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Nunca estarás solaMaría Torrego*

Cuando un niño no recibe afecto en su casa, sus profesores son su «segunda oportunidad» para sentirse querido

«Uno aprende a amar, en buena medida, según ha sido amado», explica María Torrego, madre de familia numerosa y profesora. Por eso, cuando un niño arrastra carencias afectivas en su hogar, el papel de los profesores es esencial para su desarrollo emocional.

Un niño mirando por la ventana

Un niño mirando por la ventanaPexels

Vuelta al cole, superada. Septiembre devuelve el orden a las casas, aunque durante unos días parezca justamente lo contrario. En medio de toda la organización familiar, de la intensidad y de los buenos propósitos de principio de curso, hay alguien que también empieza y de quien me gustaría acordarme especialmente: los profesores.

Los padres somos los primeros educadores de nuestros hijos y sus primeros referentes afectivos. Un niño empieza a descubrir quién es a través de la mirada de quienes le quieren y le cuidan. Cuando llora y alguien acude. Cuando tiene miedo y encuentra unos brazos. Cuando se cae y alguien le levanta o le anima a levantarse. Cuando se equivoca y descubre que sigue siendo querido. Cuando necesita algo y aprende que sus necesidades importan. En todos esos pequeños acontecimientos cotidianos se va construyendo algo enorme.

Las necesidades biológicas y afectivas están mucho más relacionadas de lo que a veces pensamos. De la manera en que respondemos a ellas nace el apego y, poco a poco, una determinada forma de estar en el mundo.

Uno aprende a amar, en buena medida, según ha sido amado. Aprende a confiar si pudo confiar. A pedir ayuda si alguna vez encontró respuesta. A cuidar si fue cuidado. A perdonar si fue perdonado. A reconocer su propio valor si hubo alguien que se lo hizo saber.

Pero no todos los niños han tenido las mismas oportunidades. Y, quizá sea aquí donde comienza una de las partes más bonitas –y también más exigentes– de la profesión de profesor. Un profesor no sustituye a un padre ni a una madre. Ni debe hacerlo. Pero sí puede convertirse, en la vida de determinados niños, en algo extraordinariamente importante: una segunda oportunidad.

Un profesor no sustituye a un padre ni a una madre. Ni debe hacerlo. Pero sí puede convertirse, en la vida de determinados niños, en algo extraordinariamente importante: una segunda oportunidad.

La oportunidad de enseñar a confiar. No hacen falta grandes discursos ni gestos extraordinarios. A veces será simplemente esperar un poco más. No etiquetar. Corregir sin ridiculizar. Descubrir una capacidad que nadie había visto. Exigir porque se confía. Escuchar una respuesta que quizá esconde mucho más que una mala contestación. Sabiendo que habrá alumnos que pongan muy difícil dejarse querer. Precisamente porque quizá han aprendido que querer no es seguro.

Un profesor puede enseñar que equivocarse no significa ser un fracaso. Que la autoridad no tiene por qué humillar. Que un límite también puede ser una forma de cuidado. Que el esfuerzo merece la pena. Que nuestros actos tienen consecuencias. Que se puede pedir perdón. Que después de hacerlo mal siempre existe la posibilidad de volver a empezar.

No podremos solucionar todas las circunstancias de nuestros alumnos. Pero sí podemos ser ese adulto que introduzca una experiencia nueva en su historia. Alguien que, con afecto, límites, paciencia, exigencia y coherencia, le permita descubrir que existe otra manera de relacionarse con los demás. Y quizá, gracias a ello, otra manera de relacionarse consigo mismo.

Todos recordamos algún profesor así. Curiosamente, puede que hayamos olvidado muchas de las cosas que nos enseñó. Quizá no recordemos aquella fórmula, aquella fecha o aquel análisis. Pero sí recordamos perfectamente cómo nos hizo crecer. Y ahí está una de las partes más valiosas y profundas de nuestra profesión.

Quizá, sentado en la tercera fila de alguna de nuestras clases, haya un niño que todavía no lo sabe y que nos necesita para descubrir que la vida también puede vivirse a color.

Pocas misiones educativas pueden ser más importantes que esa. Y en ese aspecto, los profesores somos muy afortunados.

* María Torrego es madre de 4 hijos, profesora en colegio y universidad, y Presidenta de la Fundación RedMadre.

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