Artillería piamontesa durante el asedio
El Borbón que quería morir con sus soldados: la épica historia del asedio de Gaeta
«Los reyes que parten rara vez regresan al trono, si un rayo de gloria no ha dorado su desgracia y su caída», expresó Francisco II de las Dos Sicilias
Hace menos de doscientos años la Península italiana se encontraba dividida en siete estados. Uno de los más antiguos de estos era el plurisecular Reino de Sicilia o Nápoles, renombrado en 1816 como Reino de las Dos Sicilias.
En noviembre de 1860 toda la historia de este reino parece llegar a su fin. Meses atrás, en septiembre para ser exactos, Garibaldi y sus seguidores habían entrado triunfalmente en la capital napolitana. La situación, que, aunque complicada aún parecía salvable, se agravó definitivamente en octubre cuando el ejército de Víctor Manuel II cruzó la frontera del reino sin previa declaración de guerra.
Francisco II, el joven rey de las Dos Sicilias, había cometido el error de dar cabida en su Consejo a ministros liberales que no tardarían en apuñalarle por la espalda, al igual que varios generales partidarios de la unificación.
Francisco II de las Dos Sicilias
A su vez, su admirable carácter humanitario había sido tachado de excesivo por muchos de sus partidarios. El propio soberano llegó a comentar: «Entre conspiraciones continuas no he hecho derramar una gota de sangre, y han acusado a mi conducta de debilidad. Si el más tierno amor por mis súbditos, si la confianza natural de la juventud en la honestidad de los demás, si el horror instintivo hacia la sangre merecen este nombre, he sido ciertamente débil».
Pese a las traiciones, gran parte de la oficialidad se mantuvo leal al rey junto con la inmensa mayoría de la tropa. Solo gracias a su notable superioridad artillera lograron los piamonteses hacer retroceder a un ejército que combatía con entusiasmo aun cuando todo parecía ya perdido.
Pronto los dominios del reino se vieron reducidos a tres fortalezas separadas por cientos de kilómetros entre sí; entre ellas Gaeta, la capital provisional.
El rey comunicó a sus hombres su decisión de combatir hasta el final por la patria y varios de los casi mil oficiales que se encontraban en la fortaleza le elevaron un juramento de fidelidad: «Queremos mostrar a Su Majestad y a toda Europa, que, si muchos de los nuestros mancharon con la traición y la cobardía el nombre del Ejército Napolitano, fue grande también el número de aquellos que se esforzaron por transmitirlo puro y sin mácula a la posteridad».
Grabado que representa el asedio de 1860-1861
El asedio dio comienzo el 13 de noviembre. El cuerpo de ejército asediante, comandado por el general Cialdini, comenzó a concentrar una ingente cantidad de artillería moderna frente a la plaza (166 piezas). Mientras que los napolitanos estaban dotados principalmente de artillería de ánima lisa, los piamonteses contaban con muchos cañones estriados que garantizaban un mayor alcance y precisión. Situándolos en el límite del alcance de la artillería enemiga pretendían ser capaces de causar estragos sin exponerse a muchos peligros.
Con todo, el envidiable adiestramiento del cuerpo de artilleros napolitano logró contrarrestar en cierta medida las deficiencias técnicas. Así, el 22 de enero la artillería de la fortificación actuó con un vigor que dejó estupefactos a los piamonteses, disparando 10.679 proyectiles que provocaron más de 100 bajas al enemigo y destruyeron su 16ª batería.
Cialdini respondió con 16.000 proyectiles que apenas causaron daños a las excelentes defensas enemigas. Pese a ello, era evidente que los asediados se quedarían sin recursos en algún momento. Tanto más cuando desde el 19 de enero la flota sarda bloqueaba el puerto de Gaeta una vez marchada la flota francesa enviada por Napoleón III como tibia muestra de apoyo a Francisco II.
Mapa de 1764 que muestra las poderosas murallas abaluartadas de la fortaleza de Gaeta (Joseph Roux)
En este contexto el emperador francés escribe al rey Francisco aconsejándole que pusiera fin a la resistencia. Sin embargo, la respuesta del Borbón fue tajante: «He perdido mis estados, pero no la confianza en Dios, ni en la justicia de los hombres; ahora mi único patrimonio es el derecho, y para defenderlo es menester que me entierre si es necesario bajo las ruinas humeantes de Gaeta».
Pero no sólo fue el rey quien sobresalió por su heroísmo. Su mujer, la reina María Sofia de apenas 19 años, pasó los días animando a los soldados en sus puestos combate en plena lucha y visitando a los heridos. Mientras que su hermano, el conde de Caserta, dirigió las operaciones de varias baterías de artillería.
Francisco II fotografiado con su esposa María Sofía hacia 1860
Con todo, la situación de los defensores era dramática. En Gaeta había estallado una epidemia de tifus que causará la muerte de más de 300 militares. Otras 300 muertes son las que se producen en solo tres días, a principios de febrero, como consecuencia del más intenso de los bombardeos de los asediantes que abre una brecha en las murallas.
La resistencia continúa durante una semana más, pero Francisco II era consciente de que «si mi deseo de soldado era defender con vosotros el último baluarte de la monarquía (…) mi deber de rey y mi amor de padre me obligan hoy a ahorrar una sangre generosa».
La rendición se efectúa el 13 de febrero. Cialdini negó cruelmente un armisticio mientras esta era negociada, y en el mismo día bombardea Gaeta, causando 100 muertes antes de cesar el fuego.
A la mañana siguiente, Francisco II subió a un barco francés, abandonando su reino para siempre. De camino a este consoló a los múltiples soldados que rompieron la formación y se acercaron llorando. «Viva il Re!» gritaron los héroes de Gaeta al saber que no volverían a gritarlo.
«Gracias a vosotros puede alzar la cabeza con orgullo vuestro soberano; y en la tierra del exilio, en que esperará la justicia del Cielo, la memoria de la heroica lealtad de sus soldados será la más dulce consolación de sus desgracias», sentenció el que fue rey de las Dos Sicilias.