27 de mayo de 2022

Imagen de la Sevilla del siglo XVI

Imagen de la Sevilla del siglo XVI. Sevilla se convirtió en uno de los centros comerciales y financieros de un mundo que iniciaba su globalización

Cuando los españoles creamos la economía moderna

El descubrimiento del Nuevo Mundo y el desarrollo del mercantilismo introdujeron nuevos cambios en la economía europea de los siglos XVI y XVII

Si en el momento actual hiciésemos una encuesta sobre el origen de la economía moderna, las miradas se irían al norte de Europa, responsabilizando a la ética protestante de raíz calvinista la disciplina, la moral y la responsabilidad del trabajo, por el libro de Max Weber La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que publicó en 1905 cuando el Imperio Británico, el alemán y EE.UU. dominaban el mundo, y los países de tradición católica vivían en un claro subdesarrollo. Incluso en la crisis de 2008, los medios financieros del norte europeo, calificaban como PIGS (cerdos) a los europeos meridionales (Portugal, Italia, Grecia y España) junto a Irlanda.
Sin embargo, detrás de esta «leyenda negra» procedente del evidente racismo norteño, la economía moderna tuvo su origen y desarrollo en el Imperio español, como era lógico en quien fue la primera potencia del mundo y primer imperio global durante dos siglos, y la tercera durante un siglo más. El descubrimiento del Nuevo Mundo y el desarrollo del mercantilismo introdujeron nuevos cambios en la economía europea de los siglos XVI y XVII.

Primer modelo de comercio global

España desarrolló y creó en América una nueva sociedad, mestiza pero unida en religión, cultura y gustos, lo que la convirtió con el tiempo en el mayor mercado de productos europeos. Desde una economía primitiva en los antiguos imperios, hasta la más básica recolectora en amplias áreas americanas, España generó un auge económico y estímulo al desarrollo, a través de una emigración humana especializada (agricultores y artesanos) y el envío de semillas, víveres, útiles agrícolas, animales domésticos y toda clase de mercaderías. La explotación de estos recursos españoles sería preferentemente de Andalucía, Extremadura y Canarias, que a su vez, se vio recompensada por la contrapartida de la masiva afluencia de metales preciosos, y otros productos agrícolas de gran importancia, como fueron la patata, o el maíz a nivel de alimentación básica. El Imperio español convirtió Lisboa y Sevilla en los centros comerciales y financieros de un mundo que iniciaba su globalización. Los Países Bajos, como centros de redistribución del norte de Europa y el mundo italiano, a su vez, del Mediterráneo, estaban incluidos en él, desde el emperador Carlos V.
La Casa de Contratación de Sevilla fue el centro de intercambio mundial más importante del mundo, con presencia de comerciantes y financieros extranjeros, principalmente flamencos, genoveses y alemanes. La llegada de los metales preciosos americanos en el siglo XVI, principalmente de plata, favorecieron un incremento de precios, y las mejoras técnicas aplicadas por Jerónimo de Ayanz, un aumento de la producción en la época dorada del imperio español. Sin embargo, el movimiento del dinero, la aplicación de tasas de interés, el derecho a la propiedad privada, el disfrute de los beneficios etc., planteó inicialmente problemas morales que debían ser solucionados para mantener el desarrollo económico del imperio.

España desarrolló y creó en América una nueva sociedad convirtiéndola con el tiempo en el mayor mercado de productos europeos

Los dominicos y la teoría económica

El dominico Francisco de Vitoria (1480-1546), y creador de la denominada Escuela de Salamanca, que se convertiría en el Harvard del mundo de aquel entonces, fue un dominico que asentó las bases del Derecho Internacional, y las bases morales de la economía moderna, al concebir la libertad de movimientos de hombres, dinero y productos como algo positivo para el bien común de la sociedad.
A partir de él, otros dominicos obtendrán una gran importancia en el origen de la teoría económica científica, como Tomás de Mercado (1525-1575) cuyo libro más conocido es la Suma de tratos y contratos escrito en 1571 como respuesta a las dudas de conciencia que le habían formulado comerciantes de negocios de México y Sevilla. Domingo de Soto (1494-1560), también dominico, renovó el Derecho de Gentes y expuso en su De Iustitia e Iure, su teoría sobre el dinero. El navarro Martín de Azpilcueta (1493-1586), ex rector de la Universidad de Coimbra, fue el primer economista en la historia que describió correctamente el fenómeno de la inflación, ocasionado por la afluencia de metales preciosos procedentes de las Indias.

La extinción de la Compañía de Jesús en 1773 condenó a nuestros países al olvido científico

Martín de Azpilcueta (1492?-1586)

Martín de Azpilcueta (1492?-1586)

Desde Tomás de Aquino, los dominicos habían defendido la propiedad privada, frente a otras órdenes mendicantes, principalmente los franciscanos, quienes resaltaban el fin social por encima del derecho de propiedad. No obstante, el obispo Diego de Covarrubias y Leiva (1512-1577), partícipe en el Concilio de Trento, pionero en la lucha contra la esclavitud, fue un defensor del derecho de los propietarios a disfrutar en exclusividad a los beneficios que pudieran derivarse de su actividad.
Los escolásticos y teólogos españoles y prestaron atención a los asuntos económicos, conscientes de que la riqueza particular contribuía a la riqueza general, y aportaron nuevas interpretaciones extraídas de la ley natural para una economía moderna, pero que debía ser justa, respetando la dignidad de la persona. La segunda generación de la Escuela estará formada por jesuitas, entre los que destacarán Luis de Molina (1535-1601) y Francisco Suárez (1548-1617). El primero será un defensor de la propiedad privada en la línea del dominico Domingo de Soto. En cuanto al segundo tuvo un papel protagonista en la renovación del pensamiento filosófico, de gran relevancia en el carácter hegemónico en las escuelas católicas de España-Portugal e Italia, pero también en la tradición reformista de las escuelas alemanas y neerlandesas, de la tradición de Philip Melanchthon y Hugo Grotius.
La expulsión de los jesuitas del mundo católico en el siglo XVIII y la extinción de la Compañía de Jesús en 1773 condenó a nuestros países al olvido científico. En España su reconocimiento vendrá en 1941 y 1942, por el profesor Alberto Ullastres, quien analizó la teoría monetaria de Martín de Azpilcueta, y fue posteriormente como ministro de comercio, uno de los protagonistas del «milagro español económico» de los años sesenta. A nivel internacional, el espaldarazo final vino dado por Joseph Schumpeter en su Historia del análisis económico publicado en 1954, donde elogió el alto nivel de la ciencia económica en la España del siglo XVI. Según él esta escuela fue el grupo que más se merece el título de fundador de la Ciencia Económica. Posteriormente Marjorie Grice-Hutchinson subrayó su importancia en su obra The School of Salamanca, Readings in Spanish Monetary Theory, 1544-1605.
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