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Fragmento del 'Chronicom omnimodae historiae' de Jerónimo Román de la Higuera

Fragmento del 'Chronicom omnimodae historiae' de Jerónimo Román de la HigueraBiblioteca Nacional

Picotazos de historia

Un jesuita toledano, el mayor falsificador de la historia de España

Este teólogo e historiador de la orden de los jesuitas fue un mentiroso patológico

Jerónimo Román de la Higuera nació en Toledo un 28 de agosto de 1537, según él mismo nos cuenta en su obra Tratado del linaje de Higuera. Aunque haríamos bien en no creerlo, y no tanto por la inexistencia de documento alguno que afirme esta fecha, como por la certeza de que este teólogo e historiador de la orden de los jesuitas fue un mentiroso patológico.

Ejerció como sacerdote y otros oficios y cargos de confianza en las ciudades de Alcalá de Henares, Murcia, Toledo, Madrid, Ocaña, Plasencia, Belmonte, Caravaca... Fue lector en filosofía en la Universidad de Alcalá y en 1584 fue nombrado prefecto de estudios latinos en el colegio de San Eugenio de Toledo. En 1590 profesa el cuarto voto (obediencia al Papa) dentro de la orden.

Pero ocurre que esta extensa y dilatada carrera tiene un lado oscuro. Para empezar todos los superiores que ha tenido han escrito informes negativos sobre su personalidad. Le consideran un individuo problemático, escandaloso, chismoso y lleno de malicia. Nos han llegado numerosos memoriales e informes, escritos por el propio Jerónimo de la Higuera, en los que acusaba a estos mismos superiores de no respetar la autoridad del Santo Oficio, de malos tratos contra su persona, de poner pegas y obstáculos en la consulta de libros y documentos (como en el caso de los famoso libros plúmbeos hallados en el Sacromonte). Este último es el caso de falsificación más famoso de la historia de España.

En la década de 1580 Jerónimo Román de la Higuera aseguró haber encontrado una carta en el archivo de la catedral de Toledo. La dicha carta estaba fechada en lo que hoy sería el año 777 y la enviaba el rey Silo de Asturias al arzobispo Cixila (m.783) de Toledo. En la carta se menciona una iglesia levantada en la ciudad para honrar a la figura de San Tirso y de un regalo de una fuente cuya tapa tiene grabada la corona de Asturias y las iniciales del rey y del arzobispo: C y S. La carta da, además, numerosas noticias e información superflua y sospechosa.

En el año 1594 un grupo de obreros que estaban trabajando en la plaza mayor de Toledo (la plaza de Zocodover) encontraron restos de una construcción asociados con restos humanos. Mandaron llamar a Jerónimo de la Higuera, que estaba en Toledo entonces y a quien se le reputaba como erudito. Higuera identificó los restos como los de la iglesia de San Tirso. El mismo fue quien encontró –¡ya es casualidad!– un disco de cobre con una corona grabada junto con las iniciales C y S.

Hoy sabemos que todo ello fue un montaje organizado por el sacerdote, quien cada vez dará mayores y más claras señales de psicopatía. En este caso el jesuita pretendía hacer destacar la importancia de la comunidad mozárabe, determinar la ciudad de Toledo como origen de esta comunidad y crear una tradición que defendiera que San Tirso nació en Toledo y no en Bitina, junto al mar de Mármara.

Pero el timbre de gloria absoluta dentro del gremio de los falsificadores –que no en el de los iluminados y orates–, lo tenemos con el llamado asunto de los falsos cronicones.

Estos son colecciones de noticias sobre la historia religiosa de la península ibérica y cuya autoría se atribuye a diferentes autores.

Tres fueron los cronicones hallados por Jerónimo de la Higuera. El primero fue la Crónica de la Historia Universal (Chronicom omnimodae historiae), supuestamente redactado por Flavio Lucio Dextro (m. 444), quien fue prefecto pretorio de la ciudad de Barcelona e hijo de san Paciano, obispo de esta ciudad. La segunda fue la Chronica Caesaraugustana atribuida a al obispo Máximo de Zaragoza (592 – 619 d. C.). Y, por último, el denominado Crónica de Erutando o Liutprando. Este fue un subdiácono de Toledo que fue desterrado a Alemania.

Estas crónicas se daban por desaparecidas, así como muchos de los documentos mencionados en las crónicas o de los que se dicen que se transcribieron textos. También se citan autores, que el propio Jerónimo afirma conocer a estos y sus textos, que nunca existieron.

Pues bien, Jerónimo Román de la Higuera afirma que, gracias a un hermano de orden, que encontró estos cronicones en la biblioteca del convento de Fulla, en Ingoldstadt, pudo estudiarlos y descubrir su importancia.

Sospechosamente los tres supuestos textos del cristianismo hispánico primitivo coinciden con los postulados de la contrarreforma. ¡Que oportuno!

En este caso el tiro le salió por la culata, ya que cuando la autenticidad de la supuesta crónica se puso en entredicho, fue duramente utilizado como argumento por los defensores de Santa Teresa de Jesús. Y es que durante los siglos XVI y XVII hubo una inmisericorde pugna entre los seguidores de la santa de Ávila y los del apóstol Santiago para ver cuál de los dos alcanzaba el alto honor de ser declarado patrón de España.

Las patrañas que sembró el psicópata (pues considero que estaba enfermo) jesuita fueron múltiples y originales. Gracias a él se llegó a afirmar, y aun algunos lo mantienen, que: a) los soberanos de Escocia, Irlanda e Inglaterra descienden de remotos monarcas hispanos de los que nadie tiene noticia ni existe documento que los mencione. b) Hay una enorme colección de citas de santos, de los que nadie había oído jamás hasta que De la Higuera los menciona. Estos son santos importantes: hablaron con el propio Jesucristo, conocieron a Alejandro Magno, estuvieron presentes durante la crucifixión. Y c), según el buen jesuita los troyanos derrotados por la coalición formada por los Atreidas, Agamenon y Menelao, huyeron a Galicia donde se establecieron y poblaron su tierra.

La obra del padre De la Higuera es un maravilloso compendio de invenciones, embustes y de falsificaciones. Tanto se valoró en su tiempo que se consideró canónica su obra, siendo solo discutida por algunas personalidades. Habría que llegar al siglo XVIII para que el bibliógrafo Nicolás Antonio publicara su Censura de historias fabulosas donde se pretende «dar a ver los engaños que ha podido introducir en ella la nueva invención de las Crónicas de Flavio Dextro, Marco Máximo, Liutprando y Julián Pérez». Esta obra, que machaca y pone al descubierto la falsificación, se publicó póstumamente en 1742. El famoso bibliógrafo, historiador y latinista Gregorio Mayans pagó esta edición.

Jerónimo Román de la Higuera la lio de todos los colores, y su legado de mentiras y supercherías llevó la confusión y el desconcierto en los estudios científicos, hasta que se descartaron todas sus aportaciones como infundios o creaciones maliciosas. El jesuita se reunió con su creador el 14 de septiembre de 1611.

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