Fundado en 1910
San Agustín en su estudio (Botticelli, Ognissanti) (c. 1480)

San Agustín en su estudio (Botticelli, Ognissanti) (c. 1480)

San Agustín: de ser un destacado maestro de retórica a uno de los obispos más influyentes de la cristiandad

La trayectoria vital del santo experimentó cambios intensos en pocos años

Como de todos es conocido, la trayectoria vital de Agustín de Hipona experimentó cambios intensos en pocos años, que lo llevaron de ser un destacado maestro de retórica a uno de los obispos más influyentes de la cristiandad.

Nacido en la ciudad númida de Tagaste (al norte de la actual Argelia), en el año 354 d.C., Agustín fue educado en Madaura, y posteriormente en Cartago, donde recibió instrucción en gramática y en retórica.

Del maniqueísmo al cristianismo

Pertenecía a una familia de etnia bereber y de clase alta; Mónica, su madre, era cristiana, y su padre era pagano, aunque posiblemente se convirtiese al cristianismo al final de su vida. En cualquier caso, Agustín encontraba poco o nada fascinantes las enseñanzas cristianas que le había transmitido su madre, y en coincidencia con su temprano interés por la filosofía, pronto dio con un movimiento religioso que le sedujo: el maniqueísmo.

San Agustín y santa Mónica (1846), por Ary Scheffer

San Agustín y santa Mónica (1846), por Ary SchefferAry Scheffer

Esta religión universalista había surgido en Persia un siglo atrás, recibiendo influencias tanto cristianas y gnósticas como de las religiones orientales, budismo incluido, y lo que fundamentalmente planteaba era un dualismo entre el bien y el mal. Se mantuvo en esta doctrina durante nueve años, mientras continuaba con su formación filosófica, que posteriormente pasó a ejercer de manera profesional.

Abrió una escuela de gramática en su ciudad natal, Tagaste, y posteriormente se trasladó a Cartago para enseñar retórica. En el año 383, encontrándose insatisfecho con su puesto, decidió trasladarse a Roma, y allí, a través de sus amistades con los maniqueos, logró ponerse en contacto con el senador pagano Símaco, gracias a cuyo apoyo obtuvo la cátedra de retórica en Milán, a donde se trasladaría al año siguiente.

Ya antes de abandonar Cartago había empezado a manifestar una actitud escéptica hacia el maniqueísmo, que no lograba satisfacer por completo su interés filosófico, y en Roma daría con una nueva doctrina que finalmente abrazará en Milán: el movimiento que la historiografía posterior ha venido en llamar Neoplatonismo, y que encuentra sus raíces en los escritos del filósofo tardoantiguo Plotino. Ambrosio, el obispo de Milán, primero rival, pero muy pronto íntimo amigo, será quien dé a leer a Agustín los escritos neoplatónicos que formarán parte de una larga trayectoria en el pensamiento del joven filósofo, culminando con su conversión definitiva al cristianismo en el año 386.

San Agustín y el arte de recordar

Según la teoría platónica, conocer es lo mismo que recordar. Esto, claro está, es inseparable de la concepción platónica de la persona humana como dos realidades separadas, dos unidades, cuerpo y alma. El alma, según esta creencia dualista, tenía una existencia previa, independiente del cuerpo, cuando habitaba en el mundo de las ideas; después, cae en el mundo sensible y queda encerrada en el cuerpo. Así pues, conocer es realmente recordar, puesto que, aunque uno crea estar aprendiendo cosas nuevas, en realidad todo conocimiento verdadero es traído de vuelta a la mente, desde el lugar donde se encontraba olvidado. El recuerdo, por tanto, se lograría principalmente mediante el diálogo filosófico.

San Agustín de Philippe de Champaigne, Museo de Arte del Condado de Los Ángeles

San Agustín de Philippe de Champaigne, Museo de Arte del Condado de Los Ángeles

Y bien, ¿qué pueden mostrarnos los escritos de Agustín acerca de la memoria? Pues, en primer lugar, podemos destacar que se trata, sin duda, de uno de los temas a los que el filósofo tardoantiguo prestó más atención. Y, en segundo lugar, podemos observar en él una clara evolución conceptual, acorde con el cambio que tuvo lugar en su sistema de creencias personal, desde sus primeros escritos, en los que acepta claramente la doctrina platónica de la reminiscencia, hasta las obras de su madurez, en las que rechaza casi todos, los rastros de esta doctrina, a pesar de que ésta, claramente, ha dejado una huella en la articulación de su pensamiento.

Si echamos un vistazo a sus Soliloquios, una obra que escribió a las puertas de su conversión, vemos con claridad que Agustín cree en la existencia del alma precedente a su existencia en el mundo. Vemos aquí de manera absolutamente explícita la correspondencia platónica entre aprendizaje y recuerdo. Y en El libre albedrío, un par de años posterior, ya vamos viendo una cierta transición; aquí se percibe algo de duda.

Estas nociones contrastan fuertemente con los escritos más tardíos de Agustín, donde rechaza clara y tajantemente las doctrinas platónicas y atribuye el conocimiento innato a la iluminación divina.

'Las Confesiones', su obra más célebre

Pero ¿qué hay del Agustín que escribió su más célebre obra? En Las Confesiones, escritas unos diez años después de su conversión, Agustín narra sus memorias de una manera nunca vista anteriormente; esta obra es ampliamente considerada como la primera autobiografía en el sentido actual y occidental del término, pero es que además de narrarnos su vida y su proceso en la búsqueda de la verdad, se trata en sí de una obra, literalmente, acerca de la memoria.

En este sentido, aparte de recoger sus recuerdos, la estructura de Las Confesiones sirve a la triple funcionalidad que, de acuerdo con Agustín, tiene la memoria: en primer lugar, el rol relativamente simple de retener recuerdos de experiencias pasadas, pero también las tareas mucho más arduas de sujetar las realidades presentes e incluso de anticipar el futuro. Pues bien, respondiendo a nuestra pregunta inicial, no queda muy claro cuál es la postura de Agustín en este momento respecto a la posible preexistencia del alma antes del nacimiento. Se trata de una obra de transición, en la que Agustín transferiría esta reminiscencia platónica a un supuesto estado paradisíaco de la humanidad anterior a la caída de Adán, que queda «inscrito» por así decirlo en cada ser humano.

Además de narrarnos su vida y su proceso en la búsqueda de la verdad, se trata en sí de una obra, literalmente, acerca de la memoria

San Agustín, aunque ya no sea neoplatónico, cree firmemente que al menos hay algo innato en la memoria del ser humano, y es la noción de felicidad. La noción, ojo, no la felicidad como tal, no su experimentación. Pero es una noción innata porque no procede de la experiencia, no es una vivencia pasada que haya entrado por los sentidos (pone como ejemplo Cartago: aunque ya no vive allí, se acuerda de su existencia) y tampoco es algo aprendido como las artes o las matemáticas. Es una noción que vive en nuestra memoria. Entonces, ante la pregunta de cuándo hemos conocido la felicidad como para añorarla, llega a la siguiente conclusión: la felicidad es gozar Dios, por Dios y para Dios (C. XX 22- 32), y si Dios es la verdad, entonces la felicidad es alegrarse en la verdad (de veritate gaudium). Así pues, Agustín resuelve su búsqueda; ya sabe dónde encontrar a Dios, y también resuelve el misterio de dónde procede la noción de felicidad: siempre que la persona ha estado ante la verdad.

La educación en la Antigüedad Tardía

Finaliza con una afirmación que no deja lugar a dudas sobre su creencia en la preexistencia de estas nociones en la mente humana. Son líneas que pueden resultar ambiguas, pero no son datos personales, sino que de acuerdo con su creencia se aplican a todo el género humano, es decir, que todo el mundo tendría este set de nociones en su mente, y la exposición o no a determinadas verdades sería lo que podría iluminarlo.

Lo más interesante que nos ofrece este filósofo y que queda plasmado de manera paradigmática en las Confesiones, es el ambiente de radical cambio de mentalidades que se dio, sobre todo en las provincias occidentales, durante los siglos cuarto y quinto.

Un cambio motivado por la introducción de una nueva fe en las esferas intelectuales, que sin embargo no terminó de sustituir los esquemas que existían previamente en los círculos de estudiosos. En esta obra, que es un auténtico testimonio sociológico, se nos dibuja un ambiente en que vemos algunas de las ciudades más pujantes del Mediterráneo, como Cartago, habitadas por personajes dispares: de un lado, filósofos y pedagogos venidos de otras ciudades para enseñar, y de otro, sus discípulos, normalmente de clase alta.

Estos discípulos podían ser tanto paganos como cristianos, pero al acceder a la educación siempre eran puestos en contacto con el espíritu de la cultura clásica y pagana; en primer lugar, el idioma griego, por supuesto, pero también los mitos, la religión, y las filosofías, sobre todo la neoplatónica, de la que vimos a Agustín prendado, aunque después dejase de adherirse a sus doctrinas.

Es cierto que el Agustín ya anciano sermoneaba contra el ambiente estudiantil que él mismo había vivido y conocido de primera mano, por considerarlo frívolo desde su perspectiva ya plenamente cristiana. Pero, aunque Agustín lo recuerda desde una atalaya distante, no deja de ser cierto que precisamente esta crítica nos permite constatar la fuerte presencia del paganismo en los ambientes educativos del momento, y también, claro está, la ebullición cultural que se estaba produciendo, al coincidir en una misma ciudad profesores venidos de lejos, normalmente con necesidades económicas, estudiantes jóvenes y ricos, distintos grupos religiosos, filósofos politeístas y maniqueos que estaban en contacto directo con obispos y círculos episcopales. Las promociones sociales aristocráticas que se habían dado de manera tradicional convivían con los inicios del ascetismo y de clases pudientes que vendían sus bienes para despojarse de ellos por motivos religiosos.

Todo ello generaba las condiciones adecuadas para que el encuentro cultural produjese tensiones y personajes dispares, pero poco a poco todo se fue homogenizando, sobre todo a partir de la identificación del cristianismo con el poder, en buena medida gracias a la fragmentación imperial. Este cambio de mentalidad y de adhesión religiosa, unido al proceso de homogenización, también vería sus frutos en la vertiente educativa; podemos hablar de una conversión educativa en el mismo momento en que individuos como Agustín, que en aquel momento eran los máximos exponentes de la retórica, y como él muchos otros profesores, pasasen de la paideia a las escuelas episcopales y monásticas, para las cuales este momento sería tan solo el inicio de toda una larga trayectoria, que se habría de desarrollar a lo largo de los siglos venideros.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas