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Americanos fumando opio en Nueva York en 1925, imagen de la revista 'Collectors Weekly'

Americanos fumando opio en Nueva York en 1925, imagen de la revista 'Collectors Weekly'Wikimedia Commons

Cuando el opio inspiró a Dickens, Poe y los artistas malditos del siglo XIX

Al llegar a Europa, su uso tampoco se ciñó a los círculos de la élite, sino que se hizo casi inherente a la identidad de los artistas y creadores

Durante el siglo XIX se extendió el uso y abuso de las drogas entre el mundo literario y artístico occidental. La revolución de los transportes permitió, como nunca, el comercio de las mismas y su rápida extensión por diversos continentes.

Durante el reinado de Victoria I de Gran Bretaña (1837-1901), la droga más aceptada fue el opio, el producto más próspero de las compañías comerciales del colonialismo inglés en Asia. En Oriente, su consumo no era exclusivo de una clase social y se encontraba disponible para ser consumido por todos. Al llegar a Europa, su uso tampoco se ciñó a los círculos de la élite, sino que se hizo casi inherente a la identidad de los artistas y creadores.

El mundo de las letras y las artes se encontraba en plena convulsión de estilos y cada artista buscaba el suyo propio. La bohemia y los sentimientos románticos mal encauzados llevaron a numerosos jóvenes a la drogadicción.

Debe también tenerse en cuenta que el siglo XIX fue una centuria de cambios en la mentalidad europea. Tras el neoclasicismo y el culto a la diosa Razón, nacieron corrientes de pensamiento que reclamaban un regreso al sentimiento, a la espiritualidad, a la tradición. No resulta extraño, por ello, que intentaran sublimar la Edad Media o la época del Barroco. Los jóvenes que deseaban romper con los estilos anteriores buscaron construir un estilo de vida propio, más libre, y algunos cayeron, en su deseo de inspiración y ruptura, en la droga.

Fumar opio no fue solo una moda, sino que se convirtió en un símbolo de vida, en una herramienta para buscar inspiración, en una costumbre que identificaba a los creadores. Por ello, si alguien deseaba que se le considerase un artista —en determinados círculos de sus propios colegas— debía probar el opio o el láudano. De tal manera que pronto se aficionaron a su consumo escritores como Charles Dickens, Arthur Rimbaud —en sus últimos años—, el poeta inglés John Keats, el literato norteamericano Edgar Allan Poe, así como pintores como el genial Henri de Toulouse-Lautrec. En París, el español Santiago Rusiñol, tras un accidente en la pierna, se aficionó a la morfina.

'Adictas a la morfina’, Paul-Albert Besnard

'Adictas a la morfina’, Paul-Albert Besnard

En la Inglaterra victoriana, con su controladora moral puritana, se hizo más evidente ese choque entre los deseos de la juventud creadora y las normas sociales. El sector más radical de esos artistas se alejó todo lo posible de las normas establecidas, que condenaban el alcoholismo y las drogas.

Incluso el famoso pintor y literato Dante Gabriel Rossetti cayó en sus redes. Perteneció a la corriente bautizada como prerrafaelismo en 1848, cuyo ideal era el retorno a la sencillez de los pintores anteriores al renacentista Rafael de Urbino. Sus miembros afirmaron también su rebelión contra el imperante academicismo, al que calificaron de convencional.

Rossetti pintó un lienzo considerado una buena síntesis de ese movimiento, al que tituló Ecce Ancilla Domini (1850), que hoy se encuentra en la Tate Gallery. El artista pintó una Anunciación donde predominó el detalle en el dibujo, la sencillez de adornos, figuras estáticas y la espiritualidad.

Pero la necesidad psicológica de Rossetti por alcanzar el éxito, unida a la circunstancia de poseer una personalidad neurótica —tal vez herencia familiar—, constituyó una mezcla explosiva. Uno de sus tíos fue el doctor Polidori —amigo del célebre poeta Byron—, que se suicidó por sus problemas con el juego; su padre desarrolló una pasión política que terminó siendo una manifestación de fanatismo que lo alejó de la familia; para mayor contraste, su madre asumía los valores morales de la época victoriana. Ello —junto a la moda imperante— condujo a este pintor al opio.

Además, Rossetti se enamoró de Lizzie Siddal, modelo y musa de los prerrafaelistas, con la que convivió. Sin embargo, le fue infiel, por lo que su enamorada terminó desarrollando celotipia —trastorno mental que lleva los celos al límite—, con manifestaciones de histerismo, lo cual —unido al parto de una niña muerta— la condujo a la droga. Su esposo era, por entonces, ya un adicto crónico.

Rossetti no supo defenderse con madurez de las malas críticas que recibieron algunas de sus obras, caminando por la vida como una persona insatisfecha, a la que nada llenaba a pesar de tener talento, fama y amor. No supo apreciar que era un gran artista y buscó la solución en las drogas.

Lizzie ingirió láudano —bebida alcohólica hecha con opio—, después de una gran dosis de cloral, cuyos efectos secundarios eran somnolencia diurna, fatiga, mareos, confusión, ataxia y cefalea. Rossetti la encontró muerta, lo que le provocó un sentimiento de culpabilidad que lo llevó a un periodo frenético de creación y a dejar temporalmente la droga.

Pero las malas críticas lo llevaron de nuevo al consumo de altas dosis de láudano y a un coma del cual pudo salir con ayuda médica. De resultas, sufrió alucinaciones, ceguera e insomnio continuo, que lo hacía vagabundear por las noches sin rumbo por Londres. En 1879, la dosis de cloral que necesitaba era tan alta que, tres años después, falleció con un cuerpo y una mente destrozada, a los 54 años.

Y es que la excusa de que las drogas potenciaban la capacidad creativa de los artistas ocultó —y sigue ocultando— problemas psicológicos mucho más hondos de las personas.

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