Combates navales durante la Guerra del Pacífico
Bombas sobre civiles: el plan de EE.UU. para forzar a Japón a rendirse en la Segunda Guerra Mundial
Son bien conocidos los ataques con bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, que causaron decenas de miles de muertes. Pero no fueron los únicos objetivos civiles de los estrategas estadounidenses
Tras el golpe inicial que supuso el ataque japonés a la base aeronaval de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, Estados Unidos tardaría menos de un año en recuperar la iniciativa en el inmenso teatro de operaciones que constituye el océano Pacífico.
El punto de inflexión estuvo marcado por la batalla de Midway, en junio de 1942, durante la cual los principales portaaviones de la Armada Imperial japonesa fueron hundidos.
Pero dos meses antes, como medida más propagandística que estratégica, el presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, decidió asestar un golpe a Japón en su afán de demostrar que su país no había sido noqueado. La población civil fue su objetivo.
La incursión Doolittle
Los estadounidenses, además de ejecutar un acto de represalia por el ataque sobre Pearl Harbor, querían demostrar que el territorio japonés era vulnerable. De esta forma, el 18 de abril de 1942 despegaron desde el portaviones USS Hornet un total de dieciséis bombarderos medios B-25B tripulados por voluntarios.
Tras bombardear Tokio, los aviones aterrizarían en China. Al mando de la operación estaba el teniente coronel James Doolittle, de quien la acción militar tomó el nombre.
Lo cierto es que el bombardeo no causó daños de importancia, aunque murieron unas cincuenta personas. Fue el primero de los seis ataques contra Japón desde portaaviones estadounidenses que se llevarían a cabo en la primera mitad de 1942.
El bombardeo de Tokio
Tras la batalla de Midway, Estados Unidos desarrolló una estrategia militar anfibia denominada «leapfrogging» o salto de rana. La idea clave era avanzar sorteando las islas fuertemente fortificadas para minimizar el número de bajas propias.
Según esta estrategia, las islas no invadidas serían aisladas de sus cadenas de suministro por lo que, tarde o temprano, capitularían irremisiblemente.
El objetivo final del avance estadounidense era la invasión de Honsu, la isla principal de Japón en la que se sitúan localidades como Tokio o Kyoto. Pero sabían que, llegado el momento, se produciría un muy elevado número de bajas entre las tropas asaltantes. Por tanto, en paralelo a los asaltos anfibios, los estrategas norteamericanos decidieron inducir la rendición de Japón mediante bombardeos sobre la población civil.
La misma infructuosa estrategia que habían seguido los aliados en el teatro de operaciones europeo, arrasando ciudades como Dresde en la que perecieron unos 25.000 civiles en cuatro ataques consecutivos entre el 13 y el 15 de febrero de 1945.
El responsable del diseño de la campaña de bombardeos sobre Japón fue el general Curtis E. LeMay. Por la soltura con la que ordenaba bombardeos masivos, fue apodado Curtis «bombs away» (bombas fuera) LeMay.
Aprovechando el enorme radio de acción de los nuevos bombarderos pesados B-29 Superfortress, la campaña se inició desde bases situadas en el continente asiático, en India, Ceilán y China. Nació así la operación Matterhorn, ejecutada entre 1944 y 1945, cuyos resultados no fueron los esperados.
Por tanto, aprovechando el continuado avance de las tropas estadounidenses en el Pacífico, las bases de operaciones de las superfortalezas volantes fueron situadas en las islas Marianas.
Desde sus nuevas bases, en la noche del 9 al 10 de marzo de 1945, un total de 334 B-29 despegaron para llevar a cabo la operación Meetinghouse. Consistía en un bombardeo a baja altitud –entre 2.000 y 2.500 pies– sobre el densamente poblado barrio obrero de Shitamachi de Tokio.
Se lanzaron 1.665 toneladas de bombas. La munición empleada consistió principalmente en bombas de racimo 500 libras que liberaban 38 bombas incendiarias (compuestas por napalm) de menor tamaño.
Para aumentar el daño infligido, fueron también lanzadas bombas incendiarias de 100 libras, compuestas por gasolina gelatinizada y fósforo blanco, diseñada para incendiarse al impactar. En las dos primeras horas del ataque, la rápida propagación de los incendios causados había desbordado la capacidad de extinción de los bomberos.
A consecuencia del bombardeo, más de 4.000 hectáreas de la ciudad fueron destruidas. Se estima que murieron unas 100.000 personas. Un millón se quedaron sin hogar. Constituyó el ataque aéreo más mortífero de toda la historia de la humanidad.
Hiroshima y Nagasaki
En suma, entre abril de 1944 y agosto de 1945 la campaña de bombardeos estadounidenses sobre el país del Sol Naciente causaron por encima de 300.000 muertos y prácticamente medio millón de heridos. Pero Japón seguía sin rendirse.
Así que Harry Truman, quien desde abril de 1945 ocupaba la presidencia de Estados Unidos tras la muerte de Roosevelt, dio luz verde para el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre sendas poblaciones japonesas de nulo valor militar o estratégico: Hiroshima y Nagasaki.
Little Boy se lanzó sobre la primera población el 6 de agosto y Fat Man cayó sobre Nagasaki tres días más tarde. Los resultados, como era de esperar, fueron devastadores.
El número de muertos no se conoce con exactitud, aunque se estima que en Hiroshima murieron entre 80.000 y 160.000 civiles y en Nagasaka perecieron unas 60.000 a 80.000 personas.
Más de 150.000 resultaron heridas en los dos ataques. Y posteriormente vendrían otras decenas de miles de muertes adicionales a consecuencia de la contaminación radioactiva.