01 de diciembre de 2022

El Consejo de los Diez en el cuadro de Francesco Hayez La muerte del Dux Marino Faliero (1867)

El Consejo de los Diez en el cuadro de Francesco Hayez La muerte del dux Marino Faliero (1867)

El Consejo de los Diez: los ojos y oídos del Gobierno de la República de Venecia durante cuatro siglos

Este órgano de Gobierno se encontraba en todas partes y a todas horas. Sus espías vivían alerta: buscaban, miraban y examinaban lo que habían visto y oído

Si existe una institución cuyo recuerdo esté grabado en la memoria de los venecianos es el Consejo de los Diez. Este se encontraba en todas partes y a todas horas. Sus espías vivían alerta: buscaban, miraban y examinaban lo que habían visto y oído. Nadie, ni el mismo dux en su palacio, estaba exento de su vigilancia.
La creación del Consejo arranca de finales del siglo XIV. Al principio se concentró el poder en manos del dux, que gozaba de una soberanía sin límites. Se temía el abuso de semejante autoridad y, al principio, se dieron al dux dos consejeros sin cuyo asentimiento no se podía tomar ninguna resolución importante. Tal creación no pareció, sin embargo, suficiente. Se vio, entonces, la ciudad con tres tiranos en vez de uno y se trató de reemplazar a los asesores con un Consejo más numeroso y al cual el dux no pudiera seducir fácilmente.
Bajo tal concepto se organizó un consejo compuesto por 480 ciudadanos. Este Consejo reunió la suma de algunos poderes que el dux no se hallaba revestido y en unión con él representó la soberanía del pueblo. El pueblo abdicó su libertad en el Consejo. Este hacía que las asambleas no se reunieran con frecuencia. Con lo cual, los súbditos de la República no ejercían los derechos de la soberanía.

El Consejo creó una institución que espiara a sus enemigos, diera cuenta de sus pasos, y revelara al primer cuerpo del Estado lo que se estaba tramando en Venecia

Los ojos y oídos del Gobierno veneciano

Un grupo de nobles familias venecianas como los Querini, los Badoero, los Dauri, los Barbieri, los Barocci, los Vendelini y los Lombardi, encabezados por Behemond Tiepolo se levantaron en rebeldía para acabar con el Consejo. Los conjurados, recurriendo a la fuerza, debían apoderarse de la Plaza de San Marcos y del Palacio ducal. Además, asesinarían al dux, disolverían el Gran Consejo y lo reemplazarían con el voto popular. El dux salió victoriosos. En contrapartida se instauró la policía, inexistente hasta ese momento en Venecia.
El Consejo creó una institución que, velando incesantemente por el orden, espiara a sus enemigos, diera cuenta de sus pasos, y revelara al primer cuerpo del Estado lo que se estaba tramando en Venecia. Después se creó un nuevo cuerpo en el Estado, al cual se delegó una autoridad soberana que fue encargado de reprimir y castigar entre los nobles la alta traición y felonía. Este cuerpo tenía derecho a disponer de las rentas públicas y tenía, por decirlo así, las facultades del Gran Consejo. Era un poder dictatorial. Este cuerpo fue llamado el Consiglio dei Dieci, Consejo de los Diez.

Se distinguió por su firmeza, por una constancia en la realización de sus proyectos y por una inquebrantable constancia en la ejecución de los mismos

No tardó mucho en apoderarse del mando soberano y, aunque el dux fuese designado por la constitución para presidir sus sesiones, la nueva institución se encargó, al poco tiempo, de la duración de los asuntos. El Consejo reunió todos los poderes estableciendo el despotismo y, de la libertad, solo se conservó el nombre. Se distinguió por su firmeza, por una constancia en la realización de sus proyectos y por una inquebrantable constancia en la ejecución de los mismos. Los Diez herían, sin piedad, a los más ilustres capitanes, a los más sabios magistrados, y al mismo dux. El Consejo engrandeció Venecia y evitó conspiraciones.

El declive de los Diez

El declive del Consejo de los Diez empezó después de la formación de la Liga de Cambray (1508). Hasta ese momento Venecia había gobernado sin rival; la prosperidad había hinchado su orgullo. El Consejo de los Diez se había hecho culpable de muchos crímenes políticos. No había tenido inconveniente en luchar con las potencias de primer orden y éstas, que no se hallaban dispuestas a soportar la arrogancia de aquellos mercaderes, envidiaban sus tesoros, redactaron un proceso de agravios y trataron de vengar los descontentos. La Liga de Cambray, con el Papa, Luis XII y Maximiliano, deseaban únicamente conseguir un trozo de la República veneciana. Se proponían poner coto a sus rapiñas, a sus injurias, las pérdidas que causaban, no solo en la Santa Sede sino, al Imperio, a la Casa de Austria, a los Duques de Milán, a los reyes de Nápoles, y a muchos de los príncipes a los que ocupaban, –tiránicamente–, sus bienes, sus villas y sus castillos. He ahí porque decía un manifiesto del Rey Maximiliano lo siguiente: consideramos útil y necesario el llamar a todos para la ejecución de una legítima venganza y extinguir como un común incendio, la avaricia e insaciable ambición de la República.
La sala del Consejo de los Diez, Palacio Ducal, Venecia por Gabriele Bella

La sala del Consejo de los Diez, Palacio Ducal, Venecia por Gabriele Bella

Los confederados querían obligar a los venecianos a devolver Ravena, Servia, Faenza, Rimini, Imola y Casena a la Santa Sede; Roveredo, Tresivo y Fruili al Imperio Romano; Brescia, Bergamo, Como, Cremona, la Ghiara de Adda y todas las dependencias del Ducado de Milán al rey de Francia; Nápoles, Trani, Brindisi, Otranto, Gallipoli Mola y Poligrano al Rey de España; todas las villas de Dalmacia y Desdebona al Rey de Hungría, si es que entraba en la Liga; el reino de Chipre al Duque de Saboya y las posesiones que la República había conquistado a la casa de Este y de Gonzaga, a los herederos de estas últimas.
Desde la Liga de Cambray, Italia marchó hacia su decadencia a pasos agigantados. La corrupción empezó a infiltrarse en las repúblicas hasta que, por fin, desaparecieron del mundo. Esto, no obstante, el Consejo de los Diez conservó por mucho tiempo la misteriosa influencia que había ejercido y fue el terror de patricios y plebeyos. Más este poder fue perdiendo su influjo lentamente y el Consejo concluyó por corromperse como los demás cuerpos del estado y, a semejanza de esos envenenadores que mueren el día menos pensado al olor de sus mismas drogas. La entrada al Consejo no fue ya el privilegio de una clase y, cuando todos los ciudadanos pudieron examinar los resortes de aquella máquina, dejaron de temerla. El Consejo de los Diez no tardó mucho en ser la sombra de lo que había sido hasta que, por fin, se eclipsó. Había cometido demasiados crímenes y había prestado demasiados servicios a la República para que la historia olvidara su existencia.
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