15 de agosto de 2022

Avión de transporte CASA C-212 de Academi, antes conocida como Blackwater lanzando suministros en Afganistán

Avión de transporte CASA C-212 de Academi, antes conocida como Blackwater, lanzando suministros en AfganistánWikimedia Commons

De mercenarios independientes a ejércitos privados

Las necesidades de las guerras modernas generaron una demanda de mano de obra armada privada. Los mercenarios independientes de ayer son sustituidos por soldados corporativos contratados y ofrecidos por empresas de servicios armados

Desaparece el mercenario, aventurero solitario que se embarcaba hacia una guerra. Ahora son asalariados de compañías que los alquilan como soldados privados, empleados de empresas de trabajo temporal, que aparecen en 1990 y se inscriben como «de seguridad». Algunas no tienen existencia legal hasta el año 2003. Las hay dedicadas con anterioridad a tareas de obras e ingeniería, que abren un departamento de seguridad tanto para usarlo en sus instalaciones como para vender fuerza especializada. Solían actuar directamente en sitios como Iraq, Colombia y Afganistán. 
Cuando Reagan llegó a la Casa Blanca, dos tercios de los contratos puestos por el Estado en manos de empresas civiles eran por compra de equipo y un tercio, por servicios. A su salida, en 1988, la proporción era 56 % por adquisición a 44 % por servicios. Bajo el Gobierno del veterano Bush se llegó a la paridad. En 1998, con el presidente Clinton, el porcentaje destinado a la compra de servicios ascendía al 58 %, superando a las compras de equipo.

Muchas misiones que antes recaían en las fuerzas regulares, se distribuyeron entre más de 400 compañías militares privadas que operaban en Iraq

Estados Unidos carecía de hombres suficientes para cubrir toda la seguridad necesaria en Iraq y en Afganistán. Las externalizaciones están a la orden del día en el mundo empresarial norteamericano del que proceden los dirigentes políticos. En construcción, transporte y manutención las Fuerzas Armadas de EE.UU. han delegado todas las tareas en empresas privadas. Posteriormente, se extendieron a otras áreas como la seguridad de instalaciones militares, el abastecimiento, desminado, entrenamiento de tropas locales, e incluso tareas de recolección de inteligencia. En ese sentido, un contratado por la Titan Corporation aparece en las denuncias de tortura en la prisión de Abu Ghraib.
Muchas misiones que antes recaían en las fuerzas regulares, se distribuyeron entre más de 400 compañías militares privadas que operaban en Iraq. Así, por ejemplo, la DynCorp, de Estados Unidos, obtuvo en 2003 un contrato por 50 millones de dólares destinado a reconstruir la policía iraquí. Esa empresa había sido acusada en Yugoslavia donde miembros de su personal armado incurrieron en robo y rapiña. La empresa Vinell, también ese año, fue contratada por el Pentágono con 48 millones de dólares para formar la primera división del nuevo Ejército iraquí. Su tarea era instruir a 12.000 soldados de infantería ligera en un año. En las primeras confrontaciones a nivel de escaramuzas desertó más de la mitad de los efectivos.
Aún así la coalición anglosajona firmó contratos por cuatro millardos de dólares con empresas de seguridad privada. Las más famosas son DynCorp, que entrenó paramilitares en Colombia, Military Professional Ressources Incorporated y Blackwater.
Soldados mercenarios

Soldados mercenariosONU

Estos soldados corporativos son, sobre todo, británicos y estadounidenses, pero también sudafricanos, australianos, nepalíes, chilenos, españoles... Las compañías armadas privadas que trabajaban en Iraq tenían el triple de empleados que los militares británicos allí destinados. Por cada 10 soldados extranjeros que sirvieron en Iraq, al menos uno era un mercenario. Trabajaron para los gobiernos iraquí y estadounidense y para embajadas y empresas de otros países. La agencia UPI cifró los soldados corporativos en Iraq en 40.000, de los que la cuarta parte serían norteamericanos según The Washington Post. El contingente internacional más numeroso de la coalición en Iraq, después de los estadounidenses, fue también el segundo en bajas.

La élite

El periodista Ted Rall describía a los mercenarios anglosajones: «Les puedes ver en sus vehículos de cristales tintados, tomando el té con los señores de la guerra. Hombres de hierro cubiertos de armas, entre los 30 y los 40, con el pelo rapado y acento del Sur y del Medio Oeste norteamericano. Si les preguntas, serán insolentes». El artículo se tituló ¿No lo has oído? ¡Afganistán está abierto al turismo!
«Conducen coches Toyota Land Cruisers y en Kabul se les ve bebiendo en el Hotel Mustafá. Si eres rubio u occidental, llevas gafas de sol y una pistola colgando a la cintura y conduces un coche sin matrícula, nadie te preguntará quién eres, –los describía el empresario afgano Qais Asimy– la gente asume que eres de la CIA o de las fuerzas especiales o alguien peligroso y se mantendrá lejos».
Afganistán vio resurgir la violencia. Las bajas norteamericanas crecieron y aumentaron los ataques contra cooperantes y trabajadores extranjeros. Los talibán extendieron sus ataques y aumentó la necesidad de seguridad: reclutaron más soldados corporativos.
Estados Unidos es el país que mantuvo más fuerzas militares y paramilitares en Iraq. Entre esos mercenarios estaba Michael Teague, 38 años, con 12 de servicio en el ejército estadounidense combatiendo en Granada, Panamá y Afganistán. Scott Helvenston, también de 38 años, fue el más joven en superar el entrenamiento de los comandos SEAL de la US Navy, donde sirvió 12 años. Fue campeón del mundo de pentatlón dos veces y entrenador de Demi Moore para la película La teniente O Neil y de John Travolta y Nicolas Cage para los combates de la película Cara a cara. Teague y Helvenston aceptaron la oferta de Blackwater para luchar dos meses en Iraq. Mil dólares diarios era el sueldo y era poco. Su vehículo, en el que viajaban con otros compañeros, cayó en una emboscada. Fueron asesinados y sus cadáveres vejados ante las cámaras. Una turba enloquecida los descuartizó, quemó y colgó de un puente en Faluya.

Fuera de la ley 

Los contratados por las empresas militares privadas carecen de la cobertura de las fuerzas armadas y también de su disciplina y acatamiento de códigos. Están literalmente fuera de la ley. Su perfil medio presenta a un hombre blanco de treinta y tantos años, con un mínimo de 10 de servicio en fuerzas armadas activas o especiales, con experiencia en operaciones antiguerrilla o antiterroristas. 
Claude Voillat, entonces subjefe de Operaciones de la Cruz Roja en Oriente Próximo, se preocupaba por «la falta de reglamentación. ¿Quién es responsable de todos esos mercenarios? ¿Las empresas y los gobiernos que los contratan o las naciones donde están ubicadas esas empresas? Una segunda duda. ¿La Convención de Ginebra que rige a las fuerzas en guerra protegería a las fuerzas privadas si son capturadas?».
El 4 de diciembre de 1989 las Naciones Unidas aprobaron una convención internacional contra la utilización de mercenarios. Solo fue ratificada por 22 países con ausencias clamorosas como Francia cuyo gobierno demoró hasta abril de 2003 aprobar una ley al respecto. Aún no existe una normativa internacional aceptada que controle esa industria. Eso preocupa porque las empresas privadas pueden hacer cosas que serían inaceptables para las fuerzas armadas regulares. 
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