Los murales del pintor realista Diego Rivera eran considerados como una expresión de la leyenda negra en América
Crueldad, fanatismo e indolencia: así retrataron los británicos los virreinatos hispanoamericanos
A ojos de los británicos, España no sabía sacar provecho de las enormes posibilidades económicas de su imperio. Esta visión se alimentaba de tópicos anticatólicos de la Leyenda Negra, que presentaba a los españoles como perezosos frente a los industriosos ingleses
Durante siglos, los británicos observaron al enorme Imperio español en América con una mezcla de envidia y admiración. Las historias de riquezas sin fin halladas por los conquistadores despertaban el interés de los aventureros y comerciantes ingleses. Como señala el historiador Niall Ferguson, el Imperio británico, de hecho, nació del deseo de emular a los españoles.
Los modelos de imperio de cada uno, en cambio, no pudieron ser más distintos. Los dominios de España no tenían rival en cuanto a extensión y pronto se llenaron de ciudades, universidades, catedrales y hospitales. De América, España extraía no solo riquezas, sino también el prestigio imperial.
Por su parte, el Imperio británico se consolidaba como potencia naval y comercial. Su interés por América no era territorial, sino económico: buscaba abrir nuevos mercados para sus manufacturas y expandir sus rutas comerciales. La superioridad marítima británica le permitía proyectar su influencia sin necesidad de conquistar territorios.
Durante el siglo XVIII, la rivalidad entre ambos imperios alcanzó su punto álgido, con un estado de guerra casi perpetuo. El ascenso económico británico hizo que los británicos se volvieran más ambiciosos y agresivos. España, por su parte, defendía celosamente un monopolio comercial sobre su imperio que excluía a los mercaderes británicos de los puertos hispanoamericanos.
A ojos de los británicos, España no sabía sacar provecho de las enormes posibilidades económicas de su imperio. Esta visión se alimentaba de tópicos anticatólicos de la Leyenda Negra, que presentaba a los españoles como perezosos frente a los industriosos ingleses. Era injusto, pensaban muchos comerciantes de Londres o Mánchester, que una tierra tan rica como Hispanoamérica languideciese bajo el yugo indolente de España.
El periódico liberal Constitution resumía así las consecuencias del dominio español durante tres siglos en América: «Nada es más cierto que el hecho de que Sudamérica no ha florecido bajo la tiranía española, que su comercio ha sido frustrado, sus energías desaprovechadas, su favorable situación convertida en casi inútil, sus leyes incompatibles con la libertad y su administración dominada por el abuso».
Aunque las crónicas de algunos de los viajeros que recorrieron ciudades españolas en América —la más famosa, la de Alexander von Humboldt— probaron la falsedad de estas acusaciones, la opinión pública británica siguió sosteniéndolas mayoritariamente.
Las críticas a la administración española iban acompañadas del tópico de la crueldad desmedida con los indios. La literatura y el teatro británicos representaban habitualmente historias como la ópera Zuma o el poema Perú, de Helen Maria Williams, donde los pueblos indígenas aparecían como héroes trágicos idealizados frente a la tiranía y el fanatismo católico de los españoles.
Esta visión, por supuesto, estaba destinada a justificar las ambiciones británicas sobre el Imperio español. Apelando a la indolencia y a la crueldad de los españoles, Gran Bretaña estaba realmente reclamando su derecho legítimo a apoderarse de esas vastas regiones como si fuese un acto liberador.
Que esta era la ambición de gran parte de la sociedad británica no era un secreto. En 1804, el almirante inglés sir Home Popham escribió:
«Al abordar el tema de Sudamérica, apenas es necesario llamar la atención de los ministros de Su Majestad sobre su riqueza evidente o sus capacidades comerciales; estoy convencido de que han sido contempladas una y otra vez, y ha prevalecido una ansiedad universal por desviar esta fuente inagotable de riqueza hacia cualquier canal distinto del que actualmente la disfruta (España)».
Los ataques británicos contra el Imperio español, sin embargo, se saldaron casi siempre en sonoras derrotas, como las de Cartagena de Indias (1741), Puerto Rico (1797) o Buenos Aires (1806). El propio Popham reconocía que la conquista territorial era imposible: «La idea de conquistar Sudamérica está totalmente descartada, pero la posibilidad de obtener todos sus puntos estratégicos, desvincularla de sus conexiones con España, establecer alguna posición militar y disfrutar de todas sus ventajas comerciales puede considerarse no ya una empresa razonable, sino una operación segura».
Lograr esa «operación segura» de desvincular América de España y disfrutar de sus ventajas comerciales sin necesidad de conquistarla fue posible gracias a la crisis del Imperio español entre 1808 y 1824. El surgimiento de movimientos independentistas fue recibido con brazos abiertos por la sociedad británica.
El Morning Chronicle, uno de los principales periódicos liberales, afirmaba en 1818: «Es evidente que la independencia de Sudamérica producirá las mayores ventajas para nuestra tierra natal; se abrirá un mercado extenso para nuestras manufacturas […] La industria y el capital británicos pronto convertirían a Venezuela en un paraíso terrenal».
La profecía se cumplió a medias. La realidad que siguió a la independencia fue que el capital británico, efectivamente, se hizo con el control del antiguo Imperio español, pero el resultado quedó lejos de ser aquel paraíso terrenal prometido.