Trump muestra en el Despacho Oval una fotografía de cómo quedará el salón de baile de la Casa Blanca
El Ala Este de la Casa Blanca: una estructura motivo de disputa desde la Segunda Guerra Mundial
Donald Trump ha derribado toda el Ala Este de la Casa Blanca para construir un salón de baile neoclásico
Artesonados, molduras, estucos, columnas clásicas, mármoles y estatuas. El nuevo salón de baile de la Casa Blanca está claro que no mira a las modernas tendencias de la arquitectura de vanguardia, si no al clasicismo greco-latino.
El Ala Este de la Casa Blanca, espacio emblemático que tradicionalmente ha albergado la oficina de las primeras damas estadounidenses desde la época de Eleanor Roosevelt, será demolido por orden del presidente Donald Trump para levantar en su lugar un nuevo salón de baile. Esta decisión ha generado una intensa controversia por su impacto patrimonial y por el proceso con el que se ha llevado a cabo.
La historia de esta ala del complejo presidencial se remonta a 1902, cuando el entonces presidente Theodore Roosevelt emprendió una reestructuración que incluyó la creación del Ala Oeste, desplazando los antiguos invernaderos del periodo de Thomas Jefferson y sustituyéndolos por nuevos espacios, entre ellos la terraza este que acabaría convirtiéndose en el Ala Este.
Ya durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt, en plena Segunda Guerra Mundial, se añadió un búnker subterráneo y una segunda planta para aumentar la capacidad operativa del recinto.
Aquella remodelación, impulsada en 1942, fue objeto de críticas por parte de la oposición republicana, que tachó la obra de innecesaria y de ser una maniobra propagandística del presidente.
Hoy, más de ochenta años después, Trump enfrenta acusaciones similares. Si bien en un inicio se anunció que se construiría un salón de baile de aproximadamente 8.000 metros cuadrados «sustancialmente separado» del edificio principal, recientemente se ha confirmado que todo el Ala Este será derribada para levantar dicho espacio. Según la Casa Blanca, la demolición completa resulta más económica y estructuralmente segura que una ampliación parcial.
El coste del proyecto también ha sufrido un incremento notable: de los 200 millones de dólares estimados inicialmente, se ha pasado a una cifra cercana a los 300 millones. Esta suma, según la presidencia, está siendo financiada por el propio Trump y por lo que denomina «donantes patriotas».
Pese a que el mandatario aseguró en su momento que se preservaría la estructura original, las imágenes de maquinaria pesada derribando los muros contradicen esa afirmación.
Ante las críticas por la aparente falta de transparencia, Trump respondió tajantemente: «Se lo mostré a todos los que quisieron escuchar. Los reporteros de tercera categoría no lo vieron porque no quisieron mirar».
Por su parte, el Fideicomiso Nacional para la Preservación Histórica ha solicitado de forma urgente la paralización de las obras hasta que se completen los procedimientos legales requeridos, incluida la revisión por parte de la Comisión de Planificación del Capital Nacional y la Comisión de Bellas Artes. Ambas instituciones tienen autoridad sobre los cambios estructurales en la Casa Blanca.
Desde el Servicio de Parques Nacionales —administrador del complejo presidencial— se ha recordado que la Casa Blanca «es más que la residencia del presidente; es un lugar para protestas y para el diálogo nacional sobre lo que significa ser estadounidense».
Aunque la Casa Blanca aseguró que el diseño y la planificación del nuevo salón fueron discutidos con representantes del Servicio de Parques Nacionales, la Oficina Militar de la Casa Blanca y el Servicio Secreto, un trabajador del complejo indicó a la cadena ABC News que, pese a que la demolición ya ha comenzado, el proyecto aún no ha sido presentado formalmente ante la Comisión de Planificación del Capital Nacional.
El proceso se complica aún más por coincidir con un cierre parcial del Gobierno federal, provocado por la falta de acuerdo en la aprobación de la ley de gastos. Esta situación ha dificultado la intervención de las agencias responsables de supervisar proyectos de esta envergadura.
Trump aspira a que el nuevo salón esté operativo para enero de 2029, antes del final de su segundo mandato, y según informó la emisora pública NPR, se tratará de la transformación más significativa en la estructura de la mansión presidencial desde la incorporación del Balcón Truman en 1948, una terraza orientada hacia el Jardín Sur. Queda por ver cómo reaccionará la opinión pública ante una intervención de esta magnitud en uno de los símbolos históricos más reconocibles de Estados Unidos.