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Familia y EscuelaÁlvaro Gil Ruiz*

Soy profesor de Primaria y estos cinco «males» son más peligrosos que ChatGPT o cualquier IA

No son el uso de la IA, ni el consumo de pornografía, ni la obesidad infantil, pero hoy, en la educación, «hay males que pasan desapercibidos y que nacen de nuestro sesgo a la hora de educar a los nuestros, por parte del padre, la madre, los abuelos, los tíos...», alerta Álvaro Gil Ruiz, maestro de Primaria

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«Los padres alimentan el victimismo, sin mala intención» alerta Álvaro Gil RuizGetty Images / iStock

Educar en la era de la post verdad puede ser una actividad muy frustrante, porque todo es opinable, líquido y volátil. No pisamos suelo firme, a veces ni lo hay, o es cambiante, por lo que todo parece relativo para el educador y el educando. Lo que supone que lo que educamos no sea un «dogma de la educación», aunque pocos ha habido, pero ahora muchos menos, porque todo es relativo. Así, quien recibe esta formación está en su derecho a rechazarla, porque lo bueno y lo malo no están tan claros.

Además, a eso se le suman otros males, como las ideologías, el uso abusivo de la tecnología y de la Inteligencia Artificial, el consumo de porno, la obesidad infantil... que nacen de los pecados capitales (ira, gula, soberbia, lujuria, pereza, envidia y avaricia), que siempre estarán presentes.

Pero hay otros males que quizá pasan desapercibidos, que nacen de nuestro sesgo a la hora de educar a los «nuestros», por parte del padre, la madre, los abuelos, las abuelas, tíos... Que todos cometemos, en mayor o menor medida, pero que se pueden reducir.

¿En qué maleducados? ¿Cuáles son los males de la educación? Hay, al menos, cinco: el triunfalismo, el victimismo, el proteccionismo, el infantilismo y el activismo.

1. Triunfalismo

Una idea muy anidada en educación, que inculcamos desde que son pequeños, es la imagen del triunfador, como alguien que consigue el éxito fácilmente y sin fracasos. Cuando lo normal es lo contrario. Bastaría preguntar fuera del ámbito escolar, a los deportistas de élite en privado, para que nos confirmaran esto. El crack se forja en el fracaso.

Pero a nuestros hijos les alabamos y elogiamos, haciéndoles intolerantes a la frustración, y en muchos casos no les ayudamos a rebasar las «cuestas arriba». Para lo que sí que educamos en una gran mayoría de los casos es a «protegerse» de su error, porque los vemos como algo propio. Les motivamos con frases del tipo «eres el mejor», cuando en realidad los fracasos son habituales en nuestras vidas, porque estamos en un proceso de aprendizaje.

Los errores son escalones, compañeros y aliados diarios de la vida, para crecer como personas. La pregunta es: ¿Por qué no educamos para asumir el fracaso, en la fragilidad y en la vulnerabilidad?

Por eso sorprenden gratamente las declaraciones del nuevo entrenador del Real Madrid, Álvaro Arbeloa, tras la derrota contra el Albacete: «No tengo miedo al fracaso. Y entiendo quien quiera calificar esta derrota como fracaso. El fracaso está en el camino al éxito. Me hará mejorar. Nos hará mejorar a todos. He fracasado muchas veces en mi vida, con eliminaciones más duras que esta». Es un gran ejemplo para todos y una manera de enseñar a todos a aceptar la realidad: a veces se gana y otras se pierde, pero siempre hay que volver a intentarlo, aprendiendo de los errores.

2. Victimismo

Muchas veces los progenitores alimentan el victimismo, sin mala intención, con el sano motivo de no hacer sufrir.

Dice Erik Varden, obispo noruego, que ha presentado en España Heridas que sanan (Editorial Encuentro), que cuando hablamos de victimización y autovictimización, y las heridas personales se exponen públicamente exigiendo reconocimiento y reparación, estamos ante un problema.

Porque en ocasiones es necesario mostrar las heridas, pero el riesgo está, según nos cuenta, en convertirlas en identidad: «Cuando decimos ‘mi herida soy yo’». Por lo que, cuando no combatimos el victimismo, la estamos haciendo crecer.

Utilizar en tu beneficio tu situación de víctima no es una buena manera de ayudar a los demás, sino de manipularlos para tu propio beneficio

Debemos ayudar a detectar al niño su herida... y hacerle ver que tu identidad no es tu herida, sino tus características personales y tus decisiones, como la coherencia de vida, tus virtudes y tu propósito vital. Porque intentar utilizar en tu beneficio tu situación de víctima no es una buena manera de ayudar a los demás, sino de manipularlos para tu propio beneficio.

3. Proteccionismo

A un hijo se le quiere tanto o más que a uno mismo. Por eso en muchas ocasiones les disculpamos y protegemos como a nosotros, lo cual es un error. Debemos ayudarles a que aprendan a defenderse y resolver los problemas por sí mismos, en la medida que ellos pueden. Si no, les hacemos un flaco favor. Dice Luri que «sobreproteger es una forma de maltrato». Cuando un infante llega a la adolescencia, a la juventud o a la edad adulta, toma mayor realce o alcance esta afirmación, porque se comprueba que les hacemos más inútiles, poco resilientes e incapacitados para ser autónomos. Es mejor que aprendan por sí mismos a levantarse de las caídas.

La periodista Eva Millet, autora de Hiperpaternidad (Plataforma Editorial), explica el concepto de padres y madres helicóptero, explicando que son aquellas que «sobrevuelan» sobre sus hijos sin despegarse de ellos. Cuando lo que hay que hacer es lo contrario, dejarles «volar» poco a poco, dándoles «alas».

4. Infantilismo

Cada vez son más los padres y madres que tienen una postura noña con sus hijos. Y tienen pensamiento y formas infantiles. No saben diferenciar entre lo superfluo y lo importante. Como si eso ayudara en algo a su desarrollo o supusiera una mayor comprensión de ellos.

Es importante, para no «contagiar» a nuestros hijos, aceptar la vida como viene, y nuestro ejemplo y coherencia ayudarán a madurar correctamente a nuestros hijos.

5. Activismo

El activismo es otro gran mal del siglo XXI. Parece que el no parar de hacer cosas es imprescindible. El silencio y el reposo son incensarios. Parece que nos van a pagar un plus si no paramos o somos mejores educadores si les apuntamos a nuestros hijos a todas las extraescolares que cubran todas las facetas que tienen nuestros hijos.

Siempre tenemos que estar haciendo muchos planes con mucha gente, sin dedicar tiempo a la propia familia y al hogar. Hay que tener tiempo para descansar y leer, y para cultivarnos nosotros (aunque no siempre). Para encontrarnos con uno mismo y para la reflexión personal. De esta manera la educación se asienta y se conduce mediante un biorritmo adecuado.

El egoísmo, el perfeccionismo o la inmediatez son otros males que transmitimos a nuestros hijos. Educamos más por lo que somos que por lo que hacemos. Por eso debemos focalizar la educación no solo en lo que queremos educar, sino también y sobre todo, en lo que educamos cuando no queremos educar. Porque es en la naturalidad de la vida, en nuestro actuar auténtico, donde se ven nuestros valores y virtudes, y cuando educamos.

  • Álvaro Gil Ruiz es profesor de Educación Primaria en el colegio Tajamar, de Madrid
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