07 de febrero de 2023

La Emperatriz Carlota de Méjico

La Emperatriz Carlota de MéjicoCreative Commons

Picotazos de la historia

La visita de Carlota de Méjico a Pío IX

En septiembre de 1867, la Emperatriz de Méjico visitaba el palacio papal para conseguir el apoyo del Papa Pío IX, allí protagonizó uno de los episodios más esperpénticos de la historia del Vaticano

El Vaticano recibe anualmente visitas de las más altas personalidades del mundo entero, pero jamás se ha repetido una tan extraña y complicada como la realizada por Su Majestad Imperial la Emperatriz Carlota de Méjico, en 1867.
En agosto de 1866, Carlota de Sajonia-Coburgo –esposa de Maximiliano de Habsburgo-Lorena y Emperador de Méjico– llegó a París en busca de apoyo, económico y militar para su marido. Durante una tormentosa reunión con Napoleón III y la Emperatriz Eugenia– tan tormentosa que Eugenia fingió un «diplomático vahído» para darla por terminada– empezó a hacerse patente que la mente de la Emperatriz de Méjico estaba seriamente perturbada. Carlota comenzó –o sencillamente ya fue imposible ocultarlo– a dar signos de una paranoia grave con manía persecutoria. La pobre señora dio a pensar que sus enemigos querían envenenarla como habían hecho con sus padres (cosa que no era cierta) y con el marido de la Reina Victoria del Reino Unido (otra fantasía).
Tras el desastre de sus intentos diplomáticos con Francia redirigió su atención a la Santa Sede, esperando ganarse el apoyo de Su Santidad Pío IX. El 29 de septiembre de 1867 llegó a Roma e, inmediatamente, se reunió con el cardenal Antonelli, secretario de Estado de Pío IX. Antonelli dejó muy claro que el Papa recibiría inmediatamente a Carlota, pero que no estaba dispuesto a hablar de política.

La visita al Vaticano

El 30 de septiembre, por la mañana y camino del palacio vaticano, Carlota saltó de su carruaje a la altura de la Fuente de Trevi (la famosa «Fontana» donde Anita Ekberg puso licántropos a nuestros padres), y empezó a beber a grandes tragos, el agua que brotaba, mientras clamaba: «Aquí no me envenenarán».
Ya en el palacio, interrumpió el desayuno de S.S. y empezó a devorar los platos que le habían servido al Papa, negándose a tomar nada que le trajeran por miedo a ser envenenada. Pío IX se dio cuenta, inmediatamente, que la señora estaba muy mal y, discretamente, hizo llamar a dos médicos, que tuvieron que disfrazarse de chambelanes de corte para no aumentar la ya intensa paranoia de Carlota. Mientras, pasaba el día y la señora no salía del palacio papal ni con agua caliente. El Papa, para entonces, había desaparecido y dado órdenes de que se deshicieran (cristiana y caritativamente) de esa loca. Pero Carlota se defendió y resistió, dando grandes gritos que la querían asesinar en el hotel, y tuvieron que claudicar los cardenales e instalar un dormitorio improvisado en la biblioteca papal, para que pernoctara la señora. Carlota durmió bien, gracias a un tazón de cacao bien drogado que consiguieron que se tomara.

La despedida de la Emperatriz

Al día siguiente, por la mañana, el cardenal Antonelli –que había sido severamente advertido por Su Santidad– con engaños consiguió que Carlota accediera a abandonar el Vaticano. Alegando discreción –para entonces la plaza de San Pedro estaba llena de curiosos que se habían enterado de la que había liado la Emperatriz– la condujo por las cocinas. Allí una monjita, con toda su buena voluntad, la ofreció que probara un guiso que estaban preparando para el Pontífice. Carlota sufrió otro ataque y durante la pataleta, metió la mano en el caldero del guiso y se escaldó. Desmayada por el dolor, criados del Papa y de la Emperatriz, aprovecharon para llevarla a su hotel.
La pobre Carlota salió de Roma con camisa de fuerza, haciéndose cargo de ella su hermano Leopoldo II de Bélgica. La noticia del fusilamiento de su marido, el 19 de junio de 1867, agravó su estado siendo, a la postre, declarada oficialmente demente.
Fotografía del Archiduque Maximiliano y la Archiduquesa Carlota

Fotografía del Archiduque Maximiliano y la Archiduquesa CarlotaCreative Commons

La Emperatriz falleció en el castillo de Bouchot, el 19 de enero de 1927, a los ochenta y siete años de edad. La única mujer que ha dormido en las estancias papales del palacio vaticano.
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