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15 de junio de 2024

Manifestación a favor de la independencia de Ucrania en la Plaza de Sofía de Kiev, 1917

Manifestación a favor de la independencia de Ucrania en la Plaza de Sofía de Kiev, 1917

Las razones históricas por las que Ucrania no es Rusia

Ucrania, Bielorrusia y la Gran Rusia, entre otras, consideran a la Rus de Kiev como el origen de sus respectivas historias. Pero un origen común no implica una historia común, ni mucho menos un destino unitario

Predominan en la prensa, especialmente en la, digamos, conservadora, los artículos que adolecen de una curiosa hemiplejia histórica. Solo hablan de alguna de las facetas de la historia común de Ucrania y Rusia, como si fuesen una misma cosa, o al menos algo tan similar que no justifica la existencia de dos realidades diferentes. Pues bien, un recorrido de la realidad histórica no acredita en absoluto la veracidad de esa aseveración.

En general, se realizan muchas referencias a la primitiva historia del reino de Kiev, como si fuese un antecesor directo de la Rusia actual: es la primera cosa que no resulta del todo cierta. Aquel antiguo reino fue sin duda una de las primeras entidades históricas reconocibles en el área situada entre el Danubio y los Urales. Pero fue inicialmente una creación vikinga y no eslava. Los eslavos eran entonces una maraña fluida de pueblos y tribus confusamente entremezclados, sobre los que se asentó una aristocracia nórdica tan creativa y original como lo fueron todas las procedentes de la Escandinavia altomedieval. Su tremenda vitalidad les llevó a la conquista de los ríos que fluyen hacia el mar Negro desde el profundo norte. Quedó consolidado un Estado que gobernó sobre los primitivos eslavos y que, con muchas vicisitudes, sobrevivió hasta la conquista Mongola del Siglo XIII. Los eslavos de la Rus de Kiev se dispersaron en todas direcciones y dieron origen a diversas entidades, progresivamente diferenciadas en lengua, cultura y tradiciones. Es por ello por lo que varias naciones actuales de carácter eslavo: Ucrania, Bielorrusia y la Gran Rusia, entre otras, consideran a la Rus de Kiev como el origen de sus respectivas historias. Y no les falta razón. A todas ellas, no solo a Rusia.

Pero un origen común no implica una historia común, ni mucho menos un destino unitario. Esta segmentación de los eslavos y su posterior y profunda diversificación no suele recogerse en prácticamente ninguno de los artículos citados. Como tampoco se encuentran referencias sobre la historia de la invasión de los mongoles y la heroica lucha de los polacos, los lituanos y los primitivos eslavos para frenarlos. Ni tampoco de la posterior reconquista del ámbito de lo que hoy es la Ucrania centro occidental, que culminó con su incorporación a través del Gran Ducado de Lituania, a la confederación polaco lituana, valladar del cristianismo, y por ende de Europa, hasta el siglo XVIII.

Tras tan solo 140 años subordinadas al imperio zarista, el final de la Primera Guerra Mundial proporcionó Cracovia y a la actual Lwow, la posibilidad de liberarse

Ucrania siguió formando parte de la confederación polaca, que se extendía entre el Báltico y el Mar Negro, por más de 300 años, entre los siglos XIV y XVIII, mucho más tiempo del que formó parte del imperio de los zares. Polacos, lituanos y ucranianos formaban en el ejército del Rey Sobiesky que derrotó a un colosal ejército otomano, en 1683 ante las murallas de una Viena a punto de ser asaltada. Un ejército que tenía como objetivo Roma y cuya derrota salvó, una vez más, a la Europa cristiana.

A finales del siglo «de las luces», una infame alianza ente los dos feroces caudillos de la Ilustración, Catalina II y Federico el Grande de Prusia, impuso los brutales repartos de Polonia que acabaron con la existencia de aquella orgullosa y noble nación. Lo hicieron, con la torpe complicidad de los Habsburgo austríacos, que no encontraron valor para respaldar a los pueblos que la habían auxiliado menos de un siglo antes. Y se aprovecharon, en el primer reparto, para asegurarse un trozo de la tarta polaco ucraniana, centrada en dos ciudades tan significativas como Cracovia y Leópolis, la actual Lwow. Ambas ciudades florecieron bajo el comparativamente leve yugo de los Austríacos, mientras el resto padecieron la opresión alemana y sobre todo la rusa, hasta 1918. Una opresión contra la que se manifestaron en cuantas oportunidades se dieron.

Tras tan solo 140 años subordinadas al imperio zarista, el final de la Primera Guerra Mundial proporcionó a ambos pueblos la posibilidad de liberarse. Los polacos lo consiguieron y los ucranianos lo intentaron. El triunfo de los comunistas contra los blancos desató una invasión a gran escala de Ucrania y Polonia por los comunistas rusos. Su objetivo era imponer la revolución soviética en toda Europa. Pero la invasión de Ucrania tuvo, además, un considerable componente de persecución religiosa. Una gran parte de la población de sus regiones occidentales pertenecía a la Iglesia Uniata, de rito griego, que se había unido a la católica en el siglo XVII y era, por ello, particularmente odiada por los comunistas rusos.

En 1939, a la Ucrania Occidental, le tocó de nuevo la triste suerte de quedar englobada en la dictadura soviética

En 1920 un ejército de jóvenes polacos, en el que formaban muchos otros jóvenes procedentes de la Ucrania Occidental (formaba entonces parte de Polonia) se enfrentó a vida o muerte con un Ejército Rojo aparentemente invencible. Y lo derrotó en lo que se denominó «el milagro del Vístula» porque aquel combate tuvo, también, un fuerte componente religioso. Y salvó a Europa. Y los jóvenes que allí murieron, eran en su mayoría católicos, polacos o uniatas, aunque tampoco faltaron ucranianos ortodoxos.

Entre 1920 y 1939, toda la Ucrania Occidental quedó integrada en Polonia. Sus habitantes se libraron así del horrible destino que aguardaba a la población de las regiones orientales, que sufrieron un genocidio calculadamente programado y ejecutado por la Rusia Soviética. Un genocidio conocido como el Holodomor, que causó casi tantas muertes de ucranianos como el holocausto nazi contra los judíos: alrededor de seis millones, que nunca han sido adecuadamente reconocidos.

En 1939, los rusos se aliaron, una vez más, con los alemanes para repartirse brutalmente Polonia. A la Ucrania Occidental, le tocó de nuevo la triste suerte de quedar englobada en la dictadura soviética hasta que por fin, la caída del comunismo la permitió alcanzar una libertad por la que muchos ucranianos habían suspirado desde siempre.

En resumen: Ucrania no es Rusia. En cada encrucijada de la historia los ucranianos, al menos una parte mayoritaria de ellos, han rechazado la dependencia de Rusia. Por eso las afirmaciones que se escuchan estos días en tantos y tantos medios, en el sentido de que lo que tiene que aceptarse es una reincorporación, o como mínimo una alineación forzosa de Ucrania respecto a Rusia son, o una alegría pseudohistórica, o una cierta manipulación. A no ser que se basen en un desconocimiento profundo de la verdad histórica. En resumen, una falacia.

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