12 de agosto de 2022

Las hermanas Mitford

Las hermanas Mitford

Dinastías y poder

Las Mitford: un siglo de escándalos

El periódico The Times las describió como «Diana, la fascista; Decca, la comunista; Unity, la amante de Hitler; Nancy, la novelista; Debo, la duquesa, y Pamela, la pollera». ¿Quiénes fueron estas hermanas?

Protagonizaron la vida política, cultural y social del siglo XX. Las Mitford se convirtieron en la saga de hermanas más fabulosa de toda una era. Una especie de «Kardashian» pero con más caché. The Times trató de resumir su trayectoria como «Diana, la fascista; Decca, la comunista; Unity, la amante de Hitler; Nancy, la novelista; Debo, la duquesa, y Pamela, la pollera». Eran excéntricas, un tanto snobs y diametralmente incompatibles con la moral victoriana de la que eran herederas. Emparentadas con Winston Churchill, por sus vidas pasaron desde Goebbels hasta el senador republicano anticomunista Joseph McCarthy. Por algo el duque de Devenshire, esposo de Deborah, llegó a lucir una camiseta en la que rezaba «nunca te cases con una Mitford». Pero, ¿quiénes fueron estas mujeres que sembraron de provocación aquello que pisaban?
Las hermanas Mitford eran las hijas de David Ogilvy, lord de Redesdale, y su esposa, Sydney Bowles. Pertenecían a la aristocracia campestre inglesa que tras embarcarse en imprudentes proyectos empresariales, parecían socavar su fortuna. La autobiografía de Jessica, la comunista, Nobles y Rebeldes, describe muchas de las extravagancias de esta peculiar pareja que vio cómo entre 1904 y 1920 su familia se llenaba de niñas que ensombrecían al apocado Tom, único varón de la saga, ante tal elenco de femineidad. Él fue a Eton pero ellas se criaron entre Swinbrook House y Asthall Manor, sus residencias en el condado de Oxforshire. Tenían prohibido el deporte para no engordar las pantorrillas, tomar medicinas o carne de cerdo, aunque si podían comer patatas, buena para el cutis, aunque su ingesta ocultase limitaciones pecuniarias. Era la Inglaterra de Jorge V, en pleno periodo de entreguerras, donde su padre manifestaba un marcado antisemitismo y simpatías hacia lord Chamberlain en su política de apaciguamiento con Hitler. Por ello no extrañó a nadie que la tercera de las hermanas, Diana, que había hecho una buena boda con Bryan Guinness, heredero de la millonaria dinastía cervecera irlandesa (considerada la mujer más guapa de su tiempo) lo abandonase para convertirse en amante de Oswald Mosley, el fundador de la «Unión Británica de Fascistas». Él aspiraba a ser una especie de Fürher, abogando por un nacionalismo que devolviese el esplendor imperial a una Gran Bretaña que empezaba a verse desplazada económicamente por Estados Unidos. El inconveniente era que Mosley estaba también casado, nada menos que con una hija del virrey de la India, George Curzon, y tuvieron que esperar a que enviudase para «formalizar» su relación, de manera un tanto ambigua, en una ceremonia en Berlín en el salón de casa de Goebbels con el mismísimo Hitler como testigo. La cuarta de las hermanas, Unity, era una nazi convencida, habitual de los Congresos de Núremberg, que no dudó en pegarse un tiro en la cabeza cuando supo que Inglaterra entraba en guerra contra Alemania.
Mientras esto ocurría, la quinta Mitford se sumaba a aquel fervor totalitario, aunque en el lado comunista: en 1936 Jessica se fugaba a España con Esmond Romilly, sobrino de Clementine Hozier, la sufrida esposa de Winston Churchill. Él era un romántico Brigadista Internacional, que luchaba en la sección de ametralladoras del batallón Thaelmann en el frente de Madrid y que había sido contratado por el News Chronicle para enviar sus crónicas sobre la Guerra Civil. Ni siquiera la intervención del ministro de exteriores británico, que dio órdenes a un barco de la armada para recoger a las «ovejas rojas» familiares en el puerto de Bilbao, sirvió para disuadirlos. Semanas después, regresaron a Inglaterra desheredados para instalarse en el barrio industrial de East End y terminar emigrando a Estados Unidos, donde pensaban sería más fácil predicar el comunismo. Él murió en 1941, en combate, tras alistarse en la Real Fuerza Aérea Canadiense. Ella contrajo un segundo matrimonio con un miembro activo del partido, aunque terminó decepcionada con las actividades políticas en la URSS y se nacionalizó norteamericana.
El año en el que Jessica se quedaba viuda en USA y mientras Diana Mitford sufría una especie de reclusión forzada en una granja aledaña a la prisión de Holloway por su clara militancia fascista, la pequeña de las hermanas, Deborah, se casaba en Londres con Andrew Cavendish, segundón del duque de Denvonshire, uno de los títulos más distinguidos de la aristocracia. Él llevaba uniforme del ejército británico en el que servía como teniente e Inglaterra resistía heroicamente al blitz. Pero quiso el destino que el primogénito y heredero del condado falleciese durante una operación aérea en Bélgica en 1944, apenas cuatro meses después de haber contraído matrimonio con Kathleen Kennedy, hermana del futuro presidente americano y que en esas fechas comandaba una lancha torpedera PT-109 en el Pacífico Sur. Aquella muerte convertía a Deborah en marquesa de Hartington y futura duquesa consorte de Devonshire. Andrew comenzó una nepótica carrera política en los gabinetes de su tío Harold Macmillan hasta que decidió integrarse en el Partido Social Demócrata. Ella, ante las continuas ausencias, convirtió el castillo familiar de Chatsworth en el enclave perfecto para las reuniones de sociedad más cosmopolitas de su tiempo. Invitados como Lucian Freud, Cecil Beaton o el diseñador dominicano Oscar de la Renta quedaban fascinados ante los Rembrandt, Murillo o Veronese que colgaban de sus paredes. Fue probablemente la más normal de las hermanas, aunque mantuvo un punto estrafalario por su afición a las gallinas y la música de Elvis.
Nancy Mitford, la mayor, era una conocida novelista, habitual de Dior, con ajetreada vida amorosa que incluía algún exministro de De Gaulle y que escribió títulos recientemente llevados a la televisión. Pamela, la hermana más rural, estuvo casada con el multimillonario Derek Jackson, uno de los físicos atómicos más destacados de su generación y del que se decía era homosexual a pesar de seis matrimonios. Todas ellas escandalizaron a la sociedad, aunque también inspiraron a artistas y políticos de todo signo: estrafalarias, pero nunca aburridas.
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