Fundado en 1910
La gesta de la Muerte y Resurrección del Cristo Legionario: Mena y Los Palma

La gesta de la Muerte y Resurrección del Cristo Legionario: Mena y Los Palma

Grandes gestas españolas

La gesta de la Muerte y Resurrección del Cristo Legionario: Mena y Los Palma

Lea y escuche el relato semanal de El Debate

Una de las imágenes más emocionantes y sobrecogedoras de la Semana Santa española es contemplar cómo los Caballeros legionarios portan el Cristo de la Buena Muerte de Málaga y oírles entonar El novio de la muerte, un cuplé de taberna que la Legión ha convertido en homenaje y recuerdo a sus camaradas caídos. Quien lo presencia percibe el fuerte vínculo, forjado durante casi un siglo, entre este Cristo y la Legión.

Los Caballeros legionarios portan el Cristo de la Buena Muerte de Málaga

Los Caballeros legionarios portan el Cristo de la Buena Muerte de Málaga

La imagen es conocida como el Cristo de Mena, aunque no todos saben que el Cristo que contemplan no es el de Mena. O sí lo es, porque, aunque la talla actual es obra de Palma Burgos, ambos Cristos son uno, unidos indisolublemente por una historia de tragedia y odio, pero también de tradición y fe.

Los orígenes: África, Málaga y un patronazgo emblemático

Su unión nos retrotrae a la Guerra del Rif. Fundada en 1920 por José Millán-Astray bajo el nombre de Tercio de Extranjeros, la Legión fue la unidad que sostuvo los combates más arriesgados. Salvó miles de vidas de jóvenes españoles, dejando en el suelo de África innumerables muertos y heridos. Por su heroico comportamiento, los mandos quisieron encomendarse oficialmente a un Protector.

En 1925 presidían la procesión del Cristo de la Buena Muerte el jefe del Estado, Miguel Primo de Rivera, acompañado por el general Sanjurjo y el coronel Francisco Franco, entonces al mando del Tercio de Extranjeros. En 1927 tuvo lugar la primera guardia legionaria ante el Cristo y, en 1928, fue declarado patrón espiritual de la Legión. El Cristo, encarnación máxima del sacrificio y de la aceptación serena de la muerte, parecía estar diseñado desde siempre para reflejar el espíritu de una unidad que había hecho del valor su seña de identidad.

Primera jura de la Legión en el Tarajal

Primera jura de la Legión en el Tarajal

Tres años más tarde, un Jueves Santo de 1930, ante una exultante Málaga, la Legión desembarcaba por primera vez en su puerto y portaba al Cristo en procesión, inaugurando una tradición que desde el primer instante se percibió destinada a ser eterna.

Fin de la monarquía y II República: la orgía de violencia

Sin embargo, el Jueves Santo siguiente, el Tercio regresó a Málaga y, en algunos puntos de la ciudad, escucharon silbidos, frases insultantes y vieron puños en alto alzarse sobre el nivel de las cabezas. Eran negros presagios, pero nadie podía imaginar que sería la última vez hasta 1943.

Catafalco y Cristo con los legionarios en 1931

Catafalco y Cristo con los legionarios en 1931

Doce días después de aquel funesto Jueves Santo, el 12 de abril de 1931, unas elecciones municipales desencadenaban el fin de la monarquía. Muy poco después, Madrid y otras ciudades sufrirían una orgía de destrucción, fuego y violencia. Málaga vería desaparecer para siempre gran parte de su extraordinario patrimonio artístico, religioso, cultural y documental, acumulado durante siglos.

Fueron quemados y asaltados el Palacio Episcopal y hasta cuarenta edificios entre asilos, colegios religiosos, iglesias y conventos. En aquella vorágine ardían sin remedio, víctimas del odio, dos mil imágenes, muchas de ellas obras maestras irremplazables. La primera iglesia atacada y prácticamente derribada fue la de Santo Domingo, porque fueron directamente a por la imagen del Cristo de la Buena Muerte de Mena. Según Jiménez, consideraron que destruyendo un símbolo tan identitario desaparecería la Semana Santa de Málaga.

Imagen de la quema de la iglesia de Santo Domingo

Imagen de la quema de la iglesia de Santo Domingo

¡A por el Cristo de Mena! ¡A echarlos al fuego!

Conviene recordarlo: no fue durante la guerra, como a veces se dice disculpándolo. Ni tampoco —como retransmiten algunos locutores y escriben ciertas guías— «ardió», como si se hubiese incendiado de forma fortuita o por combustión espontánea. Se evita así mencionar que, en realidad, fue quemado, con premeditación y alevosía, por desenfrenadas hordas de izquierda. Para el Cristo, parece no haber memoria histórica.

Cristo de Mena

Cristo de Mena

Hacia las tres de la madrugada del día 12, una turba capitaneada por el concejal comunista Andrés Rodríguez se dirigió al convento. Iba acompañado de miembros de las juventudes de su partido y socialistas. Al percibir sus intenciones, varios hermanos de la Congregación intentaron poner a salvo las imágenes de las Vírgenes de la Soledad y la Esperanza, y del Dulce Nazareno del Paso, ocultándolas en los sótanos situados bajo los altares.

—¡Aquí han guardado los santos…! ¡Vamos a echarlos al fuego! —exclamaron, felices.

Acudieron otros y, entre todos, sacaron las imágenes para arrojarlas a una inmensa hoguera que habían formado en el patio de la iglesia con muebles, cuadros y enseres varios.

Nazareno de Málaga, también pasto de la furia anticlerical en 1931

Nazareno de Málaga, también pasto de la furia anticlerical en 1931

En medio del caos, dos muchachos lograron rescatar parte de la Virgen de la Esperanza y la escondieron en una droguería cercana. Otros cofrades consiguieron poner a salvo a la Virgen de la Soledad y a la del Rosario, sacada por una ventana y envuelta en una sábana.

La nave central del templo era ya un esqueleto humeante, y en ese escenario de devastación se inscribiría una de las páginas más conmovedoras de la historia de la imaginería española: la intervención del escultor antequerano Francisco Palma García.

Altar destrozado de la Virgen de Belén de Málaga

Altar destrozado de la Virgen de Belén de Málaga

La intervención del escultor Palma Burgos

El artista, vecino de Málaga y devoto de la Congregación, era autor del trono del Cristo de la Buena Muerte, estrenado en 1916. Enterado con horror de lo que sucedía, y arriesgando su propia vida, entró en la iglesia para salvar a su Cristo de Mena. Vio que un salvaje entraba en la capilla, abría la verja, subía por la mesa del altar y empezaba a flagelar al Cristo. Cuentan que el individuo gritaba: «¡Ahora que vengan los legionarios a darte guardia!».

Palma se enfrentó a él, y el hombre, con furia, intentó golpearle la cabeza con un palo, pero descargó sobre la pierna del Cristo. Al romperla, hizo saltar el clavo. Ese instante lo aprovechó Palma para hacerse con aquella pierna, que escondió entre su gabardina.

La Pierna original del Cristo de Mena

La Pierna original del Cristo de Mena

En ese momento aparecieron soldados del regimiento de Málaga, que lograron desalojar el templo, lo acordonaron y prometieron proteger la iglesia. Palma comenzó a retirar los bancos, vitrinas y reliquias que había en la capilla; la dejó limpia de madera para que el fuego no se comunicara y cerró la verja. Buscó desesperadamente a alguien que le ayudara a descolgar el Cristo. El humo era denso e irrespirable. Salió a la calle y se dirigió a Ramírez, jefe de bomberos, a quien, llorando, pidió dos hombres.

Se amarró un pañuelo como los bomberos y, entre llamas y astillas rotas, entró de nuevo en la capilla. Ayudado por Ramírez, descolgó al Cristo, le desmembró los brazos y, pegándolos al cuerpo, lo envolvieron en un manto.

Cubierta del libro de José Jiménez Guerrero

Cubierta del libro de José Jiménez Guerrero

Pero, asombrosamente, poco después se ordenaba a las fuerzas armadas que abandonasen los templos. Y, al ver la iglesia desprotegida, los violentos irrumpieron de nuevo. Aquel soberbio Crucificado —obra cumbre de la imaginería española— desaparecía, pasto de las llamas. Cuentan que la turba incluso hizo un corro y bailó, cual aquelarre alrededor de la hoguera, una imagen que tan bien captó el artista también andaluz Soria Aedo, en su sobrecogedora Turba sin Dios.

Turba sin Dios

Turba sin Dios

Palma Burgos relató la llegada de su padre a casa:

«Papá venía mojado, roto y oliendo a humo. Yo, que tenía trece años, lo apoyé como pude. Le enseñaba algo a mamá que a mí me escondía; pude ver, con esa curiosidad de niño, un trozo de madera astillado y tronchado. Lo besaba como si fuera una reliquia; lavó la ceniza de la policromía con sus lágrimas.

—¡El Cristo! ¿Qué Cristo? —decía mamá.

—El nuestro, el de Mena.

Mamá lo abrazó y lloraron juntos. Yo no dormí».

Surgieron leyendas: que el principal instigador de la turba, un hombre negro y armado con un hacha, había quedado ciego poco después; o que alguien misterioso había rescatado al Cristo en el lapso entre la llegada y la retirada de los soldados. Pero, desgraciadamente, no fue así. Solo se conservó la pierna que salvó Palma y un pie casi carbonizado, donde aún se aprecia el hueco del clavo y dos dedos.

La parte del pie con el clavo

La parte del pie con el clavo

La actitud de Azaña y los responsables de la barbarie

Uno de los principales responsables de aquella noche de destrucción y profanación fue el general gobernador militar de Málaga, Juan García Gómez-Caminero, de reconocida filiación masónica y de quien se ha escrito que llegó a entregar a las turbas una lista con lo que debía incendiarse, mezclándose incluso con los asaltantes y pirómanos. Su desfachatez alcanzó el límite cuando envió un telegrama a Manuel Azaña: «Ha comenzado el incendio de iglesias. Mañana continuará». Aunque fue cesado por lo ocurrido, ascendió a general de División y posteriormente a general jefe de la División Orgánica n.º 2 de Sevilla, uno de los cargos más altos del país.

No fue el único. En todas las ciudades que sufrieron estos ataques, rara vez las autoridades republicanas intervenían. Azaña se oponía a que las fuerzas del orden frenaran los incendios: «Todos los conventos de España no valen la uña de un republicano», dijo en una frase que lo retrató para la historia.

Cartel de la Semana Santa de Málaga en 1931

Cartel de la Semana Santa de Málaga en 1931

No comprendieron lo que aquello significaba para la naciente II República. Con la quema de iglesias y conventos, la España católica vio cómo sus símbolos más profundos y existenciales eran atacados sin piedad. En aquellas hogueras injustificables ardió también el espíritu de convivencia de una república lastrada desde su origen por el rencor y el sectarismo ante una España que no se resistía a morir.

El nuevo encargo. No podía ser otro: Palma Burgos

Durante la guerra, congregantes de Mena fueron amenazados, perseguidos y asesinados por el llamado terror rojo. Y, al terminar la contienda, un grupo sufragó —treinta mil pesetas— la realización de un nuevo Cristo de la Buena Muerte. El encargo no podía recaer en otro: Francisco Palma Burgos, hijo del recordado Francisco Palma, fallecido en 1938.

Francisco Palma García y Francisco Palma Burgos

Francisco Palma García y Francisco Palma Burgos

Pese a su juventud —apenas 21 años— ya era académico, poseía una sólida formación artística y asumió con audacia el complicado reto de reconstruir la imagen perdida. Se enfrentaba a un desafío no solo técnico, sino espiritual. El resultado fue una obra sublime, con ligeras variaciones iconográficas. En los pies incrustó un clavo del Cristo de Mena salvado de la quema, y se basó en las medidas de la pierna rescatada bajo la gabardina de su padre.

Palma padre e hijo ante el grupo escultórico de La Piedad

Palma padre e hijo ante el grupo escultórico de La Piedad

Y entonces surgiría, para algunos, el milagro; para otros, la gesta del artista. El Cristo de Mena —aquel que la turba arrojó a la hoguera entre risas, blasfemias y odio— renacía. El Cristo era algo más grande, más solemne: llevaba la impronta del hijo y la del padre, pero en él latía intacta la obra y el espíritu de Mena. Algunos congregantes llegaron a afirmar que parecía que hubiese guiado su gubia desde el cielo. No estaban ante una copia ni ante una nueva creación: volvía de las cenizas, y era una resurrección.

Palma Burgos tallando el Cristo

Palma Burgos tallando el Cristo

La gesta colectiva

El Cristo, en 1942, regresó a las calles de Málaga. Y un año después, el Jueves Santo, en un estallido de fervor y gratitud, procesionaba ya con los Caballeros Legionarios. No alzaban solo una talla: alzaban una victoria moral, una continuidad salvada del fuego, un desafío luminoso frente a la barbarie. En aquel instante, los dos Cristos —el destruido y el resucitado— se hicieron uno, y Málaga supo que ninguna hoguera, ningún odio, podría jamás borrar al Cristo que el pueblo amaba. Lo llamó Cristo de la Buena Muerte, Cristo de Mena o Cristo de Palma, pero no de un Palma, sino de dos.

Semana Santa de 1942 en Málaga

Semana Santa de 1942 en Málaga

Y de esta confluencia irrepetible surgiría la gesta compartida: el genio de Mena, el valor de Palma García, el pulso creador de Palma Burgos; el sentimiento profundo de Málaga, y la devoción ardiente de la Legión. Porque cada Jueves Santo, cuando el Cristo camina con sus legionarios, no desfila una imagen.

Cristo de Mena

Se alza un puente vivo entre memoria y destino: Málaga, Mena, los Palma, la Legión y su Cristo de la Buena Muerte: mito y paradigma, por los siglos de los siglos, de una de las tradiciones más intensas y simbólicas de la Semana Santa española.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas