Torre antiaérea Flak IV
Picotazos de historia
Las torres antiaéreas de Hitler que pasaron de búnkeres inexpugnables a centros culturales
El altísimo grado de seguridad e inexpugnabilidad de estas torres hizo que se las eligiera como custodias de los más importantes tesoros de los museos alemanes, frente al peligro de los bombardeos
Friedrich Tamms (1904-1980) fue un conocido arquitecto y urbanista alemán, a quien sus compatriotas deben, en gran medida, la reconstrucción y planificación urbana y rural de la ciudad de Düsseldorf, así como de su entorno y áreas limítrofes.
Tamms fue un individuo brillante y trabajador, una mente inquieta que llamaba la atención, como sucedió con el propio Albert Speer. Introducido en la organización Todt (responsable de la ejecución de los planes de construcción de infraestructuras del Reich), llegó a ser inspector general de Construcción para Berlín.
Será durante el desempeño de estas funciones, en otoño de 1940, cuando se le encargó —por indicación del propio Adolf Hitler— el diseño y construcción de unas gigantescas torres de hormigón armado y reforzado, desde donde concentrar y dirigir el fuego antiaéreo, en previsión de los futuros ataques aéreos sobre Berlín y otras ciudades.
Tamms diseñó un sistema por parejas. Consistía en dos torres situadas en las proximidades una de la otra. Una de ellas, denominada G, tendría como armamento principal cuatro cañones antiaéreos de 128 milímetros de tiro rápido, concentrando así una poderosa capacidad de fuego.
La otra torre, denominada L, situada a unos doscientos metros de la torre G y de tamaño algo menor, desempeñaría las funciones de control de tiro para la torre G, aportando a esta los datos de disparo (elevación, dirección y alcance). Para ello, estarían equipadas con el más sofisticado sistema de radares. Estas torres L tendrían un diseño que no variaría a lo largo de la guerra, y un armamento de unos diez montajes antiaéreos de 20 milímetros para hacer frente a los vuelos a baja altura.
Unidad de mando y artillería pesada en la torre antiaérea de una gran ciudad. Berlín
Las torres G alcanzarían un mayor tamaño que sus hermanas L, pero ambas contarían con unos gruesos muros de 3,5 metros de grosor. Su armamento principal eran cuatro cañones antiaéreos de tiro rápido de calibre 128 milímetros, situados en lo alto de la torre para dar mayor aprovechamiento a su alcance. El armamento principal se complementaba con montajes dobles de cañones de 38 y 20 milímetros. Esta acumulación de fuego, dirigida con precisión por la torre L, obligó a los bombarderos aliados a realizar sus misiones a cada vez mayor altura, perdiendo con ello precisión.
En total se construyeron ocho sistemas, consistentes en dieciséis torres, que se distribuyeron en tres ciudades del Reich: Berlín tuvo tres, Hamburgo dos y Viena otras tres.
La torre G evolucionó, y de hecho se construyeron tres tipos diferentes. Los tipos I y II se asemejaban a fortalezas medievales, con torres en cada ángulo donde se situaban las piezas principales. El tipo III, el más alto, con 55 metros de altitud, era de tipo circular y agrupaba todas las piezas de 128 milímetros en la parte superior de la torre. Además, contaba con una corona de «nidos de cigüeña» a su alrededor, donde se situarían las piezas secundarias.
Los tipos I y II tendrían aperturas en los muros, semejantes a ventanas, para dar un aspecto de fortaleza medieval y, de esta manera, permitir que la edificación se integrara en el entorno urbano. Máxime cuando se sabía que eran construcciones que no se podrían derribar y que estaban destinadas a perdurar.
Torre antiaérea durante su construcción (1942)
Estos edificios, además, contarían con amplios y profundos refugios en su interior y subterráneos, todos destinados a contener refugiados en cantidades de hasta 30.000 personas. Las parejas de torres estaban interconectadas por medio de un conducto subterráneo, por donde discurrían todos los cables de comunicación y alimentación. Este túnel o pasadizo tenía una altura de entre 1,5 y 1,7 metros, pudiendo usarse, en caso de emergencia, para la evacuación y paso de una torre a otra por parte de la guarnición.
El altísimo grado de seguridad e inexpugnabilidad de estas torres hizo que se las eligiera como custodias de los más importantes tesoros de los museos alemanes, frente al peligro de los bombardeos.
Las torres, aparte de su principal función antiaérea, estaban muy enfocadas a transmitir una sensación de seguridad a los habitantes de la ciudad. Las instalaciones con las que contaban abarcaban la sanidad e higiene básicas, servicios médicos, eficientes sistemas de ventilación que permitían renovar el aire en el interior, y amplios almacenes y depósitos para garantizar la supervivencia y el suministro de las personas en su interior.
Estas torres demostraron ser un obstáculo formidable para los ejércitos soviéticos, dándose el caso de que, durante los combates de la batalla de Berlín, cada una de ellas (contándose siempre las torres G y L como una unidad) detuvo a un ejército. Las torres del zoo de Berlín frenaron al 28.º Ejército soviético y al 2.º Ejército de Tanques de la Guardia. Ninguna de las torres fue tomada por asalto; todas ellas se rindieron una vez que la guerra hubo terminado. Nunca antes.
Observaciones astronómicas en la torre de control de la torre antiaérea V en Viena, alrededor de 1960. A la derecha, la catedral de San Esteban
Después de la guerra se desmantelaron y demolieron dos de los tres sistemas de Berlín. Esto se pudo hacer —y parcialmente— debido a que, al no haber construcciones cerca (toda la ciudad estaba arrasada), se pudieron utilizar ingentes cantidades de explosivos. Pero esto era completamente inviable en Hamburgo y Viena.
Otro elemento a tener en cuenta fue el enorme coste y gasto de material que se necesitó para conseguir un resultado no excesivamente satisfactorio en la eliminación de las torres. Este ha sido el principal motivo que ha permitido que la mayoría de ellas se mantengan prácticamente intactas.
Consideradas como un incordio del que no se podían librar y un recordatorio de unos tiempos terribles, hoy son edificios protegidos del patrimonio histórico de la nación. La mayoría son utilizados para llevar a cabo, en su interior, proyectos de carácter social, educativo y artístico. Algunas zonas se han conseguido transformar en viviendas.