Francisco Franco (c) y, Benito Mussolini (dc). A la izquierda el ministro de Exteriores español Serrano Súñer
El día que el cuñado de Franco escapó de Madrid disfrazado de mujer
Acosado por la violencia tras el alzamiento de julio de 1936, Serrano Suñer logró burlar a la República con ayuda de médicos, diplomáticos y un disfraz improvisado
En el verano de 1936, mientras Madrid se sumía en el caos tras el alzamiento militar, uno de los pilares del futuro régimen vivía una de las fugas más insólitas de la Guerra Civil. Ramón Serrano Suñer, cuñado de Francisco Franco, diputado por la Unión de Derechas de Zaragoza y amigo íntimo de José Antonio Primo de Rivera, logró escapar de la capital republicana disfrazado de mujer. Así lo relató él mismo al historiador y documentalista Alfonso Arteseros.
Serrano Suñer, casado con Ramona Polo Martínez-Valdés —hermana de Carmen Polo—, sería más tarde ministro de Asuntos Exteriores del régimen. En ese cargo, protagonizó uno de los momentos diplomáticos más delicados de la Segunda Guerra Mundial: fue él quien se reunió con Adolf Hitler para comunicarle que España no entraría en el conflicto.
Pero en julio de 1936 su destino pendía de un hilo. Tras intentar refugiarse, fue detenido pocos días después del alzamiento y trasladado a la temida Cárcel Modelo de Madrid, donde se encerraba a los presos políticos. Allí fue testigo directo de las matanzas de agosto, en las que fueron asesinados, entre otros, el republicano Melquíades Álvarez y el falangista Julio Ruiz de Alda.
Según su testimonio, Indalecio Prieto se presentó en la prisión y, al ver el horror, lanzó una frase que resonaría con fuerza: «Animales, brutos, esta noche, con lo que habéis hecho, habéis perdido la guerra».
Durante su cautiverio, Serrano fue sometido a tres simulacros de fusilamiento en el Parque del Oeste. Aquejado de una úlcera de estómago, logró ser trasladado a un sanatorio en Chamberí gracias a la mediación del doctor Gregorio Marañón y del socialista Jerónimo Uceda, amigo suyo en las Cortes. Aunque el traslado era arriesgado —custodiado por un guardia de asalto y un miliciano—, se organizó una fuga que rozaba lo teatral.
Vestido con abrigo, tacones, una peluca incompleta (las monjas habían agotado las existencias) y una boina ladeada, Serrano fue cargado a hombros por un alemán veterano de la Gran Guerra hasta un coche. Desde allí, fue llevado en un primer momento a la Legación de los Países Bajos, donde se refugió durante varios meses.
Pero el peligro no había terminado. Temiendo un asalto a la embajada, Marañón y sus hermanos volvieron a intervenir. Contactaron con el diplomático argentino Edgardo Pérez Quesada, quien organizó su salida hacia la zona nacional. Esta vez, Serrano salió disfrazado de marinero argentino rumbo a Alicante.
Allí, un anarquista de la CNT que custodiaba el embarque le soltó al cabo Álvarez, que lo acompañaba: «¿Qué contrabando me traerás hoy?». Desde el puerto, embarcó en el torpedero argentino Tucumán, donde se reencontró con su mujer y sus dos hijos.
La travesía lo llevó a Marsella, luego a Biarritz, Hendaya y, finalmente, a Salamanca, donde llegó el 20 de febrero de 1937. Allí se convirtió en uno de los arquitectos del nuevo Estado, hasta su destitución como ministro en 1942 tras el incidente de Begoña. Su llegada no fue bien recibida por Nicolás Franco, hermano del caudillo, quien había hecho creer a todos que Serrano estaba muerto.
Una historia de supervivencia, diplomacia y disfraces que, contada por el propio protagonista a Alfonso Arteseros, revela los entresijos más humanos y sorprendentes de una guerra que marcó a fuego la historia de España.