01 de diciembre de 2022

Eduardo Sánchez Miño, Vicente Díaz González, Wenceslao Fernández Flórez, Joaquín Arias de Miranda y José Fitor Cabot (1909)

Eduardo Sánchez Miño, Vicente Díaz González, Wenceslao Fernández Flórez, Joaquín Arias de Miranda y José Fitor Cabot (1909)

Cuando el Frente Popular prohibió la salida de España a escritores y periodistas

El ministro socialista opinaba que la salida de ciertos autores de derechas podía ser más dañina para el Frente Popular que varias ametralladoras

Durante la Guerra Civil el escritor Jesús Galíndez se ocupó de refugiar en el Hogar Vasco de Madrid a naturales de las Vascongadas que temían ser asesinados por izquierdistas. En ese sentido, visitó numerosas Embajadas extranjeras que también tenían asilados. Un día que llegó a la Legación de Holanda –como más tarde escribió–. «En esto, un hombre calvorote y de nariz inmensa apareció en una puerta, y ya se acercaba curioso como todos, cuando de repente me vio, mejor dicho, vio mis barbas y uniforme de miliciano, y materialmente dio un brinco hacia atrás, hasta esconderse en la sombra; fue entonces cuando le reconocí, era el escritor Wenceslao Fernández Flórez. Días después volví exclusivamente para charlar con él».
Wenceslao Fernández Flórez

Wenceslao Fernández FlórezReal Academia Española

El escritor Fernández Flórez (1886-1964) había trabajado como periodista en varios órganos de prensa hasta recalar en el monárquico ABC, donde fueron célebres sus crónicas parlamentarias. Su carrera literaria –con títulos acreditados como Volvoreta, El Bosque Animado, El secreto de Barba Azul…– fue coronada con su ingreso en la Academia de la Lengua. El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en Madrid preparando el equipaje para viajar a Rumanía, refugiándose en la Embajada argentina, pero pronto el Gobierno holandés solicitó como un honor que fuera traspasado a su Legación, donde logró también el ingreso de sus hermanos. El 25 de marzo de 1937 una expedición de asilados de Bélgica y los Países Bajos embarcó en el buque «Ajax» en Valencia, rumbo a los Países Bajos, en la cual se encontraba Fernández Flórez. Pero, al ser identificado por la policía en el puerto de Valencia, se le impidió la salida y tuvo que quedar en tierra.
El representante de Bélgica –que dirigía el embarque– realizó una protesta formal ante Álvarez del Vayo, ministro de Estado, por esta exclusión, encontrándose con que este último respaldaba totalmente la decisión de las autoridades portuarias. La razón de esta denegación no resultó difícil de adivinar a los diplomáticos, pues el ministro socialista opinaba que la salida de ciertos escritores y periodistas de derechas podía ser más dañina para el Frente Popular que varias ametralladoras, de ahí su negativa a la evacuación de Francisco Casares, de Abelardo Fernández conocido como el «Duende de la Colegiata», y de Wenceslao Fernández Flórez.
El encargado de negocios holandés, Francis Schlosser, protestó también e insistió en la salida del escritor y el 1 de abril el propio Gobierno de los Países Bajos la solicitó, con una iniciativa e insistencia totalmente inesperada para Álvarez del Vayo. Al obtener la negativa por respuesta, La Haya decidió emprender una ofensiva diplomática en tres frentes. En primer lugar ante la Embajada republicana en su país por lo que, el 8 de abril, su representante comunicó al ministro de Estado una oferta nueva: si el temor a que Fernández Flórez realizara actos de propaganda en el extranjero contra el Frente Popular impedía su salida de Valencia, las autoridades holandesas se comprometían a que el escritor fuera internado como los refugiados en edad militar, prohibiéndosele todo tipo de actividades propagandísticas.

Publicó 'O terror vérmelho' reuniendo las crónicas de su experiencia en el Madrid de la Guerra Civil

El segundo frente diplomático de la protesta holandesa se desarrolló en Ginebra, con ocasión de las reuniones del Consejo de la Sociedad de Naciones, donde Álvarez del Vayo resultaba bastante influenciable, ya que temía que la imagen democrática de la República española se deteriorara. Finalmente, el último escenario de presiones fue Valencia, a través de las habituales gestiones de los representantes holandeses ante los Ministerios de Estado y de Gobernación.
¿Cuáles fueron las causas que impulsaron a salvar la vida de Fernández Flórez con tanta insistencia? En primer lugar, resultaba una cuestión de honor para el Gobierno holandés evitar que hubiera excepciones en la práctica de su auxilio diplomático, clasificado como tarea humanitaria. En segunda instancia, debe tenerse en cuenta que en La Haya se consideraba al escritor español como un gran amigo de Holanda y un excelente promotor del turismo a través de las notas del viaje que había publicado con ocasión de la visita que había realizado a los Países Bajos en 1927, por que no sólo el Ministerio de Negocios Extranjeros sino la prensa holandesa siguió diariamente las vicisitudes de la evacuación de este literato.

El Gobierno republicano llegó a la conclusión de que resultaban mayores los perjuicios que las ventajas de seguir reteniendo a Fernández Flórez

Ante una ofensiva diplomática tan intensa y permanente, el Gobierno republicano llegó a la conclusión de que resultaban mayores los perjuicios que las ventajas de seguir reteniendo a Fernández Flórez y, finalmente, cedió, sin añadir más obligaciones ni condiciones de salida nuevas. A fines del mes de julio de 1937 fue evacuado hacia Holanda el famoso escritor, donde fue objeto de una cordial bienvenida. Fernández Flórez, inicialmente, no dio lugar más que a breves, aunque intencionados, comentarios de algunas personas en la prensa, manteniendo mucha discreción y residiendo en una pensión que los jesuitas poseían en La Haya.
El ministro holandés de Negocios Extranjeros se desquitó de los obstáculos creados por el Frente Popular en los meses anteriores, al manifestar a su representante diplomático que la salida y estancia del literato español no había sido sometida a ninguna garantía ni condición. Quizá por esas circunstancias, Fernández Flórez con el paso del tiempo abandonó el país, instalándose en Portugal, donde permaneció hasta el final del conflicto y publicó O terror vérmelho reuniendo las crónicas de su experiencia en el Madrid de la Guerra Civil, publicadas en el lisboeta Diario das Noticias. No obstante, el principal fruto literario de su vida como asilado de la Legación holandesa sería Una isla en el Mar Rojo, novela publicada en 1939 que alcanzaría las once ediciones tres años más tarde, donde denunció la represión republicana.
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