Fundado en 1910
"Niña con globo", rebautizada como "El amor está en la papelera", una de las obras más famosas del artista británico Banksy.

«Niña con globo», rebautizada como «El amor está en la papelera», una de las obras más famosas del británico Banksy.Tolga Akmen / AFP

El «corazón partío» no es un mito: por qué «nos duele» de verdad tras una ruptura amorosa

Tener el «corazón roto» como símbolo del desamor es más que una metáfora: el cerebro procesa la ruptura como «dolor social», y activa circuitos neuronales que pueden sentirse como el dolor físico

Tony Braxton imploraba con voz desgarrada que su amada le «des-rompiera el corazón» en Un-Breack my Hearth; Sergio Vargas, más latino, reconocía que tenía «el alma en pedazos, ya no aguanto esta pena», a ritmo de bachata; Alejandro Sanz dejó para la posteridad que un desamor se vive «con el corazón partío»; y en su álbum Trafalgar, de 1971, los Bee Gees se preguntaban How can you mend a broken heart?, o sea, «¿Cómo puedes recomponer un corazón roto?».

La imagen del «corazón roto», con el pecho atravesado de desamor o recompuesto con tiritas es tan universal que no hay estilo artístico que no la haya abordado; lo mismo la música que la poesía, la pintura, la escultura, el cine y hasta el grafiti, con el británico Bansky como uno de sus exponentes más próximos a nuestros días.

Pero, ¿y si no fuese una metáfora? ¿Y si, en realidad, esa punzada aguda que parece atravesar el pecho y anudarse en el estómago; esos alfileres como dagas de doble filo que cualquiera que haya sufrido el desamor sabe reconocer tan bien, fuesen, de verdad, un «dolor físico»?

Cuando el corazón rompe el cerebro

Pues eso es lo que sostiene un análisis publicado por la Universidad de California en Berkeley, en su publicación Greater Good Magazine, que explica a partir de la neurociencia por qué una ruptura sentimental se percibe como si, literalmente, el corazón se rompiese o al cuerpo se le hubiese arrancado un órgano.

La investigadora Meghan Laslocky, autora de The Little Book of Heartbreak: Love Gone Wrong Through the Ages, explica que los estudios de neuroimagen han mostrado cómo el amor romántico no puede explicarse sólo desde la neurociencia, pero tiene su impacto en el cerebro. En concreto, activa el núcleo cerebral a través de una especie de «inundación» de dopamina, el circuito de la motivación y la recompensa.

Dicho de otra forma: enamorarse no es solo una emoción, sino que es una especie de «estado motivacional», con impacto físico en las conexiones neuronales del cerebro, orientado a conseguir y a mantener a la persona amada.

Por eso, una ruptura no se vive como un simple «se acabó», sino que se parece más al síndrome de abstinencia: el cerebro mantiene la búsqueda, la rumiación, el impulso de llamar, escribir o suplicar.

Laslocky lo explica con una imagen que bien podría haber descrito Elvis Presley en su Heartbreak Hotel: si drogas como la nicotina o la cocaína disparan la dopamina y activan el sistema de recompensa, el amor sigue un patrón comparable, pero inverso. «No es que estés como un adicto: es que, en términos de cableado cerebral, lo eres», dice Laslocky. Un adicto como los que deambulaban por la calle Soledad, la Lonley street, del temazo del rey del rock.

El «dolor social» que es de vida o muerte

En rigor, la ciencia del «corazón roto» se enmarca en lo que los especialistas llaman «dolor social», el que se activa ante la pérdida o amenaza de un «vínculo significativo».

Y, según Laslocky, esa sensación de que la vida se acaba y se nos abre un abismo bajo los pies tiene una razón de ser casi literal, al menos desde una perspectiva evolutiva. Porque para nuestros antepasados de las sociedades ancestrales, quedarse desligado, fuera del grupo, sin vínculos, suponía un peligro para la supervivencia tan real que la separación afectiva podía equivaler a una condena a muerte.

Así, el cerebro humano fue diseñado para «compartir vías» para el dolor físico y el dolor emocional, de modo que ambos funcionan como una alarma en la carretera única del llamado «dolor social».

Es decir, que la sensación de malestar en el pecho o en la boca del estómago no es un capricho poético, sino una señal de que ha ocurrido un evento importante y el organismo nos obliga a atenderlo.

Laslocky describe esa experiencia tal como la viven muchas personas: un dolor que puede ser «sordo», «punzante» o «aplastante», que aparece y se va, o que queda de fondo durante días o semanas como una suerte de «migraña emocional». Y añade que ese dolor existe «para enseñarnos algo»: enfocar nuestra atención y empujarnos a aprender, corregir, evitar y seguir adelante.

Miles de circuitos que reordenar

La autora de El pequeño libro del corazón roto apunta otra contradicción del desamor que puede llegar a ser desesperante: cuando sabes que la relación se terminó, e incluso tal vez abominas de tu ex..., pero sigues sintiendo dolor por la ruptura.

Y recoge la explicación de varios estudios científicos que han estudiado a través de resonancias magnéticas el impacto de una ruptura amorosa. En síntesis, todas esas investigaciones concluyen que cuando el vínculo sentimental ha sido largo o muy intenso, el cerebro tiene «miles de circuitos neuronales» dedicados a esa persona, y cada uno debe «actualizarse» para incorporar su ausencia.

De ahí que, por ejemplo, no sea buena idea alcanzar la intimidad sexual en relaciones no destinadas a perdurar, porque la implicación neuronal es muchísimo mayor y, por tanto, muchísimo más costosa de eliminar.

Además, esa es la razón por la que no basta la conciencia del daño sufrido, ni tampoco un simple acto de voluntad para superar una ruptura: hace falta tiempo para que el cerebro active la corteza orbitofrontal, implicada en aprender de las emociones y controlar la conducta, y de ese modo evitar esa llamada impulsiva o ese mensaje a deshoras.

El amor «anestesia» el dolor

El artículo también recoge un hallazgo curioso: no es cierto que un clavo saque a otro clavo, pero, sin embargo, mirar la imagen de un ser querido (que no sea la ex pareja) puede reducir la experiencia de dolor físico, como ocurre al coger la mano de alguien durante un momento difícil.

Laslocky señala que, de hecho, el amor no romántico (familia, amistad, voluntariado...) actúa como analgésico, porque activa zonas cerebrales estimuladas por sustancias como la morfina.

Laslocky señala que el amor no romántico (familia, amistad, voluntariado...) tras una ruptura actúa como «analgésico» y activa zonas cerebrales como si fuese morfina

Eso sí, también advierte de que para el «mal de amores» no es buena idea buscar un «ibuprofeno» del duelo, o sea, cambiar rápidamente de persona. Y alerta de que, como el dolor físico y social comparten vías, hay investigaciones que apuntan a que incluso el acetaminofén (el paracetamol) reduce la experiencia de «dolor social» de una forma más eficaz que una nueva relación demasiado temprana.

El amor es mucho más que un sentimiento: es una decisión, es un acto de voluntad, es un don y es, también una reacción fisiológica. Y ahora sabemos, gracias a la neurociencia, que también el dolor del desamor tiene su componente cerebral.

Pero como concluye la investigadora, no se trata de «medicalizar» el corazón roto, sino de encararlo tal y como está inscrito en la naturaleza humana: «Sentirse mal, aceptarlo, repasar qué salió mal, para aprender la lección y no volver a cometer el mismo error». Y así, poder mirar al futuro con optimismo y hacerse la pregunta que cantaba Cher: Do you belive in love after love?

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas