Alejandro Rodríguez de la Peña
Entrevista a Alejandro Rodríguez de la Peña, catedrático
«La plena Edad Media no tiene nada que envidiar a la Atenas de Pericles o la Florencia de los Medici»
Hablamos con el catedrático sobre su libro 'Sabiduría medieval', un compendio de aforismos y frases de grandes medievalistas como Le Goff, poetas como Boecio y literatos como C.S. Lewis o Tolkien
Lo maravilloso en la Edad Media tiene que ver con la capacidad de asombro, «que en el medievo llamaban lo 'mirabilis', aquello que te admira y te asombra», comenta Alejandro Rodríguez de la Peña, catedrático de Historia Medieval de la Universidad CEU San Pablo y autor, entre otros títulos, de Sabiduría medieval, un compendio de aforismos y frases sobre la Edad Media. En la obra recopila citas de grandes medievalistas como Le Goff, poetas como Boecio y literatos como C. S. Lewis o Tolkien, que escribieron sobre espiritualidad, ética, política, violencia, economía y la educación en la Edad Media.
Temas sobre los que conversamos con el catedrático, para conocer en profundidad este periodo imperfecto, poniendo el foco en aspectos reales que «reflejan una belleza, una grandeza y una sabiduría, y no aquellos aspectos negativos que están ya, de sobra, representados en la prensa», advierte.
Una visión oscura ya presente en el propio término, acuñado «por los enemigos de la civilización medieval, que son los autores del Renacimiento italiano», apunta el profesor. Para Alejandro Rodríguez de la Peña, el término es un cajón de sastre que abarca mil años que tienen muy poco que ver entre sí: «La plena Edad Media es una época que no tiene nada que envidiar a la Atenas de Pericles, a la Roma de Augusto o a la Florencia de los Medici, en ningún aspecto que se analice. Y, en cambio, los siglos oscuros altomedievales son una época peor desde un punto de vista cultural y social que, por ejemplo, la Roma clásica», explica el medievalista.
Tolkien lo sabía bien. Como comenta el profesor, todo su universo literario está inspirado en la Edad Media y «sabía ponerse en el lugar de una persona medieval». No porque fuese un grandísimo novelista de fantasía —que también—, sino porque era catedrático de Lengua y Literatura en la Universidad de Oxford y el gran experto en literatura legendaria nórdica y anglosajona. Al mismo tiempo que escribió El Señor de los Anillos, estudió a nivel académico el mundo de las hadas, porque el hombre medieval «tenía una capacidad para creer en lo sobrenatural, los ángeles, pero también en las hadas, mostrando una apertura hacia lo sagrado y lo maravilloso de la naturaleza. Todo marcado por la capacidad para el asombro, que con el racionalismo hemos perdido», argumenta el catedrático.
Por eso, Tolkien afirmó que «los evangelios contienen un cuento de hadas o una historia de un tipo más amplio que abarca toda la esencia de los cuentos de hadas…», que permiten entender este periodo histórico en el que «la luz triunfa sobre la oscuridad, el milagro es lo sobrenatural que aparece en medio de lo material y es lo real en una forma más rotunda que lo material», como características propias de los cuentos de hadas, según recuerda Alejandro.
La Edad Media explicada por comunistas y poetas
Por supuesto, no se puede hablar de Edad Media sin hablar de Iglesia, que no es lo mismo que espiritualidad. Una cosa es la oración y otra, los hombres que configuraron la Iglesia: Papas, clérigos, monjes, y cómo pensaron ellos la Iglesia. Esa visión del papado como un centro de poder terrenal y opresor dista bastante de la realidad histórica, en la que «el papado no tuvo poder coactivo hasta la Reforma Gregoriana. Durante los primeros seis y siete siglos de cristiandad, el papado fue una institución con muy poco poder, pero mucha autoridad moral y espiritual», explica Rodríguez de la Peña.
Por ejemplo, la Inquisición se asocia al mundo medieval, pero data del siglo XIII, en una Edad Media de auge, aunque ya a punto de terminar. Pasa lo mismo con la persecución de la brujería, que en realidad «no empieza hasta el final de la Edad Media, y realmente la época de caza de brujas a gran escala es la moderna, siglo XVI y XVII», comenta. El poder en el Occidente medieval lo compartió la Iglesia con el Imperio, expresado en el libro con citas tan potentes como la de Nicolás Gómez Dávila, cuando dice que «el cadáver del imperio duerme en las criptas de la Iglesia».
Un aforismo que «me gusta tanto que es con el que abro mi novela [1077, el invierno del rey mendigo], porque define mil años de historia del Imperio en una frase», apunta el autor. «El Imperio medieval es una creación del papado, con la coronación imperial de Carlomagno en el año 800, y el papado acabó con el Imperio. A eso se refiere la frase. Es un cadáver desde el momento en que el papado decidió que el Imperio era más un problema que una solución», destaca el medievalista.
Coronación imperial de Carlomagno, por Friedrich Kaulbach, 1861
Parte de esa violencia se canalizó a través de las cruzadas que, por un lado, «representan una epopeya llena de heroísmo y belleza estética. Crearon una cultura en Tierra Santa y plantaron cara en un momento en el cual Europa Occidental, que había estado acogotada, aislada y asediada por la prepotencia del islam», pero, por otro lado, las cruzadas tienen un aspecto de «violencia en nombre de Dios que me incomoda profundamente, que evidentemente responde a otra violencia en nombre de Dios previa del islam, pero no deja por ello de ser algo negativo», advierte Rodríguez de la Peña.
Una violencia que convivió con la caridad cristiana, que se descubre como una actitud cotidiana, porque «durante la Alta Edad Media ningún grande cerraba sus graneros a los miserables y esta generosidad daba lugar a una redistribución de los bienes…», como afirma en esta frase el medievalista francés Georges Duby. «Un autor que, sin tener ningún tipo de simpatía personal por la cristiandad, ha identificado muchos aspectos positivos de la cristiandad medieval, como la sensibilidad hacia los pobres y cómo los ricos tenían enormes problemas de conciencia con su riqueza debido a la atmósfera cristiana hostil. Un señor que no practica la largueza, es decir, la generosidad, es un mal señor», explica Rodríguez de la Peña.
Un tema muy ligado a cómo era la economía y la sociedad en época medieval, de la que han escrito autores como Menéndez Pidal, Christopher Dawson o C. S. Lewis, un genio de la literatura y «apologeta del cristianismo», que aparece citado en el libro junto a historiadores como Pidal, porque Lewis fue catedrático de Literatura Medieval en la Universidad de Oxford. Además de estos tres autores, en la parte de economía también hay frases recogidas de historiadores economicistas, e incluso hay una cita de un marxista. Una mezcla de autores de diversas ideologías, profesiones y saberes que permiten entender la Edad Media.
Maestros y universidad: el saber medieval
Al profundizar en el tema es sencillo descubrir que las universidades son una invención de este periodo. En mil años aparecieron multitud de centros, cada cual con sus propias características, pero, en esencia, «la universidad medieval se apoyaba en la figura del maestro, que hoy día está muy devaluada y que ha perdido muchísimo protagonismo», afirma el catedrático. Si en la actualidad los alumnos deben matricularse, pagar una cuota y estar vinculados a una institución, «en la universidad medieval esas intermediaciones no existían, solo había maestros. No había burocracia universitaria, ni siquiera edificios al principio», destaca el medievalista.
En esas clases magistrales se aprendían letras, ciencias y multitud de saberes que construyeron una sapiencia medieval que, para el profesor, está vinculada al mundo clásico, ya que «no se puede comprender la filosofía medieval sin la filosofía griega», dice Étienne Gilson; mientras Pedro de Blois grita en su Epistolae: «¡Que ladren los perros y que gruñan los cerdos, no por eso dejaré de emular siempre a los antiguos y dedicar todos mis cuidados a los clásicos de la Antigüedad…!» Dos citas incluidas en el libro que escenifican ese legado de la cultura clásica, por la cual «todo pensador medieval piensa a la sombra de los clásicos grecolatinos. La propia patrística cristiana es esencialmente filosofía griega aplicada al Evangelio», explica el autor.
Los saberes clásicos forman parte de esa sabiduría medieval, pero además están obsesionados con Roma, un poco menos con Grecia. «Esta idea de que el Renacimiento italiano redescubrió Roma es una falacia de tamaño gigantesco. No hay autor medieval que no esté constantemente citando a los clásicos, pensando a la luz de los clásicos. Y esta cita de Gilson refleja eso», afirma Alejandro Rodríguez de la Peña.
Con todos esos saberes, más los que llegaron de Oriente, y los propios descubrimientos, se edificó un nuevo mundo cultural y científico fértil, que poco tiene que ver con la imagen oscura de la Edad Media.