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María Pisten

Trabajo con familias y la idea del 50/50 está llevando al divorcio a muchos matrimonios

La acompañante familiar María Pisten explica el proceso de desgaste que sufren muchos matrimonios tras el nacimiento de un hijo, y cómo la sociedad actual sólo propone como salida el divorcio, aunque no sea la verdadera solución.

Muchos matrimonios rompen cuando llega el bebé por la falsa idea del 50/50

Muchos matrimonios rompen cuando llega el bebé por la falsa idea del 50/50Getty Images/iStockphoto

Trabajo desde hace años con niños y adolescentes, y ayudando a las familias a criar a sus retoños. Además, tengo una amplia experiencia como voluntaria en el ámbito social. Por eso, cada vez que algún niño me dice que va a tener un hermanito, mi primer pensamiento es de temor, porque con ese bebé, cada vez más, viene también un posible divorcio. Sí: por desgracia, mi primera reacción no es alegrarme. (Y los datos de separaciones y divorcios así lo confirman: en 2024 hubo España 86.595 rupturas, por 175.364 matrimonios, el 54% de ellas, con hijos menores aún dependientes).

La realidad que veo a diario es casi siempre muy similar. Las mujeres están agotadas física y mentalmente, y los hombres no saben qué tienen que hacer. Algunos ni se dan cuenta de que su matrimonio peligra hasta que ellas les dicen que se separan.

Nos han vendido el cuento de que en una familia y en un matrimonio todo debe ser 50/50. Y cualquiera que sea un poco sensato sabe que eso, llevado a la práctica, es divorcio asegurado en la gran mayoría de los casos. Sobre todo, si no hay ayuda externa, como pueda ser una trabajadora doméstica, una niñera, un jardín infantil, o incluso la ayuda de los abuelos.

La cuestión es que yo misma me separé después de una relación de casi diez años, y mirando atrás diría con total seguridad que esos dolores se podrían haber evitado. Por eso, desde entonces, me dediqué a entender por qué en la mayoría de los casos hoy son las mujeres las que piden el divorcio. Además, desde mi propia experiencia, después de haber pasado por algo tan duro, puedo decir que son varios los factores principales.

Mujeres exigidas, hombres perdidos

En primer lugar, cuando se tienen hijos, la cabeza de las mujeres nunca descansa en lo referente a ellos. Y si a eso le sumas el trabajo, las labores domésticas, la autoexigencia de seguir cien mil rutinas de skinkare, las vidas familiares maravillosas que vemos en redes sociales, o la presión de tener cuerpos y caras que nunca parecen reales, tenemos el combo perfecto para un agotamiento que puede hasta matar el amor.

En segundo lugar, diría con total seguridad que hoy los hombres están más perdidos que nunca. Creo que muchos de nuestros varones se han infantilizado, y parte de esa responsabilidad la tenemos las propias mujeres. Cada vez que digo esto, recibo muchísimos comentarios de odio. Pero es que en muchos casos les hemos dado las cosas en bandeja: el sexo, el amor sin compromiso, la vida en familia sin pedir ninguna responsabilidad...

Después de dar a luz, muchas mujeres se encuentran con un hombre que no es responsable y que vela antes que nada por sus propios intereses. Y mi pregunta es siempre: ¿Y por qué lo iban a hacer, si nunca fue para ti un requisito?

Las madres que se quieren separar siempre me cuentan que «estaban bien hasta que nació el bebe» (como si él tuviera la culpa, el pobre). Y lo que ocurre es que se encuentran que comparten su vida con un hombre que demanda sexo, tiempo de calidad y la misma energía, mientras ellas están rotas de cansancio.

Porque una madre que acaba de dar a luz no está, ni puede estar, al 50/50: está a mil con él bebé. Y es bueno que sea así, porque es así nuestra biología.

Y mientras, ellos siguen con la idea artificial del 50/50. La misma que las propias mujeres habían aceptado por buena y desde la que habían construido la relación.

Con base en mi propia ruptura, y por mi experiencia laboral con niños y familias, puedo decir alto y claro que mucha gente se está separando por «chorradas», que sostenidas en el tiempo rompen todo.

En un escenario así, y lo digo con mucha tristeza, entiendo que haya mujeres que se planten... aunque esa no sea la solución. Porque aunque el divorcio está aceptado, viendo lo que vemos, deberíamos replanteárnoslo con un debate serio.

Con base en mi propia ruptura, por mi experiencia laboral con niños, como creyente, ex agnóstica, y después de haber vivido en tres países culturalmente muy diferentes, en un mundo de formalismos y expresiones políticamente correctas, puedo decir alto y claro que mucha gente se está separando por «chorradas». Motivos que si los analizáramos detenidamente veríamos que no son cosas realmente graves, pero que sostenidas en el tiempo rompen todo, como un gota a gota destructivo.

Aunque cada caso es un mundo, para revertir la situación socialmente, es necesario crear una cultura que hable de la masculinidad como algo positivo, porque las mujeres del siglo XXI hemos perdido la fe en el género masculino. Y también es muy necesario desromantizar el amor y afianzar los valores del compromiso. Esa es la diferencia entre nuestra generación y las anteriores.

Un buen ejemplo, entre tantos, es el matrimonio de mis padres: pasaron por un cáncer y, después, una depresión, con seis hijos muy pequeños y en un país que no era el suyo, sin apoyo familiar, y en un contexto de recesión económica. En casos así, el amor romántico no tiene cabida: lo que quedan son los principios, los valores, y la fidelidad a las promesas hechas entre los esposos y ante Dios. Y asumir el compromiso de encontrar sitio para el amor entre ambos.

Por eso, uno de los consejos que suelo dar a los padres es que se animen a cuidarse, a hacer vida en pareja y a salir en la medida de lo posible. Y es posible hacerlo sin descuidar a los chiquillos. Porque, como bien dice Pep Borrell, «el mejor regalo que se le pueda dar a un hijo es que sus padres se quieran, y se quieran bien».

En lugar de ceder a la idea del divorcio, por el bien de los esposos y de los hijos, nuestra generación tiene que aprender a ser fiel a sus compromisos, a comportarse con madurez, a no hacer caso a la idea del 50/50, a buscar espacio para la pareja cuando se tienen hijos, y a buscar ayuda cuando llegan los problemas.

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