Winston Churchill
60 años sin Churchill
Disenso presenta a Churchill como «estandarte del pensamiento conservador» en la Europa del siglo XX
La Fundación Disenso publica un informe con motivo del 60º aniversario de la muerte de Winston Churchill en el que recorre la vida de uno de los políticos más relevantes del siglo XX
Bajo el título Winston Churchill: La vanguardia conservadora en Europa, la Fundación Disenso hace un repaso por los momentos clave en la vida de uno de los políticos más relevantes del siglo XX. Desde su temprana vocación política poniéndose al servicio del Imperio británico, pasando por la guerra en Cuba, hasta su papel en la Segunda Guerra Mundial, los autores del documento extraen una serie de lecciones de la vida de esta figura que marcó el rumbo del siglo pasado.
Para el historiador Juan Manuel Sayago Guzmán, Churchill «fue un estadista elocuente y expresivo, un orador contundente, belicoso y embelesador, con un sentido del humor único, y clave para guiar a su país en las horas más oscuras y bajas, incitando a los británicos a resistir, luchar y vencer». Su carácter y carrera política se configuraron en «la conciencia de servicio público» y en la admiración a su padre, lord Randolph Churchill, de quien imitó «sus pausas retóricas y su característica pose a la hora de dar discurso», advierte Sayago Guzmán.
Además, «su espíritu patriótico y la gran veneración que le inspiraba la historia de Gran Bretaña le llevaron a vivir en primera persona lo que era la guerra». El joven Churchill realizó su primera misión como oficial británico en Cuba, que por entonces vivía una insurrección que acabaría en independencia. Su trabajo allí era de observador militar, aunque acabó acompañando a las tropas españolas.
Su contacto con los españoles ayudó al joven oficial británico a «formar su mentalidad imperial», según destaca Jorge Álvarez Palomino, quien indica que Churchill fue «testigo y protagonista de la desaparición del Imperio británico, a que dedicó su vida, pero no pudo salvar».
Como era común en Gran Bretaña, la simpatía de Churchill se inclinaba vagamente hacia los mambises, pues «la visión de España seguía influida por la Leyenda Negra» y se consideraba que los rebeldes «estaban luchando por su libertad contra un gobierno español cruel e incompetente», explica el historiador. Sin embargo, «el trato con los oficiales españoles cambió su opinión» y «entendió que los militares españoles veían la guerra en Cuba como una lucha por ‘preservar la integridad’ del país».
De esta manera se perfilaba su visión imperial, al comprender que, para España, Cuba no era un territorio dominado sino una parte integral de la nación: «Estas otras naciones tienen los mismos sentimientos por sus posesiones que nosotros en Inglaterra hemos tenido siempre por las nuestras», llegó a escribir Churchill.
Pero su contacto con España no terminó: «Churchill se consideraba un hispanista por amor», subraya Zoe Valdés. Un amor que comenzó en Cuba, a la edad de 21 años y que con el tiempo le llevaría a observar el país «con atención de estudioso» por su ubicación geopolítica y por su historia.
«No había llegado a Downing Street y se preocupaba por la Segunda República, dudaba del régimen republicano, dudaba de que fuese una democracia liberal», observa la escritora cubana. Una vez instalado en Downing Street el ya primer ministro británico «anhelaba una España neutral, con la intención de no perder el control británico sobre Gibraltar» por ello no podía permitir que Franco entrara en el bando del eje. A pesar del amor que profesaba a España, Churchill «como político y como negociador», también expresó «que le había provocado a España todo el daño que había estado a su alcance», comenta Valdés.
«Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor»
Con todo ello, Winston Churchill «contribuyó de forma decisiva a la configuración de la sociedad internacional del siglo XX», y no sólo eso, sino que «fue estandarte del pensamiento conservador y de la batalla cultural contra las ideologías totalitarias del nazismo y del comunismo», según juzga el historiador Rubén Herrero de Castro.
«No tengo más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor... Hacer la guerra contra una tiranía monstruosa», manifestó Churchill tras sustituir a Chamberlain. Así, el político, militar, escritor y estadista británico guio a su país a la victoria durante la Segunda Guerra Mundial y defendió con firmeza «las palaras libertad, democracia y liberación» cuando las democracias europeas atravesaban sus peores momentos tras la guerra, según señala Sayago Guzmán.
Una vez derrotado el nazismo, el gran estadista advirtió de «amenaza igualmente malvada»: el comunismo. Y en 1940 reparó en que «Europa, desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático» había «caído sobre el continente una cortina de hierro». Tras estas palabras fue «catalogado como reaccionario y belicista y acusado de ignorar el esfuerzo de guerra soviético», indica De Castro.
En esta situación el historiador encuentra un paralelismo con la actualidad: «La historia se repite, hoy en día, quienes defienden su patria y el sentido común, la libertad, la vida y la propiedad, reciben el calificativo de extrema derecha, expresado como un mantra vacío que sólo encuentra eco, por estar apoyado de forma ciega (y recompensada) por medios de comunicación postrados ante agendas siniestras», sentencia.
Primer ministro inglés Winston Churchill en 1953
Finalmente, Churchill abandonó la política por motivos de salud en 1955, y falleció en 1965, «dejando un inmenso legado como conservador, hombre de Estado y escritor», considera.
El informe concluye extrayendo las siguientes lecciones: «No dejar de tener valores porque entonces tendrás precio. No abandonar tu patria a su suerte, porque solo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria. Y claro, combatir por las causas bellas porque si lo haces, te acompañarán los dioses fuertes. Puedes perder, pero nunca dejar de combatir… sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas, recordad».