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16 de junio de 2024

General Juan Prim. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau

General Juan Prim. Obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Cuando el general Prim paró los planes franceses de establecer una monarquía en México

El general Prim estuvo al mando de una expedición internacional (España, Francia e Inglaterra) cuyo objetivo era establecer en México un gobierno estable y cobrar la deuda

Hay varias explicaciones para comprender la actividad militar exterior de España durante el final del reinado de Isabel II. Todas ellas tienen algo de cierto. La superación, mediante empresas comunes, de las divisiones internas al acabar las guerras carlistas; la distracción a las crisis internas; el deseo de recuperar importancia en las relaciones entre naciones y una lógica bélica en la resolución de conflictos entre países.

En 1857 las tropas del coronel Palanca, enviadas desde Manila, ayudaron a los franceses a conquistar Indochina sin obtener ninguna ventaja; en 1861 se admitió la anexión de Santo Domingo pedida por sus habitantes, que acabó pronto por el régimen de corrupción; en 1863 se produjo la absurda Guerra del Pacífico contra Chile, Perú, Ecuador y Bolivia.

En esta política, como en todas las que le correspondieron a su vida, tuvo un papel importante el general Prim. Primero en Crimea, con los franceses frente al zar que había apoyado a los carlistas. Fue al frente de una comisión que debía preparar la llegada de una futura expedición de unas veinte mil hombres al mando de Zavala. No dio tiempo a enviarla, pero Prim dirigió con brillantez Tutrakan a la artillería rusa.

Una expedición internacional

Después en África en 1859, cuando acudió con el Ejército de O’Donnell al frente de un regimiento de voluntarios catalanes. La arenga a sus tropas en Castillejos fue determinante para la continuación de la guerra. Más tarde fue enviado a México al frente de la parte española de la expedición que formaban con franceses e ingleses. Prim era un conspirador nato y cuando estaba en España era temido por sus oponentes y partidarios de la misma manera. Así que no era extraño que lo tuvieran alejado en aventuras que lo convirtiesen en un héroe romántico susceptible de ser protagonista de una serie de televisión.

La etapa que siguió a la independencia en México no fue un camino de rosas. La incapacidad para la administración de los nuevos gobernantes llevó al país a un endeudamiento enorme. A partir de 1857 se añadió la peste de la guerra civil con la sublevación de Juárez. Los conservadores mexicano firmaron en París el Tratado de Mon-Almonte (nombre de los dos embajadores) que reconocía las deudas a españoles que ya había certificado Santa Anna en 1853. Además se añadió las indemnizaciones por el asesinato de cinco hacendados españoles. Juárez rechazó el acuerdo y las relaciones entre los dos países volvieron a enfriarse.

El avance de Juárez obligó a los conservadores, que hasta entonces gobernaban, a exiliarse en París. En 1861, el gobierno mexicano suspendió el pago de la deuda extranjera. El presidente del Consejo O’Donnell comenzó a barajar una intervención armada en el país americano junto con el general Serrano, jefe del Ejército. Se decidió enviar 6.000 hombres y una escuadra desde el apostadero de La Habana. Francia e Inglaterra, que tenían similares contenciosos con México, se unieron a la aventura. La colaboración se plasmó en el Tratado de Londres, de 31 de octubre de 1861. Los europeos creían que la lucha intestina entre Juárez y Miramón había debilitado a los mexicanos.

La deslealtad entre los aliados

Y aquí entre de nuevo en juego el general Juan Prim y Prats como comandante de la fuerza expedicionaria y ministro plenipotenciario para las cuestiones diplomáticas, ya que uno de los objetivos de la expedición internacional era establecer en México un gobierno estable. Prim, por su carrera política y militar, era un hombre adecuado a la situación. Había alcanzado un buen patrimonio a la manera española que decía Machado, por matrimonio con la hija de una de las grandes fortunas del país americano y algunos vieron en su intervención un interés particular.

Cuando Prim llegó a La Habana, las tropas españolas ya habían partido. En enero de 1862 el general desembarcó en Veracruz. No solo los españoles estaban descoordinados. Franceses e ingleses separaron las misiones militares de las diplomáticas y, además, el emperador francés ocultaba sus deseos de intervenir en el país, destituir al gobierno y colocar un emperador títere. Juárez decidió negociar antes que enfrentarse en el campo de batalla. Proponía convenios pero demoraba la culminación, ganaba tiempo frente a ejércitos expedicionarios mal preparado para el país. Los gastos eran caros y los soldados europeos caían víctimas del vómito negro.

Prim se dio cuenta enseguida de lo inoportuno de la expedición y las pocas posibilidades de éxito. Conocía muy bien la política mexicana y aprovechó que González Echevarría, el ministro de Exteriores de Juárez, era tío de su mujer para tratar de llegar a un acuerdo pacífico. Prim no iba a hacer la guerra, sino a consolidar un gobierno estable en el país y lograr el cobro de la deuda. En esa misma posición parecían estar los ingleses, pero los franceses se mostraban más intransigentes. Prim, en nombre de los tres países europeos, había logrado un acuerdo con el ministro Doblado en La Soledad el 10 de febrero de 1862.

No fue fácil cumplirlo. Por una parte, los franceses no querían esa paz; por otra, los conservadores mexicanos, representados por el general Almonte recién llegado de París, trataban de derribar a Juárez a toda costa y se reunieron con Prim para ese fin. El español supo por Almonte, al que conocía de su exilio parisino, que los franceses preparaban el envío de otro contingente de 4.000 hombres con el fin objetivo secreto de colocar a Maximiliano de Austria como emperador de México. Juárez, con tantos problemas financieros, impuso una tasa a los europeos residentes y un empréstito forzoso a seis casa de crédito, tres de ellas de españoles (una de las cuales era de la familia de la mujer de Prim). El acuerdo firmado se volvía casi imposible de ejecutar.

Prim decidió entonces que lo mejor era retirar las tropas españolas. No gustó la decisión ni a Serrano, que mandó en vano a Gasset para sustituir a Prim, ni a O’Donnell. El apoyo de la reina lo salvó. Los franceses, con el mexicano Almonte, abandonaban Veracruz para encaminarse a la capital. Prim fue prudente. Los hechos posteriores con la intervención francesa en el país, le dieron la razón. Los ingleses también dejaron el país. La aventura no estaba basada en la lealtad entre aliados.

Los enemigos del general catalán acusaron a Prim de haber ganado una guerra particular. El 1 de abril se disolvió en la ciudad de México la sociedad Agüero González, de la cual el 35 % correspondía a su suegra y a su mujer.

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