Retrato de Rodrigo Ponce de León
Quién fue Rodrigo Ponce de León, el noble díscolo que se convirtió en héroe luchando por los Reyes Católicos
Su figura fue recordada por sus hechos de armas, pero su decisión más importante fue pasar de noble díscolo medieval a leal defensor del engrandecimiento de la Monarquía, colaborando así en la construcción del Estado moderno
Hijo de Juan Ponce de León, conde de Arcos y señor de Marchena, fue educado en las rígidas normas del honor y de la cultura caballeresca bajomedieval. Con 17 años tuvo su bautismo de sangre en la batalla del Madroño, entre las tropas del príncipe granadino Muley Hacén y las escasas fuerzas castellanas al mando de Luis de Pernía, alcalde de Osuna.
La derrota musulmana fue clara y, en ella, el joven Rodrigo Ponce ofreció muestras de valor, al igual que en la conquista de Gibraltar en 1462, episodio bélico que supuso el cénit de la rivalidad entre las casas andaluzas de Arcos y Medina Sidonia, cuyo titular disputó al padre de Rodrigo el honor de la victoria.
Al fallecer el marqués en 1471, su hijo le sucedió en sus títulos y territorios, así como en su disputa con el duque de Medina Sidonia, Enrique de Guzmán, quien también había recibido la herencia de sus antepasados. Entre Rodrigo y Enrique se entablaron una serie de luchas que marcaron la historia de Andalucía en el último cuarto del siglo XV.
Ambos nobles ambicionaban el control de Sevilla, produciéndose, por ambos bandos, muertes, incendios, violencias y abusos de poder. Gracias a una serie de eclesiásticos que actuaron como mediadores, se impuso finalmente un acuerdo entre los dos nobles, que duró muy poco tiempo. Medina Sidonia obligó a huir a Ponce de León de Sevilla hacia Alcalá de Guadaíra, destrozando 1.500 casas de parientes y leales al conde de Arcos.
Este reaccionó tomando Jerez de la Frontera, donde había numerosos partidarios del duque. Para frenar esta violencia, se concertó de nuevo una breve tregua, que permitió a Ponce de León dirigir sus esfuerzos bélicos contra el enemigo musulmán, tomando la villa de Garciago.
La subida al trono de los Reyes Católicos supuso un cambio en las luchas entre las casas nobiliarias, pues Isabel y Fernando intentaron imponer la autoridad de la Corona por encima de la aristocracia. La reina potenció su papel arbitral en la disputa entre Medina Sidonia y Arcos, quien se entrevistó con ella y, de rodillas, le aseguró su lealtad incondicional.
Rodrigo Ponce de León había reflexionado entre continuar la lucha contra su rival o aceptar la autoridad real, esperando de forma pragmática las tradicionales recompensas por su fidelidad. Ante la falta de otro candidato firme al trono castellano y la actitud conciliadora de numerosos nobles, el conde de Arcos apostó por el segundo camino.
«El gran Don Rodrigo Ponce de León, duque de Cádiz», firmado Anto. Piçarro inv. Ilustración de Crónica de la excelentissima casa de los Ponces de León, de Pedro Salazar de Mendoza, Toledo, 1620
De esta manera, fueron perdonados todos los actos que hubiera cometido por deslealtad a la Corona. Se confirmaron sus privilegios y bienes, concediéndole los Reyes Católicos otros nuevos. A cambio, el marqués de Cádiz puso su espada al servicio de los monarcas durante la guerra de Granada (1482-1492), participando en la toma de Alhama, en el cerco de Loja, y venció al rey Muley Hacén en la batalla de Utrera con tropas muy inferiores, arrebatándole el gran botín que poseía fruto de sus incursiones andaluzas. Isabel y Fernando concedieron a Ponce de León el privilegio —para sí y todos sus sucesores— de recibir como regalo el vestido que llevasen los monarcas el día de la Virgen en septiembre.
Debilitadas las fuerzas musulmanas, Ponce de León tomó la villa de Zahar, mostrando una vez más su astucia y arrojo bélico, llegando a subir los muros de la fortaleza por medio de una escala, con gran peligro para su vida. Ello le valió la merced regia de la propia villa, elevada a marquesado, y el de Cádiz a ducado. En 1484 participó en la toma de las tierras situadas entre Málaga y Antequera, lo que supuso una gran victoria estratégica sobre el ejército granadino.
Por orden de Fernando el Católico, Ponce de León avanzó por la serranía de Ronda, llegando hasta la costa malagueña, y mejoró el cerco de la ciudad de Loja, que fue finalmente tomada, junto a Íllora. En agradecimiento, los Reyes Católicos le nombraron «capitán general de la frontera de los moros en el arzobispado de Sevilla y obispados de Córdoba y Málaga». A continuación, Fernando envió a Rodrigo a tierras murcianas para que tomara la ciudad de Vera, que los musulmanes le abrieron el 10 de junio de 1488.
Al año siguiente participó en las importantes conquistas de Baza, Almería y Guadix, apoyando siempre militarmente a sus monarcas, pero también económicamente, mediante préstamos para cubrir los gastos de la guerra.
Su fama alcanzó su punto álgido con el cerco de la ciudad de Granada, donde su papel fue muy destacado, según los cronistas. Alojó en su propia tienda a la reina mientras se construía la ciudad de Santa Fe y participó en luchas en los alrededores de Granada. Cuando se produjo la entrega de la ciudad, el 2 de enero de 1492, el duque de Cádiz tuvo el honor de ser confirmador del privilegio de las condiciones de rendición del último reducto musulmán.
El 27 de agosto de ese mismo año falleció Rodrigo Ponce de León, a consecuencia de sus heridas de guerra, como correspondía a un caballero medieval. Fue enterrado en el sevillano convento de San Agustín y la corte se vistió de luto por orden de los reyes. Su figura fue recordada por sus hechos de armas, pero su decisión más importante fue pasar de noble díscolo medieval a leal defensor del engrandecimiento de la Monarquía, colaborando así en la construcción del Estado moderno.