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Guerra de Independencia de Argelia

Guerra de Independencia de Argelia

Así evacuó España a miles de nacionales atrapados en el caos argelino de 1962

El consulado general de España en Orán había previsto una repatriación directa a la península, y advertido a la comunidad española

La guerra de Argelia hizo evidente el fracaso final de la aventura colonial. Para Francia, Argelia era mucho más que una colonia. Ocupada desde 1830, había recibido una considerable inmigración de origen europeo, incluida España.

A finales de los años 50 se calculaba que había doscientos mil personas de origen español entre algo más de un millón de colonos europeos, los pied noirs. Entre ellos había varias decenas de miles que conservaban su nacionalidad original. Orán era una ciudad medio española. Baste decir que hasta tuvo plaza de toros.

El conflicto argelino fue también una guerra civil. Una parte significativa de la población musulmana tomó partido por la metrópoli. Unos porque rechazaban la sociedad marxista de partido único preconizada por el FLN. Otros, los numerosos voluntarios enrolados como auxiliares en las fuerzas francesas. Estos, y sus allegados, formaban un colectivo de más de un millón de personas amenazadas de muerte por el FNL.

El gobierno de De Gaulle se negó a protegerles, lo que supone una de las páginas más vergonzosas de la historia francesa. Alrededor de 150.000 fueron masacrados. Solo 90.000 consiguieron finalmente encontrar refugio en Francia.

De Gaulle aprovechó el cansancio de los franceses para hacer concesiones incomprensibles a los rebeldes en los acuerdos de Evián de marzo de 1962. Se firmó un alto el fuego previo a la independencia, para la que se fijó la fecha del 5 de julio siguiente, ante el asombro de los pied noirs y de los partidarios de Francia, que quedaban totalmente desprotegidos.

Soldados del Ejército de Liberación Nacional

Soldados del Ejército de Liberación Nacional

El alto el fuego, respetado escrupulosamente por el ejército francés, fue ignorado por los rebeldes. Estos ejercieron una terrible violencia sobre unas poblaciones que habían quedado prácticamente indefensas. Bandas del FLN asesinaban y secuestraban a mansalva. La evidencia ante lo que les esperaba hizo que la población europea desdeñara las falsarias declaraciones tranquilizadoras de los gobernantes franceses y buscara su salvación en la huida. El gobierno actuó con la mayor de las vilezas.

La gendarmería abandonó progresiva y discretamente sus responsabilidades y se redujo drásticamente el número de rotaciones de los barcos que salían de los puertos argelinos. Se trataba de evitar la llegada a Francia de una población incómoda para los dirigentes republicanos.

Intervención militar de España

En esta situación quedó atrapado un importante número de españoles, sobre todo en la zona de Orán. Se trataba fundamentalmente de pequeños propietarios muy ligados a sus explotaciones agrarias, trabajadas durante varias generaciones. Desconfiaban del gobierno, pero no podían creer que también iba a abandonarles el ejército francés, como finalmente sucedió.

Ante la inacción francesa, el gobierno español decidió proceder al retorno de sus nacionales. El consulado general de España en Orán había previsto una repatriación directa a la península, y advertido a la comunidad española. A finales de junio, muchas familias se trasladaron a la capital en convoyes protegidos, con sus vehículos cargados al máximo, con los bienes que pudieron conservar.

Dejaron atrás sus casas y las tierras que habían labrado. En definitiva, su vida. Los que optaron por huir de forma individual tuvieron un aciago destino. Fueron detenidos en los caminos, robados o incluso masacrados por bandas «incontroladas» ante la mirada indiferente de las autoridades francesas y la complicidad de los dirigentes del FNL.

Unos cinco mil españoles consiguieron llegar a Orán. Tres mil de ellos fueron amontonados en las ya abarrotadas zonas de embarque sin ningún tipo de asistencia. Rápidamente, se estableció una red de colaboración para compartir lo poco que habían conseguido salvar en beneficio de los más débiles: ancianos, niños y enfermos. Pero lo peor era la preocupación ante su incierto futuro. Francia había advertido que renunciaría al mantenimiento del orden público el 30 de junio y la fatídica fecha se acercaba amenazadoramente.

El Ministerio de Exteriores españoles había trabajado febrilmente para organizar la evacuación, sin encontrar ninguna colaboración francesa. Se enviaron dos barcos, el «Victoria» y el «Virgen de Africa», que llegaron el día 26. Se les dijo que nunca se autorizaría la entrada en el puerto de barcos extranjeros para llevarse «refugiados».

Las negociaciones continuaron en días sucesivos ante la desesperación de los españoles apiñados en el puerto. Finalmente, España decidió intervenir enviando dos barcos de guerra desde el puerto de Cartagena y poniendo en estado de alerta las bases aéreas de Albacete y San Javier. Se hizo con cierta discreción, pero se advirtió directamente a De Gaulle de la decisión de intervenir militarmente.

La llegada de los buques de guerra, con órdenes de intervenir a partir de las 12 de la noche del 30 de junio, hizo retroceder a los franceses. Finalmente, se autorizó la entrada de los buques españoles a las 10 de la mañana del temido día. Podemos imaginar las escenas de júbilo en el puerto y la rapidez con la que fueron embarcados los exiliados y sus pertenencias, incluso sus coches y camiones.

Son hechos poco conocidos, quizás porque estuvo a punto de producirse un grave incidente internacional. Una vez conseguido el objetivo inmediato, se extendió un tupido velo de discreción sobre lo ocurrido. Se ha extendido hasta nuestros días.

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