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Aníbal J. Bogliaccini, autor de «La educación silenciosa»:

Aníbal J. Bogliaccini, autor de «La educación silenciosa»

«Es difícil pedir paciencia a un niño mientras los adultos vivimos mirando continuamente una pantalla»

Desde que la IA ha puesto las respuestas al alcance de cualquier alumno, el reto para familias y colegios es recuperar una formación humana que lleva décadas descuidada, como alerta el psicopedagogo Aníbal J. Bogliaccini.

«Nuestros hijos probablemente vivirán rodeados de inteligencias artificiales extraordinariamente sofisticadas. Precisamente por eso será todavía más importante que conozcan la experiencia de ser escuchados y reconocidos por otra persona, como ocurre en la familia». Así explica Aníbal J. Bogliaccini, –psicopedagogo, director de Lab International School y autor de La educación silenciosa y del próximo ensayo La consciencia que educa. Educar en la era de la inteligencia artificial– el gran reto educativo al que se enfrentan hoy padres y profesores.

Un desafío para el que buena parte de los adultos no parece estar preparado. Y, sin embargo, Bogliaccini recuerda que «frente a un mundo que compite constantemente por la atención de nuestros hijos, la familia puede ofrecer algo extraordinariamente sencillo y cada vez más escaso: presencia. Comer juntos, conversar sin teléfonos, escuchar sin convertir inmediatamente cada conversación en un consejo, permitir el aburrimiento, hacer cosas juntos, sostener un conflicto sin huir de él».

– Acaba de empezar el nuevo curso y todo el mundo habla de la IA. Pero, si internet ya ponía todas las respuestas al alcance de los alumnos, ¿qué factor disruptivo ha incorporado la Inteligencia Artificial a la educación de nuestros niños y adolescentes para tenernos a todos tan preocupados?

–Internet puso la información al alcance de todos, pero la inteligencia artificial ha dado un paso mucho más profundo: ya no solo encuentra información, sino que puede organizarla, interpretarla, relacionarla y producir una respuesta aparentemente razonada. Hasta ahora, la escuela podía seguir pensando que su tarea consistía, en buena medida, en enseñar a hacer cosas que requerían inteligencia humana: resumir, argumentar, comparar, redactar, resolver determinados problemas. Hoy una máquina puede hacer muchas de esas cosas en segundos.

Por eso creo que la IA no plantea fundamentalmente un problema tecnológico, sino una pregunta educativa mucho más incómoda: si una máquina puede producir una parte creciente de aquello que tradicionalmente hemos llamado trabajo intelectual, ¿Qué queremos educar en un ser humano? Ahí empieza, para mí, la verdadera conversación.

–Entonces, ¿qué debe enseñar hoy la escuela que no pueda darnos una máquina, por muy avanzada en su capacidad generativa que sea?

–Precisamente aquello que no consiste simplemente en producir una respuesta. Una máquina puede generar un texto brillante, pero no tiene una vida que vivir detrás de ese texto. No tiene infancia, miedo, deseo, vínculos, responsabilidad ni experiencia de estar en el mundo.

La escuela debería recuperar ese territorio: enseñar a distinguir, a prestar atención, a convivir con la incertidumbre, a escuchar, a comprender al otro, a construir criterio y a descubrir qué merece la pena hacer con lo que sabemos. La cuestión ya no es solamente cuánto sabe un alumno, sino qué clase de conciencia está construyendo con aquello que sabe.

No creo que la respuesta a la inteligencia artificial sea enseñar menos conocimiento. Al contrario: necesitamos conocimiento para pensar.

No creo que la respuesta a la inteligencia artificial sea enseñar menos conocimiento. Al contrario: necesitamos conocimiento para pensar. Lo que ha cambiado es que ya no podemos confundir conocimiento con educación.

–Usted afirma que el gran reto educativo ha dejado de ser transmitir contenidos para pasar a formar criterio, carácter y capacidad de hacerse buenas preguntas. Pero esto, ¿cómo se logra?

–No se logra añadiendo una asignatura llamada «pensamiento crítico». Se construye a través de la manera en que organizamos toda la experiencia educativa. Un alumno desarrolla criterio cuando tiene que defender una idea y después escuchar seriamente la contraria; cuando un profesor no le entrega inmediatamente la respuesta; cuando aprende a permanecer un tiempo dentro de una pregunta; cuando descubre que cambiar de opinión no es perder, sino pensar. El carácter se forma también cuando existen responsabilidad, frustración, compromiso con otros y consecuencias reales.

Tenemos una escuela extraordinariamente preocupada por qué respuesta da el alumno. Quizá deberíamos empezar a prestar mucha más atención a qué preguntas es capaz de formular. En un mundo en el que las respuestas serán cada vez más baratas, las buenas preguntas adquieren un valor enorme.

–Pero, ¿acaso no era ya ese el objetivo de la escuela, o es que se ha descuidado en las últimas décadas?

–En teoría, sí. La educación siempre ha hablado de formar personas autónomas, críticas y responsables. El problema es que muchas veces nuestra práctica ha dicho otra cosa.

Hemos construido sistemas enormemente condicionados por programas, exámenes, estándares, calificaciones y resultados cuantificables. Terminamos enseñando aquello que podemos medir con facilidad, aunque sepamos que algunas de las dimensiones más importantes de una educación son precisamente las más difíciles de medir.

La inteligencia artificial no ha creado esa contradicción. La ha dejado al descubierto. Nos obliga a preguntarnos si muchas de las tareas que considerábamos educativas eran realmente aprendizaje o simplemente producción académica.

–¿Qué riesgos corren los niños y adolescentes si se acostumbran a usar la IA para resolver tareas, pero no para «pensar mejor»?

–El mayor riesgo no es que hagan trampas. Ese me parece casi el problema menos interesante. El riesgo verdadero es que empiecen a externalizar procesos que necesitan atravesar para desarrollarse. Pensar cuesta. Escribir cuesta. No saber algo durante un tiempo cuesta. Encontrar las palabras para expresar una intuición cuesta. Precisamente en esa dificultad ocurre una parte fundamental del aprendizaje. Si cada vez que aparece esa fricción interviene una máquina y la elimina, podemos producir trabajos mejores mientras desarrollamos pensadores más débiles. Por eso no creo que haya que expulsar la IA de la escuela. Hay que enseñar a utilizarla de otra manera: no como una máquina que piensa en mi lugar, sino como una herramienta que me obliga a pensar mejor.

–Usted habla de una «crisis de sentido» en la escuela. ¿Qué necesitan hoy los adolescentes que el sistema educativo no está sabiendo ofrecerles?

–Necesitan sentir que su educación tiene alguna relación con la pregunta que, de una forma u otra, todo adolescente empieza a hacerse: ¿Quién soy y qué voy a hacer con mi vida? Les hablamos muchísimo del futuro y sorprendentemente poco del sentido. Les hablamos de notas, universidades, empleabilidad, competencias y carreras profesionales, mientras atraviesan una etapa de enorme transformación emocional, corporal e identitaria. Un adolescente no necesita solamente preparación para el mundo que viene. Necesita adultos presentes, relaciones significativas, espacios de silencio, conversación, pertenencia y experiencias reales en las que descubrirse a sí mismo frente a otros. La educación debería ayudarle no solamente a construir un currículum, sino a construir una relación consciente con su propia vida.

–¿Qué papel deben tener los padres en esta nueva educación marcada por la IA, las pantallas, la soledad adolescente y la incertidumbre sobre el futuro?

–Creo que el papel fundamental de los padres es mucho menos tecnológico de lo que pensamos. No necesitan convertirse en expertos en inteligencia artificial. Necesitan seguir siendo adultos disponibles.

El papel fundamental de los padres es mucho menos tecnológico de lo que pensamos. No necesitan convertirse en expertos en inteligencia artificial. Necesitan seguir siendo adultos disponibles.

Frente a un mundo que compite constantemente por la atención de nuestros hijos, la familia puede ofrecer algo extraordinariamente sencillo y cada vez más escaso: presencia. Comer juntos, conversar sin teléfonos, escuchar sin convertir inmediatamente cada conversación en un consejo, permitir el aburrimiento, hacer cosas juntos, sostener un conflicto sin huir de él.

Nuestros hijos probablemente vivirán rodeados de inteligencias artificiales extraordinariamente sofisticadas. Precisamente por eso será todavía más importante que conozcan la experiencia de ser escuchados y reconocidos por otra persona.

–¿Cómo pueden los padres educar la paciencia, el esfuerzo, la lectura lenta de la vida y la capacidad de afrontar las dificultades sin venirse abajo?

–Creo que aquí los adultos tenemos que empezar por nosotros mismos. Resulta difícil pedir paciencia a un niño mientras vivimos mirando continuamente una pantalla, contestando inmediatamente cada mensaje y evitando cualquier momento de espera.

La paciencia no se enseña explicándola. Se experimenta. Se aprende leyendo un libro que no entrega todo en la primera página, manteniendo una conversación difícil, practicando algo durante meses, esperando, equivocándose y volviendo a intentarlo. Quizá una de las responsabilidades educativas más importantes de una familia hoy sea no eliminar todas las dificultades de la vida de un niño. Acompañarlo no significa evitarle toda frustración. Significa que pueda atravesarla sabiendo que no está solo.

–Entonces, ¿Qué papel debe jugar la familia como lugar natural para encontrar ese sentido a la vida, esa vida cada vez más mediada por pantallas?

No idealizaría a la familia ni diría que tiene que proporcionar a un adolescente «el sentido de la vida». Creo que puede hacer algo más humilde y quizá más importante: ofrecerle un lugar donde su existencia no dependa de su rendimiento. Gran parte del mundo contemporáneo mide a los jóvenes constantemente: notas, seguidores, apariencia, rendimiento, admisiones, logros.... La familia debería poder ser uno de los pocos espacios donde un niño experimente que pertenece antes de demostrar nada.

Una inteligencia artificial puede aprender nuestros gustos, recordar nuestras conversaciones e incluso producir la sensación de que nos comprende. Pero hay una diferencia esencial entre una simulación extraordinariamente convincente de comprensión y una vida humana que comparte realmente nuestra vulnerabilidad. El sentido nace también de ese encuentro entre vidas.

–Por último: ¿Qué es lo que yo no le he preguntado y cree necesario decir en este tema?

–Quizá preguntaría algo anterior a todas las demás preguntas: ¿qué estamos intentando preservar cuando hablamos de educación? Estamos discutiendo mucho sobre cómo impedir que los alumnos utilicen ChatGPT, cómo cambiar los exámenes o qué profesiones desaparecerán. Son cuestiones importantes, pero corremos el riesgo de quedarnos en la superficie.

La inteligencia artificial nos está obligando a enfrentarnos a una pregunta que la educación podía permitirse aplazar: qué significa educar a un ser humano cuando la inteligencia deja de ser exclusivamente humana. Mi respuesta es que tendremos que ocuparnos mucho más seriamente de aquello que una máquina puede imitar, pero no vivir: la conciencia, la relación, la responsabilidad, la experiencia y la búsqueda de sentido. Quizá la gran paradoja de la inteligencia artificial sea precisamente esa: cuanto más inteligentes sean nuestras máquinas, más profundamente tendremos que preguntarnos qué significa ser humanos.