Retrato del emperador romano Rómulo Augústulo
Rómulo Augusto, el emperador niño que asistió al derrumbe del Imperio romano
Rómulo seguramente no fue un hombre providencial, ni un gobernante extraordinario, ni un genio de la milicia. Más bien fue un pobre adolescente elevado por encima de sus posibilidades personales, políticas e intelectuales
Rómulo Augusto tuvo el deshonor de ser el último de los emperadores romanos de Occidente. Una triste circunstancia de la que no fue causa, ya que la descomposición del Imperio comenzó mucho antes, pero sí el símbolo de un final anunciado, irremediable y, en cierta manera, desastroso. Un solo hombre, ni siquiera con el auxilio de todos los colaboradores que le rodean entusiasmados, es responsable de algo tan trascendental.
Esto escapa a la capacidad individual. Sería, en definitiva, la consecuencia de un proceso histórico de errores, dejadez, incompetencia e inhibición de muchos predecesores y de un deterioro de las instituciones que mueren como los organismos vivos: por agotamiento.
Pero Rómulo Augusto, al que llamaban Augústulo como diminutivo despectivo por su edad o estatura y su poder, ha quedado como símbolo. Y eso no lo puede remediar nada, porque ser el último en una cadena de poder es algo demostrable e incuestionable. Será, para siempre, el emperador que dio paso a los bárbaros en el gobierno romano.
Fue nombrado emperador en octubre de 475, con apenas catorce años, una vez que Nepote fue destituido por Orestes. Nepote se había marchado a Dalmacia al perder Rávena, cuando vio el desastre por llegar y el clima de enfrentamiento civil en la península itálica. Abdicó, pero pronto se desdijo, apoyado por Zenón, el emperador oriental.
No supo mantener su posición y se echó en manos del victimismo, reivindicándose como legítimo gobernante. Acabó asesinado por sus soldados. Orestes, el hombre fuerte del Imperio en aquellos días, no quiso elevarse a emperador y, en su lugar, impuso a su hijo Rómulo. Murió cuando Odoacro tomó Pavía. Su gobierno apenas llegó a un año y no dejó nada importante a la posteridad, salvo la imposición del hijo.
Poco se sabe de Rómulo Augusto. Edward Gibbon, tan pródigo en detalles, apenas le dedica unas líneas en su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, y no son elogiosas: «un joven favorecido solo por su belleza» que «asumió y deshonró los nombres de Rómulo y Augusto». Como humillación final de un miserable, aceptó la pensión anual que le pagaba Odoacro y se retiró al castillo de Lucullanum.
Rómulo seguramente no fue un hombre providencial, ni un gobernante extraordinario, ni un genio de la milicia. Más bien fue un pobre adolescente elevado por encima de sus posibilidades personales, políticas e intelectuales. El mascarón de proa de un soberbio barco que se hundía porque le habían surgido vías de agua por doquier.
Y se mantuvo como marioneta de unos y otros hasta su oscura muerte, ya bajo el dominio de los hérulos y los ostrogodos. Cuando accedió al cetro imperial, sus estados eran ya ruina muy difícil de gobernar, repletos de subversiones y rebeldías, sin autoridad efectiva y con un ejército compuesto mayoritariamente por foederati bárbaros. Por tanto, cabe preguntarse qué puede hacer un ser humano normal en circunstancias extraordinarias como aquellas. La respuesta es sobrellevar con dignidad la dura carga.
Aquí empieza el mito, el símbolo de un hombre que, con independencia de su identidad, encarna la decadencia y descomposición. Podía optar por inhibirse, por considerarse ajeno a la catástrofe y pasar desapercibido, emboscado en la lejanía. O, como suele suceder en estos casos, volverse un cínico y creer que el caos acelera el final y da lugar a una nueva etapa. A falta de tener otro mérito, creerse el creador del caos. Y entonces estaríamos ante un personaje literario a propósito para un genio.
Friedrich Dürrenmatt fue un gran dramaturgo suizo que vio las posibilidades del personaje para amoldarlo a su estilo irónico y escribir un drama en 1949, una de sus primeras piezas, titulada Rómulo el Grande. En el título está el sarcasmo.
El emperador aparece más maduro de lo que era, pero sin la grandiosidad trágica de los romanos de Shakespeare. Es un hombre que huye del ridículo solo con cinismo: «Tu única habilidad consiste en derribar con tus ingeniosidades cualquier idea que pudiera derribarte a ti», escribía el dramaturgo.
Un emperador que aplaude la indignidad porque el ministro de Hacienda huyó con la caja, que estaba vacía, y los propone para el título de Salvador de la Patria: «¡Hombre inteligente! Quien quiera ocultar un escándalo grande, lo mejor que puede hacer es armar otro pequeño», exclama Rómulo, que opinaba que los bárbaros dejarían de invadirles cuando se civilizaran. Huir de la realidad ante la tarea hercúlea, dimitir de responsabilidades sin hacerlo de los privilegios.
Desdeñar lo que ocurría, a pesar de lo que le presentaban, para imaginar el futuro imposible: «Ningún informe puede echar el mundo abajo. Eso lo hacen los hechos; pero, desgraciadamente, nosotros no los podemos cambiar, puesto que ellos ya se han producido cuando llegan los informes y estos no sirven más que para ponernos nerviosos, lo cual es malo para la salud. Por tanto…, lo que conviene es no escuchar informes».