oro, en tanto que propician que sea posible la toma de decisiones eficientes. La tan actual inteligencia artificial, en el fondo, no es más que la gestión probabilística avanzada de datos. Por eso, las compañías que los poseen de forma masiva se vislumbran como las nuevas dominadoras del panorama futuro.

Y aquí viene mi pregunta: ¿sobre qué plano van a dominar? Consciente o inconscientemente, otorgamos una cierta primacía al económico. En lo social, lo económico prima, porque la capacidad económica, a su vez, hace primar: en influencia, en capacidad de consumo, en posibilidades de desarrollo o en dignidad percibida.

Y sin quitar ni un ápice de todo lo bueno que puedan tener estas potencialidades, hemos de plantear si esta primacía, que nos parece tan evidente a partir de las dinámicas que vivimos manifiestamente, es verdadera.

Para orientar adecuadamente tal cometido, propongo utilizar el mejor GPS de la historia: el Evangelio, que nos invita a educar nuestra mirada sobre la realidad y, en definitiva, a educarnos y educar. Dicho en otros términos: saber guiar y guiarnos (educere) y nutrirnos para sacar afuera lo mejor y hacerlo sacar a otros (educare).

Apliquemos una mirada evangélica a la era del dato y hagamos valer la escena de Juan, 3, en la que Cristo habla enérgica y sorpresivamente a Nicodemo (miembro destacado del Sanedrín y maestro reconocido de la Ley): «¿Eres tú maestro en Israel y no sabes estas cosas?» (versículo 10).

En su magnífico comentario a este relato evangélico, santo Tomás, más allá de su propia reflexión, toma como referencia lo mejor de la tradición exegética católica y explica que Cristo exhorta a Nicodemo de este modo porque presumía de su propio conocimiento y se apoyaba fundamentalmente en su estatus de maestro.

En términos del tema de la actualidad que nos ocupa, podríamos decir que estaba muy seguro de sus datos y pensaba que las decisiones precisas y ordenadas a que le conducían no tenían «fallo».

Nicodemo, como poseedor de datos, tenía estatus. Pero Jesús le dice que esta visión puramente materialista –si bien en cierto sentido fundada–, le impedía nacer «de agua y de Espíritu» y por tanto, entrar en lo profundo de la realidad de las cosas (versículo 5), que no es poca cosa ni poca advertencia.

Jesús insinúa de un modo sutil, inteligente y paradójico que es el espíritu de humildad, en cierto sentido, el de una determinada aceptación de ignorancia y el abandono en el «no saber confiado en Dios», el que hace nuevas todas las cosas. Es decir, que para entrar en lo profundo, para entender con hondura, no necesitamos más IA, sino más humildad. En este contexto de datocracia actual, supone un cierto ayuno de datos, que priorizaría sobre ellos –sin desdeñarlos, pero sí con la intención de ordenarlos– la escucha confiada del Espíritu de Dios, que los supera y los hace medios para el verdadero fin, que es la contemplación de Dios: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va» (versículo 8).

Basados en esta sabiduría evangélica podemos afirmar que el dato, y por tanto, la competencia última a que pudiera llevarnos, no es fin, sino, medio. Su destino no es ayudarnos a elevarnos sobre otros, sea cual sea el campo de competencia del que hablemos, sino el ser invertido para la colaboración en pro de lo común, de la construcción del Reino de Dios que siempre está sujeto a la confianza en el Espíritu, que nos abre a la novedad y la sorpresa del amor.

Tergiversar esta ordenación lleva a un ineludible orgullo intelectual que bloquea el aprendizaje, tanto en los centros de enseñanza como en el hogar. La verdad huye de una mente que no es humilde.

  • Miguel Ángel Barbero Barrios es doctor en Psicología Escolar y Desarrollo y director de los Grados de Educación de la Universitat CEU Abat Oliba de Barcelona
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