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Alejandro Rodríguez de la Peña en la sede de El Debate

Alejandro Rodríguez de la Peña en la sede de El DebatePaula Argüelles

Entrevista a Alejandro Rodríguez de la Peña, catedrático de Historia Medieval

«La Edad Media tiene una leyenda negra que nace más de la propaganda que del rigor histórico»

El catedrático vuelve a las librerías con un ensayo dedicado al poder cultural de la monarquía medieval: «El pueblo tiene que creer en el rey, tiene que creer en la legitimidad del monarca, y, por tanto, las políticas de reputación son fundamentales»

En la Edad Media, cuando el poder del rey era mucho más limitado de lo que pensamos, la cultura se convirtió en su escenario más efectivo. A través de libros, rituales, arquitectura y relatos sagrados, los monarcas elaboraron una imagen de sabiduría y santidad que sostenían su legitimidad en una sociedad profundamente cristiana. Conversamos con el catedrático en Historia Medieval, Alejandro Rodríguez de la Peña, quien vuelve a las librerías con un ensayo titulado El poder cultural de la monarquía medieval (Rialp).

–¿Cómo definiría qué es el «poder cultural» en la monarquía medieval?

–La expresión la he acuñado pensando en los tipos de poder que tienen los monarcas a su disposición. Normalmente, se habla siempre del poder militar, del poder económico, del poder simbólico; en fin, distintas formas de poder. Y es rarísimo que se haya abordado el poder cultural en el sentido del mecenazgo artístico, cultural y científico de los monarcas medievales, que es algo que creo que hacía falta llamar la atención, porque jugó un papel importante en la consolidación de la monarquía.

–¿Por qué este poder cultural era tan importante en una época en la que el rey tenía un control político limitado?

–Sí, es correcto: el poder es limitado. Los reyes del mundo medieval tienen mucho menos poder del que se imagina la gente no académica. Y, si por ejemplo contrastamos el poder de un rey de la Edad Moderna o de un emperador romano con el poder de un rey medieval, realmente lo que llamaríamos el Estado —entre comillas— ha disminuido muchísimo en tamaño y en todo lo que es su dimensión. Por tanto, utilizar la cultura como forma de legitimación, como forma de ganar carisma, autoridad, prestigio, era fundamental.

Pero hay un segundo aspecto sobre el que también llamo la atención en el libro: en una sociedad generalmente analfabeta, donde casi todos los personajes que producen cultura y que saben leer y escribir son clérigos, para los monarcas es fundamental utilizar ese poder cultural del clero en sus cancillerías, en su tesorería, en su corte, porque es una manera no solo de hacer políticas de reputación, propaganda, sino también de tener eficaces funcionarios, burócratas, que, si no, no tendría. Porque, entre el laicado, entre el mundo ajeno al monasterio o al claustro, en buena parte de la Edad Media escasean los notarios, los juristas laicos; empiezan a aparecer a partir del siglo XII-XIII, pero durante 500 o 600 años apenas hay. Luego, ese poder cultural no solo está ligado a la reputación: también está ligado a lo que es el poder administrativo.

Portada del libro 'El poder cultural de la monarquía medieval'

Portada del libro 'El poder cultural de la monarquía medieval'

–¿Hasta qué punto la autoridad del rey dependía más de crear símbolos e historias que de su fuerza militar?

–Dependía muchísimo. Evidentemente, el rey, ante todo, es un guerrero, pero también, en la Edad Media, es una figura sagrada, con una aureola de sacralidad, pues es un rey ungido, y la eclesiología de la monarquía, la teología política de la monarquía, es clave, porque al final el pueblo tiene que creer en el rey, tiene que creer en la legitimidad del monarca, y, por tanto, las políticas de reputación —que a veces consisten en presentarlo como un rey sabio, otras, como un rey santo— son fundamentales.

Evidentemente, esto no quita que, al final, lo más importante sea la victoria militar, lo que se llama realeza triunfal; pero, si hubiera que elegir un segundo factor después de la realeza triunfal —es decir, la victoria en el campo de batalla—, el segundo factor de legitimación en la Edad Media, sin duda, es la santidad/sabiduría: esos dos aspectos que van tan ligados muchas veces en el pensamiento cristiano medieval.

–¿Qué herramientas funcionaban mejor para reforzar la imagen del rey?

–El ritual, sin duda, es lo más esencial: la ceremonia, el ritual, porque es la forma de poner en escena, de representar ese poder. Pero, en un segundo nivel de importancia, estarían los libros, que, en una sociedad que es mayoritariamente analfabeta, tienen un prestigio mayor que hoy día. Eso está muy estudiado por los antropólogos: paradójicamente, cuanto menor nivel de alfabetización hay en una sociedad, mayor prestigio simbólico tiene el libro.

Luego, los libros, la producción de libros, es fundamental, con todo su aparato, sus imágenes de poder; el arte también, la arquitectura, la construcción de edificios, la construcción de todo lo que son símbolos de poder monumental. Y luego está todo el tema de donación a monasterios, construcción de edificios religiosos, que también contribuyen a esa imagen, a esa reputación del soberano, lo cual está muy ligado, de nuevo, a un mecenazgo cultural. Porque, claro, es inseparable el mecenazgo arquitectónico, el mecenazgo artístico o el mecenazgo librario, libresco, de este poder simbólico propagandístico. Es decir, no se puede hacer propaganda bien hecha, políticas de reputación, sin una política cultural: van de la mano.

–¿Qué papel jugaron la religión y las ceremonias sagradas en la construcción de la figura del rey?

–Es esencial, porque su principal fuente de legitimidad es esa: el rey es rey por la gracia de Dios, el rey es rey porque se percibe que es un otro Cristo. De hecho, al ser ungido —Cristo significa en griego «el ungido»—, se juega mucho con esta ambivalencia en el sentido de alter Christus, el otro ungido, el otro Cristo. De modo y manera que el rey es una figura sagrada. No es un rey divino, o no es un monarca sagrado en el mismo sentido que un emperador romano, donde encontramos, en la Antigüedad Tardía y la Tardo-Romanidad, emperadores divinizados en vida. No es eso, pero sí es una figura sagrada, sin duda. Y esto es fundamental.

En una sociedad teocéntrica, proyectar la idea de un rey sagrado es fundamental. Pero sagrado no en tanto que divino —insisto—, sino sagrado en el sentido de santo; es decir, santo santificado por la unción, pero también santificado por su sabiduría. Y la sabiduría es un don de Dios. Esto se lee en el Antiguo Testamento, en Proverbios, en el Libro de la Sabiduría. Siempre se dice que aquel sabio lo es porque Dios le ha dado, la gracia de Dios le ha dado la sabiduría. Luego, ser sabio es un signo de la bendición divina, es una manera de demostrarle al pueblo que Dios te ama, que Dios te ha elegido. Luego, va todo de la mano.

No hay una cultura en la Edad Media que no sea cultura cristiana. Es una cultura abierta a la tradición pagana, de la cual es heredera. O sea, no hay ningún tipo de rechazo a la herencia cultural de la Antigüedad grecorromana. Del mismo modo, las escuelas de traductores y, en general, el movimiento de estudio de la ciencia en la Edad Media —especialmente a partir del siglo XII y XIII— está completamente conectado con la cultura y la ciencia árabes.

Es decir, es una sociedad profundamente cristiana. La cultura es cristiana, pero, como ejemplifica Dante con su Divina Comedia y su utilización de la figura de Virgilio, es una sociedad cristiana que bebe de la tradición cultural grecorromana pagana. Y no hay contradicción en ello, porque esto ya lo habían hecho los Padres de la Iglesia.

–¿En qué sentido Carlomagno y Alfonso X representan modelos diferentes de ejercicio del poder cultural en la monarquía medieval?

–Es un tema interesantísimo, porque son dos tipos de monarquía distintos.

La monarquía carolingia es una monarquía en la cual el monarca juega un papel, podemos decir —usando un término que usamos los historiadores—, más propio de un «cesaropapismo», en el sentido de que, en ese momento, el papado y el clero son mucho más débiles de lo que serán en el siglo XIII, en la época de Alfonso X el Sabio. Luego, se puede decir que casi no hay diferencia entre la cultura clerical y la cultura monárquica, porque todo converge en la figura del soberano, del monarca. Esa es la primera gran diferencia, mientras que, en la época de Alfonso X, el papado es muy fuerte y el clero tiene su propia agenda cultural, y, por tanto, el rey tiene una agenda distinta, podemos decir, más laica.

Laica, que no secularista ni laicista; laica en el sentido de no clerical. Esa es la primera diferencia. Alfonso X, siendo un monarca cristiano, evidentemente, promueve una cultura laica, mientras que la cultura carolingia es una cultura clerical, porque, como digo, no hay esa diferenciación entre monarquía y clero que luego se va a establecer en la Primera Edad Media.

La segunda diferencia tiene que ver con que, en la época de Carlomagno, el modelo cultural de Occidente es esencialmente un modelo ciceroniano-platónico. Es decir, a partir del legado de san Agustín —porque san Agustín, la figura que moldea la Alta Edad Media—, es una cultura esencialmente centrada en la tradición que representan Cicerón y Platón. La ciencia y la filosofía aristotélica son desconocidas, ignoradas, y, sobre todo, es el legado moralista y —podemos decir— más propio de las letras el que transmite san Agustín a la Edad Media.

En cambio, en la época de Alfonso X el Sabio, lo que tenemos es una recepción de Aristóteles y de la ciencia árabe, que no había en la época de Carlomagno. Por tanto, la ciencia —sobre todo la astronomía, las ciencias naturales, la biología, la física, la alquimia— tienen una importancia que no tienen en la época de Carlomagno.

Carlomagno es una época más de letras, de estudio de la retórica, la poesía, la historia, la literatura en general. En cambio, la época de Alfonso X, marcada ya por Aristóteles, es una época que cuida más las ciencias. Y esta sería la segunda diferencia.

–¿Puede mencionar un ejemplo concreto —un símbolo, un ritual o un episodio— que muestre claramente este tipo de poder?

–Hay muchos ejemplos. Es difícil elegir uno.

Quizá uno de los ejemplos que utilizo en el libro es una reunión entre el rey Enrique I de Inglaterra y el Papa. El papa va a visitar a Normandía al rey de Inglaterra. Y el rey de Inglaterra, para demostrar al Papa que está visitando una corte de prestigio, monta un debate intelectual entre dos nobles de su corte: un debate en latín sobre filosofía y literatura clásica. El Papa y la curia quedan impresionados porque, claro, son italianos —la mayor parte de los cardenales eran italianos— y pensaban, al ir a la Normandía de principios del siglo XII, que iban a un lugar bárbaro.

Entonces, ahí se ve cómo, al demostrarle a esa curia que despreciaba a los normandos que en la corte anglonormanda se podía tener un debate de ese nivel —no entre dos clérigos, sino entre dos nobles laicos—, pues era una manera de adquirir reputación, de ser respetado. Es una imagen muy gráfica de lo que quiero decir.

–¿Qué enseñanzas nos ofrece hoy el poder cultural medieval para entender cómo funcionan los símbolos en la política actual?

–Bueno, nos enseña mucho en el sentido de que, todavía hoy día —aunque menos, porque es una sociedad muy alfabetizada—, y, por tanto, paradójicamente, la cultura del gobernante ya no tiene tanta importancia. Es llamativo.

En las sociedades menos alfabetizadas, que el monarca sea un monarca ilustrado, culto, pues se le da más importancia que en las sociedades más alfabetizadas. Es decir, hoy día juega un papel menor que en el siglo XVIII o en la Edad Media. En el siglo XVIII, un Federico de Prusia, amigo de Voltaire, pues es importante.

Esa cultura juega un papel en su reputación. Hoy día, la cultura personal de un presidente de Gobierno o de un monarca no juega el mismo papel. Luego, se puede decir que la cultura ha perdido poder simbólico, según ha ido ganando la ciencia peso. Porque, evidentemente, hoy día es casi imposible tener un gobernante que sea científico.

Por tanto, según las humanidades han perdido peso y la ciencia ha desplazado a las humanidades, cada vez tiene menos relevancia que el gobernante —sea un monarca, un presidente del Gobierno o un presidente de la república— sea culto.

Pero hay una segunda cuestión, que es la política científica. A veces se pierde de vista que el poder cultural también es inversión económica. Y si uno, por ejemplo, mira la inversión científica del país occidental que más gasta en ciencia —que es Estados Unidos—, está calculada en torno al 7 % anual, con variaciones.

Pero es una media del 7 % anual en la última década. Pues bien, Carlomagno —los especialistas han determinado— realiza una inversión del 15 % de sus ingresos anuales en financiar la copia de más de 50.000 códices. Lo digo como forma de comparar el esfuerzo económico que se realiza actualmente y el que realizó Carlomagno.

En una Europa muy pobre, como la Europa carolingia, que el 15 % del tesoro real fuera destinado a cultura es un dato significativo que hay que poner en relación con la inversión actual. No significa que esa época fuera mejor o peor. Simplemente, como es una época con una imagen tan negativa en general, me gusta poner de relieve que no era una época que no valoraba la cultura. Lo que ocurría es que tenía unas condiciones materiales muy difíciles.

–¿Por qué se percibe la Edad Media como una época oscura?

–La Edad Media tiene oscuridad. La misma que cualquier época. Todas las épocas tienen luces y sombras. Lo que pasa es que solo la Edad Media —esto es singular de la Edad Media— tiene una leyenda negra en torno al periodo entero.

No respecto a cuestiones concretas, sino que el periodo entero todavía está bajo la sombra de una mala reputación. Y esto se debe a que, cuando se creó el concepto de Edad Media, los creadores del concepto lo crearon ya como una época oscura. Entonces, claro, ya desde su concepción como época, los intelectuales del Renacimiento italiano —que crean el concepto de Edad Media oscura, y que son los mismos que crean el concepto de Renacimiento— tienen un interés en proyectar una falsa imagen —que es una falacia— de un periodo oscuro, para darle mayor realce a la luz del Renacimiento, jugando a los contrastes.

Cuanto más oscura sea la Edad Media, más luminoso será el Renacimiento. Luego, desde el principio, es un constructo artificial: una idea que nace más de la propaganda que del rigor histórico.

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