22 de mayo de 2022

Napoleón Bonaparte en su caballo

Escultura ecuestre de Napoleón Bonaparte GTRES

Picotazos de historia

Napoleón y la caza: se le daba mejor acabar con reyes que con conejos

Un príncipe alemán llegó a decirle al Emperador que era un tirador muy pobre

Era mediados del mes de julio del año 1807 y el Gran Corso estaba exultante. Tras la victoria de Friedland se había firmado la paz con el Zar Alejandro I y con Federico Guillermo III de Prusia. Es por ello que Napoleón quiso mostrar su agrado y contento a todos, ahora que ya estaba de vuelta en Fontainebleau. Alexandre Berthier, recién creado príncipe de Neuchatel, era un maestro de la intendencia y organización. Todos los grandes planes y estrategias que ideaba la mente de Napoleón tenían detrás los infatigables desvelos de este genio de la logística. Berthier hacía que fueran posibles los audaces planes de su amo. 
Napoleón quería una jornada de caza para disfrutar, pero era un tirador muy pobre. ¡Si hasta un príncipe alemán tuvo la impertinencia de decirle que se le daba mejor acabar con reyes que con venados! Berthier decidió que lo mejor sería una tirada de conejos. Las posibilidades de que el emperador acertase eran mayores.
En el día elegido, los participantes se reunieron en el área designada. En el centro, el propio Emperador. El ambiente era alegre y festivo. Se habían instalado mesas con aperitivos y ya alguno se había pasado con las libaciones. Berthier, como organizador de todo, dio orden de que se abriesen las jaulas y se permitiera salir a las bestezuelas. Las jaulas estaban frente al semicírculo de cazadores y de ellas salieron centenares de lepóridos. Las cifras bailan entre 1.500 y 3.000, pero los cochinos bichos, en vez de buscar la huida cada uno por su cuenta, que era lo que se esperaba de ellos, cargaron en dos grupos compactos contra el centro del semicírculo: el lugar que ocupaba el propio Napoleón.
Los conejos arrasaron con el puesto del Emperador. Napoleón tuvo que buscar refugio dentro de su coche y ordenar al cochero que le sacara de ahí.
Resulta que el príncipe de Neuchatel había adquirido todos esos animalejos a los vecinos de la zona. Eran animales domesticados y, por lo tanto, acostumbrados al ser humano que les alimentaba. Al salir de las jaulas habían interpretado que, el lugar frente a ellos donde había más gente, era donde les iban a dar la comida. Y hacia allá partieron todos.
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